Jalal Muntaqim lleva 45 años como preso político vagando por las cárceles de los Estados Unidos, afirma: “Ellos no me quebraran, un día seré libre nuevamente”.
(Breno Altman – Opera Mundi) EEUU – Attica continua siendo a lo largo del tiempo en uno de los destinos de los principales activistas vinculados a los Panteras Negras y otras organizaciones revolucionarias.
Actualmente allí está encerrado uno de estos militantes: Anthony Bottom, rebautizado Jalal Muntaqim cuando se convirtió al islamismo, a inicios de los años 70.
Muntaqim está recluso desde los 19 años. “Cuando fui preso, mi novia estaba embarazada de tres meses y hoy soy bisabuelo”, recuerda de forma alegre, más como un hecho que como un lamento.
Pasó por todas las penitenciarías estatales de seguridad máxima, además de pasar algún tiempo en la cárcel de California.
Respondió a cuatro procesos y sufrió dos condenas, una de ellas ya vencida.
El caso más grave fue la acusación de haber matado a dos policías neoyorquinos durante un tiroteo, en mayo de 1971, en la compañía de Albert Washington, ya fallecido, y Herman Bell, también encarcelado desde aquella época.
Podría estar en la calle desde el 2002, pero por ocho veces su pedido de libertad condicional fue negado. Siempre que es marcada una audiencia para analizar su progresión de pena, la asociación de los policías se moviliza contra, recluta familiares de las víctimas y convoca el apoyo de la prensa más conservadora, sumándose a la fiscalía y a la dirección del sistema penitenciario.
“El Estado es vengativo”, afirmó Muntaqim. “El objetivo es demostrar que cualquier acto de rebelión, sus denuncias, sin embargo, van más allá. En los EEUU, será derrotado y jamás olvidado”.
El principal testigo de la acusación, un militante de los Panteras Negras llamado Ruben Scott, habría incriminado Muntaqim y sus compañeros después de intensas torturas. Cerrando el juicio en primer instancia, reconoció esa circunstancias. Aun así, su declaración fue revalidado y negado el pedido de nuevo juzgamiento.
Peritos balísticos del FBI determinaron que las armas con la cual Muntaqim fue preso, en San Francisco, no era la que había sido supuestamente usada en la muerte por la que fue acusado.
Bastidores
Grabaciones actualmente alojadas en los archivos de la biblioteca de Richard Nixon, presidente de los EEUU entre 1968 y 1974, revelan un poco de los bastidores de aquel momento.
Entre las cintas grabadas, se cuenta el registro de reuniones en la Casa Blanca, cinco días después de los homicidios en Nueva York, en el cual el caso fue apodado de NEWKILL. Estaban presentes el director del FBI, J. Edgar Hoover, y el mandatario norteamericano, acompañado por asesores de seguridad nacional.
El presidente ordenó, entonces, que la policía federal se encargue de solucionar el crimen, a pesar de su carácter local. Muchos sospechan que la orientación trazada haya sido aprovechar el episodio, como otra en el mismo período, para golpear a los Panteras Negras y llevar sus militantes a la prisión.
Así comenzó la saga carcelaria de Jalal Muntaquim.
A los 18 ya vinculado en la lucha por los derechos civiles, ingresó a la facultad de ingeniería de la Universidad Estadual de San José. Se transformó en uno de los portavoces de la Unión de los Estudiantes Negros y también se dedicó al trabajo social en comunidades pobres.
Sus ideas serían estremecidas, como las de muchos jóvenes de su generación, el día 4 de abril de 1968, cuando Luther King fue víctima de un disparo mortal, en Memphis, en Tennessee.
“Perdí cualquier esperanza que los negros pudiesen luchar sin apelar a la autodefensa, sin responder a la violencia policial y de los grupos racistas”, recuerda. “Aún no tenía 17 años, pero decidí inscribirme en los Panteras Negras, para el disgusto de mi madre”.
Muntaqim, la verdad, iría más allá. Apenas un adolescente, aceptó participar del brazo armado de la organización, que más tarde sería conocido como Ejercito Negro de Liberación.
“Nuestro papel era hacer la seguridad de las sedes partidarias, combatir traficantes en los barrios negros, enfrentar a la policía y obtener recursos financieros a través de expropiaciones bancarias”, esclareció, con gestos marcados y voz pausada, tomando cuidado con sus palabras. “Había una guerra en curso y teníamos derecho de actuar con los mismo recursos de nuestros enemigos”.
Prisión
Los tiempos de libertad terminaron el 28 de agosto de 1971, al ser detenido por la tentativa de homicidio contra un policía de San Francisco, en un enfrentamiento típico de escalada represiva que tenía en la mira a los Panteras.
Preso con Washington y Bell, los tres rápidamente se tornaron la elección preferida, a los ojos del FBI y de la policía de Nueva York, para responsabilizar sobre el crimen ocurrido, tres meses antes, en la gran ciudad del este.
Habiendo atravesado en cautiverio más de doble de su vida en las calles, Muntaqim se formó en psicología y sociología, antes que fuese cortado el programa de enseñanza universitaria para condenados a prisión perpetua.
Más que nada, se dedicó a luchar por los derechos de los presos, dentro y fuera de las cárceles donde era enviado. Recibió innumerables puniciones, generalmente largos períodos en confinamiento solitario.
Con sus cartas y manifiestos, se tornó el principal promotor del movimiento de solidaridad con los presos políticos en la sociedad norteamericana.
“Yo me empeñé en construir un existencia dentro de la prisión, manteniéndome políticamente activo, como fuese posible”, afirma.
Dos últimas preguntas. Una es cuál es la primera cosa que te gustaría hacer si volviese a la calle. “Pasear con mi hija, nietos y bisnietos”, responde sin titubear. “Después, pasar unos días con una bella mujer. Encontrar un gran amor, retomar trincheras de lucha contra la pobreza y la opresión”.
La segunda cuestión es si tienes esperanza de ser liberado.
“Soy un revolucionario y un optimista”, responde con una gran sonrisa. “Ellos no me quebraran, un día seré libre nuevamente”.




