Las huelgas en el sector público en Valonia y Bruselas están dejando en el aire un ligero aroma de lo que podría ser, en ciertas condiciones, una huelga general. Una cosa es cierta: el nivel de actividad huelguística, la duración de las huelgas y el hecho de que son en gran medida espontáneas o semi-espontáneas crea una nueva situación: ya no estamos ante “planes de acción” sindicales bien preparados, masivos, pero prudentes, con sus manifestaciones tradicionales de la estación de Nord a la de Midi y con paros de 24 horas.
(Daniel Tanuro – La Gauche) Bélgica – Frente a la brutalidad de los ataques del Gobierno Michel, es como si una parte de la clase obrera estuviera buscando en la práctica una alternativa a la estrategia de cumbres sindicales que han desperdiciado la fuerza del movimiento de otoño de 2014 en consultas sin esperanza. Pero por ahora, el fenómeno se limita casi integralmente al sector público en la parte de habla francesa de Bélgica. Ello enfrenta al movimiento obrero a una cuestión estratégica de fondo: dos años después de la formación del gobierno de la derecha, casi dos años después del impasse de la lucha de 2014, ¿cómo se puede rehacer la unidad de combate del mundo del trabajo?
La gran novedad es el regreso de huelgas espontáneas. Casi habían desaparecido del paisaje social durante años. Reaparecieron en abril, justo después de los ataques. Entonces, las direcciones de los sindicatos, angustiadas por el fracaso de su estrategia, y paralizadas por el clima de seguridad, solo contemplaban llevar a cabo una “campaña de información” escalonada hasta las elecciones de 2019. Frente a las llamadas huelgas “salvajes” algunos observadores han comprendido que celebrar cumbres sindicales que no sirven para nada podría ser paradójicamente una amenaza para la estabilidad neoliberal. La actuación “irresponsable” de los controladores aéreos preocupa a Beatrice Delvaux (14 de abril) porque el escándalo de los Papeles de Panamá estalla “al mismo tiempo que las reformas fundamentales de las pensiones y la organización del tiempo de trabajo – anunciadas en ambos casos sin pasar por la negociación social que siempre ha jugado el papel de amortiguador”. La principal editorialista del diario Soirllama, por tanto, al gobierno a “meter en razón a los huelguistas”, pero siendo “consciente de que tiene a su cargo almas muy frágiles”, que requieren “protección, explicación, cohesión y una presencia fuerte, segura y unida”. En pocas palabras: ¡atención! sin diálogo social que sea creíble, los líderes sindicales corren el riesgo de ser desbordados por sus bases.
Una tendencia hacia la convergencia
Inicialmente, los conflictos espontáneos han estado dispersos: aparte de coincidir en el tiempo, nada visible conecta el arranque de ira de los metalúrgicos de EEB en Seraing, la huelga de controladores aéreos y el bloqueo del trabajo de los sobreexplotados operadores de grua egipcios de Charleroi. No va más por el momento. Se siente un potencial de convergencia y de extensión. Ciertamente, los guardias de prisiones, los trabajadores ferroviarios, los trabajadores de correos, luchan por sus reivindicaciones específicas, pero 1) sus reivindicaciones coinciden a la hora de hacer hincapié en la necesidad de refinanciación del sector público en su conjunto; 2) la confrontación con las autoridades les da un carácter directamente político; 3) la determinación de los huelguistas se refleja en las organizaciones sindicales, y la intransigencia del gobierno ha popularizado la exigencia de “¡Michel, fuera! “; 4) esta exigencia resuena en el descontento social más allá de la función pública, especialmente teniendo en cuenta los proyectos del ministro Kris Peeters de anualización del tiempo de trabajo, contratos temporales de duración indeterminada y vuelta al trabajo de los enfermos de larga duración.
Michel opta por la confrontación
Como sabemos, estas advertencias no han surtido efecto. En la Cámara de diputados, el 26 de mayo, el primer ministro no quiso escuchar. Dando la espalda a las peticiones y sugerencias de un “verdadero diálogo” para reducir la tensión, Charles Michel ha optado por la confrontación. El jefe de gobierno, en su lógica, en realidad no tiene otra opción: dar la impresión de retroceder ante el malestar social sería inaceptable para la NVA que, en las encuestas, pierde 8% frente al Vlaams Belang – especialmente inaceptable dado que el centro de gravedad del malestar social se encuentra casi exclusivamente en Valonia. El verdadero líder de la coalición, Bart De Wever, ha lanzado también una clara advertencia el 20 de mayo, afirmando que “este gobierno no irradia ambición colectiva”. Sin embargo, la RM sólo representa a uno de cada cuatro votantes francófonos, ha vinculado su destino al de la NVA, y no puede permitirse el lujo de fracasar.
Debilitado por las revelaciones sobre los fallos de seguridad para prevenir los atentados y ridiculizado por la prensa internacional, el gobierno ha elegido la huida hacia adelante. De Wever ha conseguido lo que quería: la coalición, en la que mueve los hilos, de nuevo irradia una “ambición colectiva”. Una ambición a la Thatcher: acabar con los huelguistas “salvajes”; hacer morder el polvo a los sectores sindicales que los apoyan; imponer la “reforma laboral” en Bélgica; y obligar a todo el movimiento obrero a jugar el papel de “amortiguador” de la austeridad (Béatrice Delvaux dixit) – incluso de capataces disciplinadores y, si es también necesario, de auxiliar de policía.
Nota completa y fuente: http://www.lcr-lagauche.org/les-greves-wallonnes-la-riposte-de-la-droite-et-lunite-daction-syndicale/




