Las brigadas comunitarias son la respuesta social a la emergencia de los incendios y la ineficacia estatal. Desde el incendio de 2025, se multiplicaron y ya son, al menos, 60 en La Comarca. Forman una red con juntas vecinales, centros culturales y otros espacios para reunir donaciones, equiparse y recordarle al Estado que se necesitan soluciones profundas. “Cada incendio es un fuerte llamado a la unidad, a estar más despiertos, más conectados”, dicen. Por Ada Augello – desde La Comarca (Chubut y Río Negro) – Publicado en Agencia Tierra Viva.
El fuego está “contenido”, tras las lluvias, pero aún existen puntos calientes en Epuyén y El Hoyo. El incendio inició en Puerto Patriada y continuó expandiéndose por todas las laderas del cerro Pirque, semejante a una herradura, hasta el otro lado de la ruta 40, donde el sábado las llamas llegaron hasta el cerro Coihue. La lluvia lo detuvo, pero el verano sigue y las condiciones de peligro no se modificaron. No fue un incendio cualquiera: avanzó por montañas y valles, se coló en los bordes donde el bosque se encuentra con las casas y, según los registros oficiales, dejó el saldo de 47 hogares destruidos —11 en El Hoyo y 36 en Epuyén— y 14.770 hectáreas de bosques en cenizas.

El humo convirtió el espejo del lago en una superficie opaca. La montaña, que siempre fue compañía, quedó como un fondo ennegrecido que mira con sus ojos de agua profundamente abiertos. “La sensación es de una pérdida, un duelo. La gente está muy angustiada, por la pérdida de nuestros bosques”, dice Diego Calfuqueo, brigadista comunitario y presidente de la Junta Vecinal del Lago Epuyén.

El informe técnico del Servicio Provincial de Manejo del Fuego (SPMF) precisa que, tras diez días de trabajo sostenido, el incendio originado en Puerto Patriada se encuentra contenido en un 100 por ciento, con un perímetro que demandó la intervención de más de 660 personas entre brigadistas provinciales y nacionales, bomberos voluntarios, fuerzas de seguridad, equipos de apoyo, medios aéreos y terrestres.

El SPMF estima que la superficie afectada fueron miles de hectáreas de bosque nativo, implantado —así se nombra al problema del monocultivo de pino y su descontrolado crecimiento sobre el monte nativo— , arbustos y matorrales. Aunque la mayor parte del fuego está controlada, los focos de actividad en sectores de difícil acceso requieren guardias y monitoreo hasta completar la estabilización y garantizar la seguridad de las localidades aledañas.

Los números oficiales —la superficie afectada, la cantidad de medios y personal desplegado, la declaración de emergencia municipal— son necesarios para entender la escala. Pero no reflejan cómo suena una plaza cuando la gente se reúne a la espera de noticias, ni cómo huele la ceniza en la ropa de quienes vuelven de la guardia.

Ahí están las voces de las gargantas ásperas de tanto humo: las de quienes viven allí, las de quienes se organizaron para contener el fuego y las de quienes, en medio del cansancio, siguen sosteniendo la comunidad con la espalda doblada, y las manos y ojos ardidos ante la indiferencia de los gobiernos.

¿Cómo organizarse ante una montaña encendida?
Calfuqueo habla con la voz de quien ha hecho del paisaje del fuego su compañía cotidiana. La junta vecinal nació del fuego que ardió hace exactamente un año atrás en la misma localidad: reuniones en la plaza, guardias de ceniza y coordinación con otras brigadas, comunitarias e institucionales.

Cuenta que la junta nació un día después de declarado el incendio del 15 de enero de 2025 y, desde entonces, se organizaron formalmente con sus vecinos para “tener todo lo necesario para hacernos escuchar” y para “trabajar de manera mancomunada y responder ante las diferentes necesidades”.

En su relato aparece el Cerro Pirque, la montaña que lo acompaña en cada salida, y en cada regreso, desde que comenzó a arder con vehemencia este verano. Es un cerro oficializado como reserva provincial desde el 2003, y considerado un baluarte de los bosques andino-patagónicos, que separa la localidad de El Hoyo de la de Epuyén.

La reserva del Pirque fue creada con un objetivo fundamental: proteger el ecosistema de alta montaña y los bosques de lengas, coihues y cipreses que vestían sus laderas. Con una superficie que ronda las 700 hectáreas, el parque funciona como un corredor biológico esencial para la fauna local. Su nombre, de origen indígena, está vinculado a las características de su relieve: parece una pirámide.

“Es muy terrible lo que está pasando. Es angustiante, triste y doloroso”, enumera Calfuqueo las sensaciones que lo atraviesan a él y a su barrio en Villa del Lago Epuyén. Pero la tristeza convive con la organización. La junta vecinal funciona como engranaje de coordinación con brigadas de El Bolsón, Lago Puelo e incluso Bariloche, Trevelin, Esquel y más allá. Desde los incendios ocurridos el año pasado en Epuyén y en Mallín Ahogado —al otro lado del Paralelo 42, en la parte de Río Negro de La Comarca— la organización comunitaria se multiplicó y las brigadas comunitarias.

Hay, al menos, 60 brigadas comunitarias en La Comarca con nombres variados, que marcan su sentido de pertenencia: Valle Lindo, de Sur a Sur, Patagónica, Loma del Medio, El Rejunte, Roja, El Cerrito, Andina, Aguilucho. Cada una de ellas está compuesta entre ocho y quince personas. Ninguna recibe apoyo estatal, pero sí el sostén de una comunidad entera que se organiza para cocinar, repartir, abrigar y acompañar, multiplicando gestos que las mantienen en pie.

Una mañana, a tres días de comenzado el incendio, Diego se subió a un bote con sus hijos. Entre ellos, “el del medio, Nahuel, que quiere ser brigadista”, dice su papá con una mezcla de orgullo y dura realidad. Es la forma en que la experiencia del fuego se vuelve vocación y cuidado colectivo.

“Esta fue una repetición no tan parecida a la del año pasado… Estuvimos mucho más cerca del fuego esta vez, lo tuvimos más o menos unos 60 metros de nuestra casa”, recuerda el combate y explica cómo operan las brigadas comunitarias en el terreno cuando se encuentran con las oficiales: “Seguimos las órdenes de los brigadistas y nos adecuamos al trabajo que ellos venían realizando”.

De todas maneras, el presidente de la Junta Vecinal del Lago Epuyén está convencido de que las herramientas ciudadanas son las de mayor alcance ante estas situaciones. “La organización con las brigadas de otras localidades y parajes ante el avance de este incendio fue lo que logró salir adelante”. Los vecinos y vecinas tienen handys para comunicarse entre sí, previamente habiendo testeado hasta qué lugares del valle se escuchan, qué sectores pueden comunicarse con otros. Hay puntos de contacto, triangulaciones, lenguajes específicos que se aprenden verano tras verano, en lo que La Comarca nombra como “temporada de incendios”.

La Comarca unida ante el llamado del fuego
En Lago Puelo, sobre la ruta provincial 16, el hospedaje “El Fogón” fue siempre un lugar de encuentro: huerta, camping, dormis, eventos culturales. Jeremías Tagariello, prestador turístico y vecino de la localidad, habla desde ese territorio que se hizo resistencia. En los días del incendio, “El Fogón” dejó de ser solo un proyecto de producción con hospedaje y se convirtió en punto de organización. La hospitalidad se transformó en logística para brigadistas y en refugio para quienes llegaron a ayudar.

Desde un grupo de whatsapp que reza en su leyenda “Hasta la lluvia” se tejió una comunidad. Subgrupos para viandas, otro para logística, otro para brigadas, otro para avisos generales, otro para donaciones, arreglo y asistencia de maquinarias, cuidado de infancias y animales que precisan atención, entre otros. El caudal de manos colaborando en la emergencia es infinito, incuantificable.

La brigada comunitaria de “El Fogón” se formó a partir del incendio de Mallín Ahogado y se expandió hasta crear una nueva referenciada en el centro cultural Keuken Aoniken. Así, la comunidad se multiplica en espacios que sostienen la vida y la defensa del territorio. “Cada incendio es un fuerte llamado a la unidad, a estar más despiertos, más conectados”, celebra Tagariello.

En los tiempos en los que la brigada no enfrenta los incendios, la comunidad creada a su alrededor se multiplica en centros culturales, huertas y mingas para la reconstrucción de las casas quemadas. Esa dispersión no es desorden es estrategia: cada lugar se vuelve referencia, cada mano cuenta. Por eso, Jeremías habla con la paciencia de quien sabe que la reconstrucción no es solo física, sino también cultural y comunitaria.

“La brigada es una respuesta al problema inmediato. Pero el problema de fondo es el abandono del Estado: antes del fuego, durante y después”, sentencia. En esa frase, Tagariello condensa el desmanejo forestal, la poca prevención y la educación para construir hogares que se puedan defender del fuego: trabajos de poda y raleo de árboles, arbustos y matorrales durante el invierno, equipamiento con motobombas y reservas de agua.

También denuncia la deficitaria solución habitacional ofrecida por los distintos niveles de gobierno cada vez que las viviendas arden. En Epuyén, lo denuncia la Asamblea de Vecinxs Damnificadxs de Epuyén, aún no todos los afectado por el incendio de 2025 recibieron los fondos para la reconstrucción, mientras exigen la extensión del subsidio para alquiler. Por último, reitera la denuncia sobre la insuficiente capacidad de respuesta en el combate al fuego por el equipamiento y la situación de precarización de los trabajadores de los servicios de manejo del fuego provincial y nacional.

Es que mientras las brigadas comunitarias sostienen la defensa casa por casa, los brigadistas estatales —que integran el sistema oficial de manejo del fuego— enfrentan no solo las llamas en zonas de interfase y en los bosques sino también la pelea por sus condiciones laborales. El reclamo se hizo público el domingo pasado desde el incendio en el Parque Nacional Los Alerces: estabilidad, condiciones dignas, presupuesto y reconocimiento. “Los brigadistas están muy exigidos, tenemos pluriempleos porque alguien que recién inicia la carrera gana 600 mil pesos”, denuncia Alejo Fardjoume, delegado paritario de ATE en Parques Nacionales.

“Estamos muy preocupados. Los que somos de la Patagonia lo vivimos con muchísimo dolor. Parques Nacionales pasó de 430 a 391 brigadistas, cuando el mínimo necesario para proteger más de 5 millones de hectáreas debería ser de 700”, señala. En su reclamo late la memoria de lo que se pierde: “El fuego no se apaga cuando está sucediendo, se apaga meses antes con prevención. Y para eso se necesitan trabajadores profesionales, con salario y contrato”.

“Si no hubiera sido por la solidaridad de la gente, los voluntarios, la situación habría sido catastrófica”
Desde El Bolsón, Matías Riquelme, cuenta la tarea de la brigada que él integra, la “Brigada Cóndor”. Lo hace con una mezcla de cansancio y claridad. Sus palabras describen la cadena de cuidados que sostiene la respuesta: motobombas, camionetas, viandas, logística, noches cortas y cuerpos que aguantan el cansancio quién sabe cómo.

“Las primeras emociones son de tristeza y bronca, de no saber bien cómo ayudar porque nada alcanza frente al fuego”, dice mientras el tono poco a poco se le endurece. Su brigada está conformada por un grupo de amigos, todos de El Bolsón, ciudad rionegrina cabecera de La Comarca. Se organizan a puro corazón, con las herramientas que logran conseguir con las donaciones que hace la gente.

Riquelme enumera los lugares donde trabajaron: Rincón de Lobos, Callejón Mayorga y El Pedregoso, en El Hoyo; durante los primeros días. Luego siguieron hacia Epuyén como el fuego. Describe cómo es el trabajo ante las llamas: un primer ataque con camioneta y motobomba, equipos de soporte, gente que hace guardia nocturna. El círculo se amplía a las familias que sostienen la logística: organizan las donaciones que llegan, junto a las desgarradoras noticias, cocinan y envían articuladamente viandas para alimentar a quienes están frente a las llamas.

El brigadista habla del sueño robado: dos horas, una hora, cuatro horas cuando el cuerpo ya no da más. Y subraya algo que se repite en todas las voces: “Si no hubiera sido por la solidaridad de la gente, los voluntarios, la situación habría sido catastrófica. Cada puesto de trabajo es importante. Desde la persona que está mirando el fuego con un handy hasta las personas que van al lugar y hacen compañía a familias con niños o personas mayores que están solas en su casa, asustados”.

El dato de cada casa, cada perro, cada oveja o anciano surge de la comunidad plasmada en los grupos de Whatsapp. Un espacio donde no tantos se conocen personalmente, pero saben colaborar, casi a ciegas, en quién pregunta dónde hace falta echar una mano, y en quién responde dónde es necesaria.

Matías también convoca a la movilización. Una plaza donde la comunidad se reúna sin banderas para mostrar que el territorio no se entrega. Esa movilización es gesto y demanda: pedir respuestas, pedir prevención, pedir políticas que no dejen a la gente sola frente al fuego. La movilización y la organización se repiten un día tras otro.

Este jueves, al cumplirse un año del incendio del 15 de enero de 2025, el pueblo se reunió en el ya icónico Puente Salamín, camino de ingreso a Puerto Patriada, donde el fuego comenzó este año. La solicitud fue clara: un Estado presente, que sea garante del derecho a habitar el lugar que cada cual elige para vivir.

La palabra de Matías se enlaza con la de quienes reconocen que “estamos aprendiendo a la fuerza”. Lo que comenzó como un gesto íntimo —“llevar un plato de comida caliente… Juntar frazadas, todo muy de organización familiar, entre amigos”— hoy busca un marco más formal, constituir una organización civil para poder tener un cierto respaldo legal, jurídico, en los trabajos que estamos haciendo”.

Hacia el Estado el reclamo es que los municipios “no planifiquen sin el vecino”. Que convoquen a quienes conocen el territorio y sostienen la vida cotidiana. Porque, como insiste Matías, “si no hubiera sido por la organización de los vecinos, Epuyén hubiera desaparecido, el Pedregoso también”. La movilización, entonces, será por el derecho a habitar que se defiende con cuerpo y palabra. “Para la reconstrucción va a ser fundamental que haya gente que conozca la zona, que sepa el pensamiento de los vecinos, las necesidades. Es lo que está faltando”.

El incendio deja laderas de fango que se derrumban como helado al sol, proyectos productivos arrasados, casas convertidas en tan sólo un trazo a lápiz de lo que fueron. El Lago Epuyén, que suele devolver el cielo, por estos días devuelve humo. Cada árbol consumido es una pérdida de sombra, de raíz, de húmeda memoria. La tierra huele a ceniza y a trabajo: a mangueras, a botas, a manos que remueven escombros.

Habrá que pensar en cómo volver a habitar un paisaje perdido, cómo acompañar a quienes perdieron su sentido de pertenencia, sus cultivos y animales, su lugar de trabajo, su historia. En los días posteriores al incendio, la comunidad muestra su músculo. La solidaridad se despliega larga como mangas que enfrían la tierra en el verano más seco desde hace una década, y en quienes ofrecen un mate y una palabra.

La memoria de los fuegos anteriores no es olvidada: es la estructura que permite responder con rapidez a la emergencia, mientras que los brigadistas estatales, pese a las dificultades, se encuentran combatiendo foco a foco de calor. La reconstrucción será larga. La montaña sigue ahí, aunque cambie su color. El duelo por lo perdido convive con la certeza de que la única forma de resistir es estar juntos: manos que se prestan, voces que se escuchan, brigadas que no se rinden.

Edición: Nahuel Lag

Imagen: Euge Neme

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