El 20 de marzo pasado, 554 presos políticos y de guerra se fueron a huelga de hambre por tres días (el 22 de marzo, los presos llegaron a ser 609[2]). Esta huelga es el corolario de varias movilizaciones y de actos de insubordinación y desobediencia por parte de los presos durante los últimos años para protestar por las deplorables condiciones en que se les mantiene. En La Picota, La Combita, El Barne, ERON Picota, Palo Gordo, La Tramacúa, La Dorada, Quibdó, etc. los presos se declararon en huelga de hambre, demostrando su capacidad de acción y coordinación, así como su espíritu de lucha.
(José Antonio Gutiérrez D. – Rebelión) Colombia – Lo que piden es una demanda bastante moderada: que se forme una Comisión Internacional de Observación de la Situación de Derechos Humanos de los Prisioneros y Prisioneras Políticas en Colombia. Sabida es la situación espantosa de hacinamiento en que se encuentran los 9.500 presos políticos y de guerra, las condiciones insalubres en las que sobreviven, las frecuentes torturas y trato degradante que sufren sistemáticamente a manos de efectivos del INPEC, como para dudar de lo justo de esta demanda. Tan sólo en el primer semestre del 2011 murieron 7 presos políticos debido a malos tratos y negligencia –desconocemos las cifras exactas desde entonces, pero sabemos que por los menos otros tantos han muerto desde entonces. En una entrevista con un compañero del Grupo Bifurcación – Cruz Negra Anarquista, nos decía que “Las condiciones a las que son sometidos los presos no es por ‘inoperancia’ del sistema, sino por una estrategia social y política de abandono, de presión sicología, moral, para que el preso en definitiva abandone su sentido revolucionario y los que están fuera y no han caído, sepan ‘las consecuencias’ ”
Dos días antes de la huelga, el presidente Angelino Garzón, siguiendo esa manía de las autoridades colombianas de negar lo evidente, negaba la existencia de prisioneros políticos (o de guerra) en Colombia. El movimiento telúrico que surgió desde las cárceles de Colombia hace, sin embargo, que sea imposible tapar el sol con la mano y demanda que la vista de las organizaciones populares y solidarias se vuelque hacia la grave crisis humanitaria que se vive entre rejas. El gobierno niega la necesidad de una Comisión Internacional de Observación de la situación de los presos políticos, debido a que tal Comisión evidenciaría las condiciones bestiales con que el Estado castiga en auténticas mazmorras a quienes lo hayan interpelado. Tal trato fue demostrado una vez más por la respuesta de las autoridades carcelarias a este formidable movimiento de protesta: se denunciaron numerosos casos de golpes, malos tratos y castigos en contra de los prisioneros y las prisioneras.
Esta huelga de hambre, pese a sus dimensiones, fue absolutamente ignorada por los medios colombianos. Si apenas este acontecimiento llegó a la prensa alternativa fue gracias a la labor febril de la Campaña Traspasa los Muros, de la Fundación Lazos de Dignidad y de la Fundación Comité de Solidaridad con los Presos Políticos. El hecho político que marca esta huelga, sin embargo, es de la mayor trascendencia.
En el caso colombiano, los presos políticos y de guerra han estado por años relegados a un rol más bien pasivo, a la espera de que la estrategia del intercambio humanitario dé frutos. El anuncio a fines de Febrero de la liberación unilateral por parte de las FARC-EP del último contingente de retenidos en su poder, dejan sin base la esperanza de formalizar un intercambio humanitario como hasta hace poco se planteaba y como esperaban los propios presos.
¿Qué queda para los presos políticos y de guerra? Queda el camino de la acción directa, de la movilización constante, de la desobediencia y de la resistencia. El único camino que les queda es tomar en sus propias manos, mediante su lucha frontal, lo que la negociación indirecta no logró. Lo único que puede garantizar que los ojos del pueblo se vuelquen hacia la situación de las cárceles y detener la serie de abusos y tropelías de que son víctimas, es convertir la cárcel en una trinchera más de la resistencia.
Esa es la importancia histórica de este movimiento, que aunque fue breve, tuvo un amplio impacto y se extendió por varios centros penitenciarios. Demostró el movimiento que los presos tiene poder, que tienen capacidad de acción colectiva y que tienen fuerza para dar golpes al sistema aún detrás de las rejas. Es un primer paso, un movimiento tentativo, y aunque haya terminado, se siguen reproduciendo los actos de desobediencia e insubordinación en todos los centros carcelarios.
Ahora que se quitará la presión sobre la opinión pública por el tema del mal llamado “secuestro” de uniformados capturados por los insurgentes en combate, la iniciativa política queda en manos de los presos, para que ellos mismos se movilicen y definan sus acciones colectivas a seguir. A fin de cuentas, los prisioneros políticos y de guerra no tienen nada más que perder, salvo sus cadenas.




