Red Eco Alternativo ***

El coronavirus ante el espejo de la desigualdad

Tras convertirse en el primer foco de contagios, el cierre del barrio rico de la capital de la República Democrática del Congo está empujando a muchos ciudadanos más allá de la pobreza extrema.

(Trinidad Deiros - El diario) República Democrática del Congo - Ellos son los desheredados de la rica tierra del Congo. Todos los días, sin que el sol asome aún por el horizonte, un río humano invade los márgenes sin aceras del bulevar Lumumba, el mastodonte que une Kinshasa con el aeropuerto internacional de N’djili. Su presencia, tan temprana, es hija de su miseria: los pobres de esta ciudad madrugan para ganar tiempo a pie. Si es posible, tratan de ahorrarse alguno de los trayectos, cada uno a 500 francos (26 céntimos de euro), en las destartaladas furgonetas que conforman el transporte público en la capital de la República Democrática del Congo (RDC).

El lugar al que se dirigen muchas de esas personas es el mismo: La Gombe, el barrio de los ricos de Kinshasa, la que fuera la ciudad de los blancos bajo el colonizador belga. Como un oasis de opulencia rodeado de un mar de miseria, La Gombe encarna el terrible legado de esa colonización. Las enormes distancias de Kinshasa no se deben solo a su gigantesca población de al menos 12 millones de almas. Los barrios populares siempre estuvieron lejos del centro, en parte porque los belgas proyectaron las barriadas de aquellos a quienes llamaban “indígenas” a grandes distancias de la ciudad europea.

El urbanismo de Kinshasa empezó siendo racista y sigue siendo excluyente. En La Gombe ya no se segrega entre blancos y negros, sino entre ricos y pobres.

Para entrar en el barrio en la época colonial, los congoleños necesitaban un salvoconducto. Esa imagen del pasado ha vuelto estos días, porque el distrito del lujo de Kinshasa –con sus rascacielos, sus hoteles de cinco estrellas y su campo de golf– se convirtió en el foco inicial en Congo de la epidemia de coronavirus. Este ha sido el único de los 26 distritos de la capital sometido a un confinamiento de población total desde el 6 de abril. La medida se empezó a relajar parcialmente hace dos semanas, pero el barrio sigue cerrado al resto de la ciudad.

A finales de marzo, Kinshasa había vivido un breve confinamiento de ida y vuelta.

El Gobierno congoleño decretó inicialmente que toda la población debía permanecer en su casa. La medida entró en vigor el 21 de marzo. Al día siguiente, las autoridades cambiaron de opinión y permitieron salir a la gente. Quizás se habían dado cuenta de que en un país en el que, según el Banco Mundial, siete de cada diez personas viven bajo el umbral de pobreza extrema, con menos de 1,9 dólares al día, encerrar a los habitantes de la capital en sus casas equivalía a matarlos de hambre.

La alternativa aprobada por el Gobierno ante el imposible confinamiento de Kinshasa fue decretar la cuarentena forzada solo en La Gombe, el barrio rico donde vivían muchos de los primeros contagiados. Todos ellos eran ciudadanos con dinero, infectados en el extranjero. Solo ellos pueden viajar en Congo. “La mayoría de los pobres ni siquiera ha puesto nunca los pies en el aeropuerto”, explica Gloria Sengha Panda Shala, activista de 27 años fundadora del movimiento social Vigilancia ciudadana.

Los primeros contagiados no solo eran ricos; eran personas en el “corazón del poder”, asegura Sengha. Personalidades como el octogenario Gérard Mulumba, obispo emérito y jefe de la Casa Civil de su sobrino, el presidente congoleño Felix Tshisekedi, que murió con coronavirus el 15 de abril. O el también fallecido Jean-Joseph Mukendi wa Mulumba, un prominente abogado consejero del jefe de Estado que contrajo la enfermedad cuando se encontraba en Francia. Mukendi wa Mulumba había viajado a Europa para recibir tratamiento médico, como suelen hacer los privilegiados en Congo.

La enfermedad empezó propagándose entre los ricos, pero muy pronto los pobres empezaron a pagar un alto precio. “En Congo, la mayoría de la gente no tiene un trabajo asalariado y vive del pequeño comercio. Muchos de ellos, que subsistían comprando mercancías en el mercado central de La Gombe para venderlas luego en sus barrios, se han quedado sin ingresos”, explica Sengha. En el país africano, los empleos en la economía sumergida como conducir un taxi-moto, vender pan por la calle o reparar los neumáticos de los coches están tan extendidos que incluso se engloban en un concepto casi filosófico: lo que los congoleños llaman “el sistema D”. “D” de ‘débrouillardise’, el ‘apañárselas’. Está tan arraigado en la sociedad, que la población habla con ironía de un artículo imaginario de la Constitución: el 15, el que en teoría obliga a los congoleños a sobrevivir buscándose la vida, sin ningún tipo de protección social, subsidio de desempleo, pensión de jubilación ni derecho a la asistencia médica.

Esta forma de subsistencia cuyo peso llega al 90% de la economía congoleña, según la revista Jeune Afrique, depende mucho de la movilidad urbana. Con el cierre del céntrico barrio que concentra entre el 60% y el 70% de la actividad económica de la ciudad, muchos congoleños han atravesado la fina línea que en este país separa la pobreza de la miseria.

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