Esta madrugada se desarrolló una intervención militar y policial en puntos de bloqueo, particularmente en el sector de Río Seco, camino a Copacabana. Y, sinceramente, más allá de despertarme en plena madrugada viendo transmisiones y revisando publicaciones, no puedo decir que me haya sorprendido. Por Wilmer Machaca desde El Alto – Minka Comunicación.
No me sorprende porque, comunicacionalmente, esto ya se venía construyendo hace días.

Más allá del desgaste real que mucha gente puede sentir por las movilizaciones, porque evidentemente hay afectaciones, cansancio y molestia, lo que también se fue instalando fue un clima discursivo muy específico: la exigencia de “orden”, “mano dura”, “poner en su lugar”, “desbloquear a cualquier costo”, e incluso comentarios mucho más violentos hablando de “meter bala” o “matar terroristas”.

Y algo que sí me llamó profundamente la atención fue el rol de algunos medios de comunicación. No necesariamente de forma explícita, pero sí dejando una especie de alfombra tendida para este escenario. Enfoques discursivos y narrativas que poco a poco fueron normalizando la idea del uso de la fuerza militar.

Hoy, muy temprano, empezó a circular esta publicación que comparto acá. Una publicación que utiliza imágenes que no corresponden al contexto real, pero que aun así funciona perfectamente en términos emocionales. Y eso me parece muy interesante de analizar.

Muchas veces este tipo de contenido funciona porque activa algo que ya estaba construido previamente en quienes interactúan con él.

Y ahí es donde vuelvo mucho a esta idea de que la desinformación no aparece sola. La desinformación antecede y al mismo tiempo se alimenta de narrativas políticas y marcos interpretativos que ya existen socialmente.

Primero están las estructuras sociales: memorias históricas, prejuicios, identidades políticas, dolores colectivos, miedos, conflictos no resueltos. Sobre eso se construyen narrativas políticas: “los violentos”, “los salvajes”, “los terroristas”, “los que destruyen el país”, “los que bloquean y los que trabajan”.

Y esas narrativas terminan moldeando la forma en que interpretamos los hechos. Entonces, cuando aparece una imagen falsa de tanques supuestamente entrando “heroicamente” a resguardar cisternas de combustible en Senkata, mucha gente no necesariamente se pregunta si es verdadera o falsa. Lo que hace es reforzar emocionalmente algo que ya cree. La imagen satisface un deseo de orden, de castigo o de restauración simbólica del poder.

Y creo que ahí también se activa una memoria política reciente. Porque este tipo de imágenes, tanques y militares armados, nos remiten inevitablemente a narrativas que ya vimos en 2019 y durante el gobierno de Añez: las narrativas que afirmaban que los alteños querían explotar la planta de Senkata.

Hubo toda una construcción simbólica del “héroe”: policías y militares convertidos en salvadores, homenajeados y legitimados públicamente por el gobierno de ese entonces, para justificar sus ordenes. Hasta un cura y militares nos rociaban agua bendita desde un helicóptero.

Entonces, cuando hoy circulan este tipo de contenidos, no operan sobre un vacío. Operan sobre memorias políticas y emocionales que todavía siguen presentes en una parte de la sociedad.

Y hay otro elemento que me parece muy fuerte en esta publicación y en muchas de las interacciones: la presencia constante de referencias religiosas. “Dios bendiga a los militares”, “que Dios proteja”, “Dios está con nosotros”.

Y creo que ahí también opera algo más profundo que una simple expresión de fe. Porque muchas veces esa idea de Dios termina funcionando como una legitimación moral de la violencia o del castigo hacia el otro.

Es como si el conflicto dejara de ser político y pasara a dividirse entre “los buenos” y “los malos”, entre quienes representan el orden, la patria o incluso a Dios, y quienes son construidos como amenaza, como enemigos o como vidas sacrificables.

Y eso es peligroso, porque cuando el adversario político deja de verse como una persona igual y empieza a verse como alguien moralmente inferior o “enemigo del bien”, la violencia se vuelve mucho más fácil de justificar.

Por eso me parece tan importante entender la desinformación como un fenómeno, que no es solamente un problema de “noticias falsas”. Porque las redes sociales amplifican precisamente aquello que genera emocionalidad: miedo, rabia, sensación de victoria, humillación del otro. Y la nube de palabras de estas publicaciones lo muestra claramente: “Dios”, “orden”, “militares”, “bloqueadores”, “excelente”, “mano dura”.

Hace poco justamente conversaba con gente de Cochabamba, amigos que trabajan en verificación y fact-checking, y hablábamos de lo complejo que es trabajar desinformación en escenarios de conflicto. Porque muchas veces el problema ya no pasa solamente por demostrar que algo es falso.

Incluso cuando se verifica, incluso cuando se demuestra que una imagen no corresponde o que una narrativa es manipulada, el contenido sigue funcionando porque responde a emociones, prejuicios y marcos interpretativos que están por encima de la veracidad misma.

Y probablemente estas publicaciones ni siquiera se borren, ni mucho menos se aclaren, porque terminan siendo funcionales para quienes encuentran en ellas una satisfacción emocional, política o simbólica.

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