Nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina. Publicó en 1978,  Crónicas del Abandonado. Cuentos. Editor Mensaje. (Faja de Honor de la SADE). (reeditado 3)  1982. Gardel Supo Retirarse a tiempo. Corregidor, Novela. 1983, Resistencia Lunfarda. Poemas. Edit.Rueda.  1986, El Olvido está en Libertad. Novela, Edit..Futuro. l989, De nuevo lejos de Uppsala. Novela, Edit.Bell. 1993, Un Mundo Casi Feliz  Cuentos y Poemas. 1993,  *Nadie Muere de Amor en Disneylandia. Novela. (Premio Fondo Nacional de las Artes).  1995. Cuentos con Mujeres. Beas Edit. 1998, *Madame Bovary era una Buena Chica. Novela, Edit. AINI. 2001, * El Infierno de Rosell. Novela. Edit. del Leopardo.  2004. *Lunfardo en el tango y la poética popular.  Ensayo. Edit. Proyecto  (*, ver en Internet) .  Participó en: Fútbol a Puro Cuento,  Escritores argentinos  según ellos mismos,  Univ. INCCA de Colombia y compilado por Joseph Vélez, de Baylor University USA. Cien sonetos Lunfardescos,  de Academia Porteña del Lunfardo y Los que conocieron a Borges nos cuentan, Edit.  Tres Haches. www.eduardopersico.blogspot.com

A veces la poesía…                                                  

    Sigilosa  la tarde  va  sombra a sombra hacia la noche y allí  la poesía es un rayo que nos lacera el corazón,  en vigilias de lento cigarrillo hacia el brillo del alba.          

         Más  si la poesía celebra apenas que ‘las mariposas son flores desertoras  o graciosa inventiva de angelitos pintores’, es un inútil suicidio palabrero.  Por eso y evitando que ninguna palabra decline su sentido,  dejemos de sumar ya más ‘lírica amnesia’ a este mundo zurcido con hilachas de trapo.   

    

PREGUNTAS SIN OLVIDO.                           

       ¿Dónde estarás, amor? Ni han devuelto tu nombre.

       El mismo que tan breve  parecía, íntimo y diminuto. 

  Cuatro letras de silabear tu nombre.

      ¿Es que tu aliento tibio todavía sobrevuela

 el aire de una cárcel feroz y sin ventanas?

     ¿Y tus ojos, amor?

      ¿Siguen siendo tan grises absortos y redondos, 

tus ojos de juntarnos decayendo la tarde? 

     Esos brillos amantes de la vida

en calles encendidas de canciones y pájaros. 

      Y también por tu ojos  al reflejar los míos 

  cruzarían los ultrajes de uniforme y absurdo. 

     Con niños sollozantes robados en la noche   

  y la indolente mueca de banqueros y curas.

   ¿Dónde estarás amor?

   ¿No sostiene tu cuerpo caricias de mis manos,

ni a tu piel la desvela mi beso tembloroso?  

   ¿Y tu voz amor mío?

   ¿Ni me nombró siquiera al saberte arrastrada  

 y la gente impasible siguiendo su camino?

     ¿No me nombraste amor ni apenas esa noche

 sometida y violada?

     ¿El pronunciarme apenas fue tu olvido   

  en esa infamia perpetua de tu muerte? 

     ¿O tanto nos quisimos, amor,

que callaste mi nombre? 

AQUEL VECINO.

     El hombre se escribía sus versitos
iluso que una vez alguien dijera:
‘sí, es el que yo le digo, uno bajito
que vive aquí  nomás, a dos veredas’.

    Nadie lo vería andar  sombra en la niebla,
perdiendo sin chistar sitio en la fila.
O ir soledoso algún domingo al parque
a charlar con el  caballo de la estatua.

   Cada renglón se volvería amarillo  
sin ese revivir de verlo impreso. 
El tiempo transcurrió sin registrarlo. 
Ni un guiño de atención. Menos que eso.

  La muerte lo cargó sin darle aviso
y una siesta, cansao, siguió de largo.
El hijo ni llegó, estaría en viaje.
Su mujer gimoteó más que llorarlo.

   ‘Por no cuidarse. Voy a extrañarlo mucho’,
ella que ni siquiera lo corneaba…
  
     El mundo sigue igual. 
     Sonó el vecino que escribía sus versitos.
     Casi nada…

 MIRAR DE PRIMAVERA.

         El setiembre ya pródigo de luz y veintiuno
      es un vaso colmado de vino gusto a ganas.
     Se ufana una muchacha soltar su pelo al viento
      y al pródigo despliegue de su blusa floreada.

         Hoy que el aire deshace casi como al descuido
      el nudo abigarrado que tejiera el invierno,
      el cielo de mi barrio, tan modesto y discreto,
       le propone al paisaje realzarle los reflejos.    
     
         Sonríe una vecina mi guiño cuando pasa,  
      hoy que acortó su falda por festejar el día.     
      ¿ Y si una tarde al menos pudiera convencerla  
      que aflojara sus riendas,  que el tiempo todo olvida..? 
   
          Es propicio el deslumbre de soles derramados
       al invocar resabios de remotos ancestros.  
         Y reiterar la incitante mirada al avistarnos,         
        propiciando  el festejo de la especie desnuda. 

 
VERDE Y BLANCO  A  FRANJAS  VERTICALES.

  …y su padre de grandota sonrisa gardeliana le preguntó ‘¿te gustó?’, él dijo ‘sí, mucho’ y el viejo redondeó ‘ojalá siempre te acuerdes’..

    ‘Por la última fecha del Campeonato de Primera División, en cancha de Banfield se enfrentaron el local y San Lorenzo. Ganó Banfield tres a uno y culminó así una buena campaña en el torneo’, anunció un diario el 8 de noviembre de 1942. 

    Aquel domingo del ’42 Pablito había sido levantado por su padre al festejar un gol de Banfield y la  imagen de camisetas verdes y blancas lo acompañaría siempre, y  por los años cincuenta probaría en el club su valor futbolero pero ya entonces los jugadores vivían lejos del barrio. Acaso desde ahí cambiarían sus vocaciones y aquellas alegrías que de chico crecían en su corazón, le harían repetir ‘el fútbol es otro servidor del Poder’; aunque la vez en que vendiendo libros por alguna provincia  y ser invitado a pelotear con otros viajantes, íntimamente disfrutó jugar vestido con el color de sus amores: verde y blanco a franjas verticales.
     
    Más en los años setenta algo lacerante desmadejó a Pablo: unos tipos con capuchas de pesquisar escritos rompieron su casa en la alta noche, violaron a su mujer y en una dependencia embanderada lo torturaron a gusto. Algo muy ajeno a una reseña deportiva en cuanto en una madrugada cualquiera, malherido hasta en su recuerdo de infancia, lo tirarían desde un auto y a otra cosa. Así que ya por los ochenta Pablo recaló en España y al afincarse en Sevilla, un amigo imprevisible lo iría integrando a compartir tabernas, agasajos y hasta una tarde de toros. Cuando él, Pablo, tan contrario al atavismo de la muerte gratuita, en un  luminoso 12 de octubre vomitara en la plaza de La Maestranza cuando el diestro Rafael de Luca, que esa tarde saliera por la Puerta del Príncipe, faenaba su segundo toro.
      
     Pero ya por entonces, cada domingo y acaso sin notarlo la dueña del piso que rentaba en esa calle La María, salía del mediodía al crepúsculo y de retorno, a veces con la mirada sin convicción se recostaba en un sillón a recordar, sencillamente. Y en aquel abismo de visiones mezcladas vería la alegría de su viejo con él en brazos al festejar un gol del chueco Farro, al azulgrana vasco Lángara colorado de furia pateando aquella pelota gigantesca y al negro Silvera, zurdo sonriente y jorobeta de correr contra la línea igual que una gallina. Tal vez su vida entera en esos fotogramas del Banfield tres San Lorenzo uno, cuando saliendo del estadio su padre de sombrero rancho y grandota sonrisa gardeliana le preguntó ‘¿te gustó?’, él dijo ‘sí, mucho’ y el viejo redondeó ‘ojalá siempre te acuerdes’…
        
   Hasta que por los noventa y en otro cansino atardecer de domingo, a Pablo le sacudió el pecho ese dolor profundo, definitivo, y al acomodarlo unos vecinos hallaron una camiseta futbolera  debajo de su cuerpo. ‘Del Betis’, comentó uno;  y sí, verde y blanco a franjas verticales.

AQUEL VECINO.

     El hombre se escribía sus versitos

iluso que una vez alguien dijera:

‘sí, es el que yo le digo, uno bajito

que vive aquí nomás, a dos veredas’.

    Nadie lo vería andar sombra en la niebla,

perdiendo sin chistar sitio en la fila.

O ir soledoso algún domingo al parque

a charlar con el  caballo de la estatua.

   Cada renglón se volvería amarillo  

sin ese revivir de verlo impreso. 

El tiempo transcurrió sin registrarlo. 

Ni un guiño de atención. Menos que eso.

  La muerte lo cargó sin darle aviso

y una siesta, cansao, siguió de largo.

El hijo ni llegó, estaría en viaje.

Su mujer gimoteó más que llorarlo.

   ‘Por no cuidarse. Voy a extrañarlo mucho’,

ella que ni siquiera lo corneaba…

  

     El mundo sigue igual.

     Sonó el vecino que escribía sus versitos.

     Casi nada…

         MIRAR DE PRIMAVERA.

        

            El setiembre ya pródigo de luz y veintiuno

      es un vaso colmado de vino gusto a ganas.

     Se ufana una muchacha soltar su pelo al viento

      y al pródigo despliegue de su blusa floreada.

           Hoy que el aire deshace casi como al descuido

      el nudo abigarrado que tejiera el invierno,

      el cielo de mi barrio, tan modesto y discreto,

       le propone al paisaje realzarle los reflejos.    

      

           Sonríe una vecina mi guiño cuando pasa,   

      hoy que acortó su falda por festejar el día.      

      ¿ Y si una tarde al menos pudiera convencerla  

      que aflojara sus riendas, que el tiempo todo olvida..? 

   

          Es propicio el deslumbre de soles derramados

      al invocar resabios de remotos ancestros.  

         Y reiterar la incitante mirada al avistarnos,         

      propiciando  el festejo de la especie desnuda.