PABLO MARRERO
Siendo el ocio, holgazanería, los vicios más perjudiciales al público y origen de los demás, toda persona que no fuese propietaria de algún terreno y aunque lo sea, si no tuviera cómodamente como mantenerse con su familia, los jueces, comandantes los obligaran a que se conchaben con sujeto conocido capaz de satisfacerle su salario…
El sol de la media tarde incendiaba los cardales. Debajo de un tupido árbol, el hombre observaba la pampa, cuyo final lo encontraba en esa línea recta que unía la tierra con el cielo. Miraba el campo de a ratos y, de a ratos giraba sobre el fuego la carne incrustada en un palo.
Atado de una rama baja del árbol estaba su caballo y, a unos pasos más, yacían los restos del animal carneado, parte del ganado de quién sabe qué estanciero.
Las gotas de sudor le corrían entre el sombrero y las sienes; a veces una que otra le hacía arder los ojos.
Al husmear en busca de más leña para el fogón el hombre notó la polvareda. Se sacó el sombrero para secarse la transpiración con el brazo, sin dejar de mirar hacia el sitio donde antes había una nube de polvo y ahora, mucho más cerca, un caballo y un jinete. Se volvió a calzar el sombrero y sacó de su cintura el facón.
El inoportuno visitante llegó en un galope cansado y saltó del caballo.
—¡Viva la Santa Federación! —saludó.
—¿Qué anda buscando?
—Algo pa’l buche —dijo el recién llegado, y dirigió su mirada a la carne que se asaba.
—Corte y traiga; fuego y carne no han de faltar —le señaló con el facón el cadáver de la vaca.
El hombre sacó su cuchillo y con pasos decididos se dirigió al lugar indicado. Con tres o cuatro tajos arrancó un pedazo de carne del animal, y tras limpiar su herramienta en el chiripá, la incrustó en un palo para acercarse al fuego y empezar a asarla.
No se miraban. Ambos se concentraban en la tarea de preparar su almuerzo. Al rato, el recién llegado se animó a preguntar:
—¿Vio milicos por acá?
—¿De qué escapa, amigo?—lo miró el otro, con el ceño fruncido.
El visitante observó a su interlocutor: sombrero, chiripá, facón… movió la cabeza.
—De lo mesmo que usté, que seguro anda sin papeleta.
El silencio volvió para quedarse hasta que la carne estaba oscura. El anfitrión arrimó un tronco para sentarse y el facón y los dientes empezaron su faena.
Una vez más el que se había invitado tomó la iniciativa.
—Toditos los santos días hacía esto. Andar por la pampa acompañao por el viento y cuando las tripas se quejaban, buscar algún ternero o alguna mulita, prender el fuego y al buche. Más luego descansar debajo de algún árbol morrudo, pitando un tabaco, y por la tarde, salir al trote pa’ cualquier rumbo hasta llegada la noche pa’ tirarse donde Dios desponga.
—¿En dónde se conchabó?
—Primero con un salvaje unitario; meta cargar cueros en el puerto: ese era su negocio. Y cuando este juyó pa’ Montevideo corrido por el Restaurador, me mandaron pa’ uno de los campos de Anchorena.
—Y duró poco.
—Muy poco. Que el arreo, que castrar, que la yerra, que esto, que el otro; además ya me estaban por meter a trabajar en el saladero…No nací pa’ ser mandao. Por eso acá estoy… juyendo… ¿Y usté?
—Lo mesmo —contestó con voz suave el anfitrión—. Yo me conchabé con Don Achaval, allá en Santiago… linda estancia… linda cárcel. Me escapé, me pescaron y de allí derechito a pelear con los salvajes…
—Y volvió pa’l campo, como la mulita.
—No sirvo pa’ milico —dijo y animó el fuego para colocar sobre éste un jarro con agua. Luego sacó yerba y un mate de una de las alforjas. El compañero hizo lo mismo con una bolsita de tabaco.
Al rato ambos echaban humo y mateaban.
El visitante miró al cielo y suspiró:
—¡Cha que esto es lindo, canejo!
El otro asintió con la cabeza y pegó una pitada. Habló mientras largaba el humo con las palabras.
—¿Federal?
El interrogado se encogió de hombros.
—Por las dudas —contestó—. Tuve dos patrones: el unitario, que juyó pa’ Montevideo y el otro, un amigazo del propio Restaurador.
—En Santiago dicen que son lo mesmo…
—¿Quiénes?
—Unitarios o Federales; si son de Buenos Aires, son los mesmo… dicen allá muchos; menos el gobernador y los que están con él. Lo único que les interesa es el puerto pa’ manejarnos a tuitos los de las provincias y quedarse con tuita la platita. Por eso se pelean. Eso es lo que comentan en mi provincia… Y en otros pagos que anduve también dicen lo mesmo.
El visitante hizo chillar el mate.
—No sé nada de ese asunto; los patrones saben de eso. Lo único que yo sé es que tanto unos como otros nos quieren bien conchabaditos y con la papeleta en orden.
—Y en la provincia también —suspiró el otro.
El silencio volvió a dominar la tarde. Sin decir nada, el anfitrión se arrimó al tronco, se apoyó en él y cerró los ojos. El visitante hizo lo mismo.
Despertaron con el sol bajo. Tiraron tierra al fogón, acomodaron sus cosas en los caballos y montaron.
—¿Pa’ dónde va?
—Pa’l lado donde me lleve el flete.
—Usté tiene tabaco…
—Y usté yerba.
—¡Y no nos vamos a conchabar! —dijeron casi al unísono, mientras taconeaban a los animales.
Ahora, ambos gozaban de la inmensidad de la pampa. Volvían a ser gauchos… Quién sabe por cuanto tiempo.
Texto: Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO)
Imagen: Caro Butron Avalos




