PABLO MARRERO
En la infame guerra de la Triple Alianza contra el pueblo paraguayo, muchos enrolados en el ejército argentino decidieron desertar. Algunos lo lograron, otros tantos, atrapados, se convirtieron en mano esclava del Brasil.
Cayeron con todo el peso de sus cuerpos en el claro. Rodeados de la tupida vegetación, se quedaron inmóviles, con el latido de sus corazones en las sienes. Sintieron como la tierra se les pegaba a las carnes transpiradas. Al rato, Francisco levantó la cabeza y observó la maraña verde que los envolvía. Un hilo de luz penetraba entre las ramas y caía en el centro del hueco húmedo. Tocó con un pie a su amigo.
—¿Estás bien, Cambá?
—Sin aire, pero bien.
—Los perdimos.
Se levantaron despacio y se sentaron uno frente a otro. Cambá miraba desconfiado hacia la entrada del hueco.
—¿Y los otros? ¿Los habrán agarrado?
Francisco se encogió de hombros.
—Ahora tenemos que seguir solos, chamigo —volvió a hablar Cambá—. Esta vez no nos van a agarrar.
Francisco hizo un gesto burlón.
—Nos cazaron por culpa tuya; ¿quién me manda a juntarme con…? Ningún negro se salvó de venir a esta guerra y justo a mí se me ocurre compartir un trago en la pulpería con… Ta´que soy atolondrao. La milicada nos cayó como mosca al azúcar.
Cambá sacó una bolsita con tabaco y papel. Lió un cigarro y le convidó a su amigo. Después armó uno para él y en el momento de encenderlo dudó.
—Prendé tranquilo, chamigo, nadie nos va a ver en esta cueva.
—¿Qué hacemos nosotros en esta guerra? Al lado de nuestros enemigos matando a nuestros amigos —se quejó Cambá mientras las palabras flotaban en el humo que salía de su boca.
—Por suerte de nuestros trabucos no salió ni un solo tiro.
El negro prosiguió como si no lo escuchara.
—¿Qué hacemos nosotros los correntinos al lado de los brasileños? ¡Y de Buenos Aires!
Un ruido lejano, como de una rama rompiéndose, los sobresaltó.
Agazapados se acercaron a una de las paredes de ramas y observaron hacia el monte un rato largo; una eternidad con la respiración contenida. Después se volvieron a sentar.
—Algún animal… De los tantos que hay en este infierno —comentó Francisco, mientras que con una mano espantaba la nube de mosquitos que le envolvía la cabeza.
—Los van a matar a todos; ni Solano López se va a salvar. Y se van a terminar nuestros negocios con los paraguayos y vamos a quedar ataditos de pie y mano a los porteños.
Francisco lo miró sorprendido.
—¡Ja! ¡Qué negro extraño que sos! Sabés de negocios, de política, saber leer…
—No tuve un amo tan jué perra y lo supe aprovechar. Un anciano; muy viejo y muy negro, me decía: “Compraste tu libertad, pero la única forma de ser libre de verdad es que aprendas mucho de la vida; que tu cabeza no sea oscura como tu cuero”. Y me enseñó a leer y a entender muchas cosas.
—Yo pienso que la libertad, ahorita es escapar de esta guerra mugrienta.
Las palabras de Francisco fueron ahogadas por un griterío ensordecedor de pájaros.
Se miraron sin atreverse a moverse de sus lugares. Al rato volvió el silencio.
Francisco se levantó y sacudió la ropa.
—Hay que seguir; el campamento está demasiado cerca y si nos agarran…
El ruido de las ramas golpeó en sus pechos. Los fusiles sacudieron la sorpresa y hundieron las carnes de sus barrigas. No hubo más que caminar con la cabeza gacha; atravesar el monte sin chistar, sin quejas por los mosquitos, ni por los escupitajos y patadas.
El sol del Brasil es asesino para los que trabajan en las plantaciones. Francisco y Cambá cosechan el cacao en silencio, y cada tanto miran de reojo a un negro corpulento que hace bailar el látigo en sus manos. Los amigos se acercan cuando este se aleja.
—Culpa tuya que sos negro, ahora nos tienen de esclavos.
—Hasta esta noche —le susurra Cambá.
—Hasta esta noche —le sonríe Francisco.
Texto: Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO)
Imagen: Caro Butron Avalos




