Este cuento del escritor Emilio Núñez Ferreiro fue recientemente premiado en el Concurso Literario Antonio Aliberti de San Antonio de Padua, provincia de Buenos Aires (Argentina).
VIDA DE PAPEL
Toda mi vida fue de papel: Papel de cartas enviadas a España por barco y de cartas con respuestas atrasadas, de cuadernos de hojas rayadas, de libros prestados, de revistas de historietas. Papeles para no dejar entrar al sol por las rendijas de la prefabricada.
Papeles gruesos de diplomas, de logros, papeles finos, livianos, para mandar noticias por carta de vía aérea. Papel cartulina de barajas engrasadas que disfruté con “el viejo”. Y después, papeles con los primeros versos, los del primer amor y la primera frustración.
Luego hubo papeles de trámites, de documentos, de libreta de familia, de hijos que nacen… De uno que muere. Papel glacé de Jardín de Infantes, de diplomitas, y otros con las primeras letras: “Mamá te amo”.
Papel de servilleta dobladita del Hotel aquel. Papel de un día cualquiera, encima del plato: “Pa, te dejé la comida en la heladera. Un beso, soy tuya”. Papeles de cheques emitidos y cheques rechazados, de recibos, vales, facturas… Papeles, papeles y más papeles.
Papeles con firmas que aún pesan, timbrados, sellados, con apostilla de La Haya. Papeles de escrituras, contratos, intimaciones, de impuestos, de servicios, servicios y más servicios. Y carpetas de papel para guardar todos los papeles.
Papel de pasaporte para visitar la tierra donde uno nació. Visados con ilusión a la ida y con mucha alegría a la vuelta. Decenas de papelitos traídos para atesorar recuerdos. Papelitos con apuntes para recordar una cita, un trámite, un teléfono y varios chistes que me hicieron gracia.
Codiciados papeles del Banco de la Nación Argentina de curso legal, conseguidos con sudor y algunos extranjeros para paliar inflaciones y que duraron poco. Papeles de almanaques que se van a la par de uno.
Papel higiénico, servilleta, y pañuelitos. Papel de periódicos, volantes, avisos publicitarios, afiches políticos, anuncios de espectáculos. Papeles decorativos, engalanando la casa. Fotos de los afectos de hoy y de siempre. Miles de fotos con hijos, nietos, viajes, acontecimientos y aniversarios. Papeles de mis libros preferidos. Papeles convertidos en cuentos y novelas, escritos por mí y que alimentan mi ego. Y un canasto con papeles descartados.
Papeles reveladores, de insólitos secretos, sorprendentes confesiones y esperanzadoras promesas. Un papelito de colores, acompañado de un inocente beso que me embriaga el alma: “Abu ti amo”.
Un papel de receta médica, un carnet de cobertura, una orden de internación de letras enmarañadas con diagnóstico incierto. Un papel en el tercer piso, otro en el subsuelo, otro en Rayos, otro en Análisis y otro en Administración: ¿Trajo el papel, y el otro, y el otro? ¿Y el otro?… … ¡Falta un papel!
Papeles, millones de papeles en una sola vida. Papeles que pesan más que uno, más que la consciencia. Papeles y más papeles y al final:
“Certificado de defunción”
Emilio Núñez Ferreiro



