DANIEL USTARES
Para muchos la escuela es el segundo hogar, allí pasamos largas horas, allí aprendemos y crecemos. Hasta llegamos a amarla. Algunos no lo entienden así. ¿Usted quemaría su escuela?
RUINAS (*)
De pronto la radio dio la noticia, una simple noticia más: “unos vándalos incendiaron el Instituto Superior de Informática de Puerto Piray en horas de la madrugada…”
No pude seguir escuchando. Creo que el locutor dijo algo así como “reducido a cenizas”, pero mis pensamientos volaban hasta mi vieja escuela.
Corriendo llamé por teléfono a una compañera, y con lo que me quedaba de voz pregunté sin saludar:
-¿Es cierto?. Y del otro lado una voz irreconocible y también quebrada me respondió:
-¡Si, es cierto! Y colgó.
Veinte kilómetros me separan de Puerto Piray, parecieron doscientos o tal vez dos mil, fue el viaje mas largo de mi vida.
Al llegar pude percibir un inconfundible olor a madera quemada, un penetrante olor a ceniza. Y en el alma olor a tiza, borrador y recuerdos.
Sólo había oscuridad en las paredes calcinadas de las aulas destruidas, oscuridad en mis pensamientos; oscuridad en el corazón de los que la quemaron y también en el mío.
Caminé entre los escombros sintiendo crujir bajo mis pies los recuerdos. El olor inconfundible subió por los zapatos, se deslizó entre mis ropas hasta invadir mis sentidos.
Miré a través de una ventana ausente y pude adivinar el rostro de Mirna, Fredy, Ángel, Estela y también el mío y el de Darío, Hugo, Bruno y Timo dando clases. Como una película inerte pasaron ante mis ojos los rostros queridos de tantos compañeros y profesores.
Me senté en el umbral donde antes estuvo la puerta de mi aula; con la mirada perdida durante algunos segundos, o minutos, o tal vez fueron horas.
Escuché a Fabián y a Cristina tomando lista.
Cuando levanté la vista me encontré con una máscara detrás de esa barba amiga: era el rostro del director, con los ojos bañados en bronca, odio e impotencia.
-¿Viste?. Me dijo y se llenó de silencio.
Lo miré, como se mira a un padre que perdió al hijo mas querido, sin encontrar palabras oportunas, pues no las hay.
También yo quedé en silencio; después, muy lentamente, casi contando los pasos, salí con una carga pesada sobre el hombro, salí destruido, abatido, sin entender porqué.
Sería tal vez una mala nota o un aplazo, o algún amor mal pagado, o tal vez alguien que quiso ingresar y no pudo. Sea cual fuere la razón es sin razón, no existe nada en el mundo que pueda justificar esta acción.
Algunos dicen que es un problema político. Preguntemos a los niños que cursan los primeros años qué hicieron en política, o a los de EGB o a nosotros mismos, alumnos de nivel terciario. Nada hay de política en nuestras aulas.
Al pasar cerca de un grupo de profesores, escuché una voz que no pude distinguir, una voz desfigurada por la rabia, decir lenta pero firmemente:
-¡Hoy no vamos a tener clases, chamigo! ¡Pero mañana aunque sea debajo de los árboles! ¡No vamos a perder el año por unos delincuentes!.
Este debía ser mi último año, termino mi carrera y me voy. Pero qué me voy a ir, ahora más que nunca debo estar con mis compañeros. ¡Hasta que no se reconstruya la escuela, y la volvamos a inaugurar, no me voy!.
Salí con la mirada perdida detrás de las grandes gotas que caían. ¿Estaba lloviendo?. Mi estado de casi inconciencia no me permitía distinguir la lluvia propia de la del cielo.
Caminé lentamente por el viejo empedrado que tantas veces me vio pasar, pero parecía ésta la primera vez; llevaba en mí el transitorio cadáver de mis aulas, sólo transitorio, pero no por mucho tiempo.
(*) Cuento publicado en el libro “Razones” (2005)
DANIEL USTARES nació en Posadas, provincia de Misiones. Desde 1993 reside en la ciudad de Eldorado, donde integra el Grupo Literario Dementeazul.



