La capucha, gris, sin ojos para ver, sin boca para respirar, percibió el calor humano cerca de ella y, acostumbrada a lo que la habían acostumbrado, dio un salto para envolver la cabeza del hombre.

El capitán se sacudió desesperado, tiró de la tela para un lado y para el otro, hasta que logró sacársela para arrojarla lejos de él.

El capitán, pálido, agitado, tembloroso, con los dientes apretados, gotas de sudor sobre su frente, retorcijones de tripas, con la boca abierta para aspirar grandes bocanadas de aire, vio como la capucha desaparecía por un pequeño ventiluz.

Por primera vez en su existencia oscura de capucha, sintió la tibia caricia del sol, y aunque no tenía cerebro para pensar, cada milímetro de su cuerpo de tela percibió que le gustaba mucho más la luz que la oscuridad. Por eso se dejó arrastrar por un remolino de viento, hasta que supo ponerse como una vela y aprovechar el impulso para levantar vuelo.

Al aterrizar a orillas de un riacho, quedó al lado de un hombre de cara arrugada y barba tupida, que cocinaba algo en un tacho de lata. Al verla, el vagabundo no se preguntó cómo había llegado: simplemente le ató entre las dos puntas de la boca un palo y la sumergió en el agua, para levantarla en un instante con dos pequeños peces saltarines. Al rato, mientras el anciano terminaba de cocinar sus presas, decidió marcharse: los eléctricos movimientos de los peces en su interior, la volvían a su historia de capucha.

Una corriente de aire la alejó del lugar y la llevó a un campo florido, donde varios niños correteaban. Uno de ellos la vio, sacó una rama de un árbol y abriéndole la boca se la colocó. El chico cazó abejas y mariposas hasta que al fin se aburrió y la dejó tirada en el suelo.

Ella, nuevamente levantó vuelo, porque el aleteo desesperado de las abejas y las mariposas en su interior, la volvían a su historia de capucha.

Poco después, descendió en un campo pelado donde varios conos de tela, flameaban al viento. Cada tanto, el rugir de un avión la estremecía. Decidió probar suerte y transformarse en una manga, para ser igual que sus compañeras coloridas. Así, se aferró a la punta de un palo y embolsó una ráfaga de viento que la puso gorda como un globo. No tenía agujero de salida como las mangas y por eso abandonó el lugar al sentir ese soplido del viento como una respiración desesperada.

Todo la volvía a su historia de capucha.

Cansada y decepcionada por la infructuosa metamorfosis, fue a parar al patio de una casa donde un niño jugaba con su perro. El chico la levantó y la llevó al lado de un árbol. Luego, tomó al animal en sus brazos para acostarlo sobre ella.

— Acá tenés, Rufo, para que duermas calentito — le dijo.

Ella sintió el calor del cachorro sobre su cuerpo y no quiso levantar más vuelo. Disfrutaba en las tardes soleadas, de los ladridos, las risas y los gritos y, aunque le dolía cuando el niño y el perro se aferraban a ella para tirar cada uno para su lado, nunca se quejó, porque de ese juego le habían quedado tres agujeros sobre su cuerpo… Ahora, tenía ojos para ver y boca para respirar…

Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO)

Imagen: Caro Butron Avalos

El Eco de las Palabras es una nueva sección que inauguramos y que recogerá cuentos, relatos y poemas de diversos autores y autoras.