El domingo 25 de octubre se llevó a cabo la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil. El escenario era complejo para Luiz Inácio Lula da Silva: había quedado segundo en la primera vuelta, con casi dos puntos porcentuales menos que su adversario, Flávio Bolsonaro. Desde Brasil, Lucrecia Fernández para Red Eco Alternativo
(Lucrecia Fernández para Red Eco) Brasil – Sin embargo, el pueblo brasileño hizo historia. Lula revirtió el resultado y obtuvo el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de Bolsonaro. Una diferencia de 3,58 puntos porcentuales que le permitió acceder a su cuarto mandato presidencial, en una elección que rompió una tendencia histórica de casi cuatro décadas.
El resultado fue más que una victoria electoral. En las calles, en las redes sociales y en las urnas, millones de brasileños participaron de una disputa que excedió los nombres de los candidatos: estaba en juego el modelo político de país y su lugar en América Latina. Pero una remontada de estas características no se construye en soledad. Reducir la figura de Lula sería dejar afuera uno de los aspectos más significativos de esta elección: la movilización popular que se desplegó durante las semanas previas al balotaje.
Un logro histórico: dar vuelta la estadística
Los números permiten dimensionar la magnitud de la remontada. En la primera vuelta, celebrada el 4 de octubre, Flávio Bolsonaro había obtenido el 47,03 % de los votos válidos, frente al 45,16 % de Lula. La diferencia era de 1,87 puntos porcentuales, equivalente a más de 2,2 millones de votos.
Tres semanas después, el resultado se invirtió. Lula alcanzó el 51,79 % y Bolsonaro quedó en el 48,21 %. El presidente reelecto no solo recuperó la diferencia inicial: terminó imponiéndose por más de cuatro millones de votos.
La relevancia histórica es indiscutible. Desde el retorno de las elecciones presidenciales directas en 1989, ningún candidato que hubiera terminado segundo en la primera vuelta había conseguido ganar el balotaje. Lula se convirtió en el primero en lograrlo.
Pero una remontada de estas características no se construye en soledad. Y reducirla a la figura de Lula sería dejar afuera uno de los aspectos más significativos de esta elección: que el pueblo brasilero se movilizó en las calles desde que se conoció que el 25 de octubre habría segunda vuelta.
Unidos frente al horror
El pueblo brasileño salió a las calles con banderas, remeras, carteles y consignas. Personas de distintas edades, sectores sociales y expresiones de género se hicieron presentes en los espacios públicos, manifestaron su apoyo a Lula y expresaron, al mismo tiempo, su rechazo a lo que representaba la candidatura de Bolsonaro.
La movilización tuvo una dimensión que excedió los actos partidarios. Hubo quienes organizaron concentraciones, quienes compartieron mensajes en las redes sociales, quienes impulsaron campañas digitales y quienes buscaron convencer a familiares, amigos y vecinos de la importancia de acudir a las urnas. La elección se convirtió en una conversación colectiva que atravesó la vida cotidiana.

En ese escenario, el voto dejó de ser únicamente una adhesión a un candidato para convertirse, también, en una forma de expresar qué país no se quería.
No se trataba simplemente de una disputa binaria entre Lula y Bolsonaro. Para una parte de quienes se movilizaron, la elección representaba la posibilidad de poner un límite al avance de una derecha que identificaban con el retroceso de derechos, el cuestionamiento de las políticas sociales, el racismo, la violencia contra las mujeres y los ataques a la educación y la salud públicas.
La consigna de no permitir el regreso del bolsonarismo funcionó como un punto de encuentro entre sectores que no necesariamente compartían todas sus posiciones políticas. La defensa de la democracia, de los derechos conquistados y de la soberanía nacional fue capaz de articular demandas diversas alrededor de un objetivo común.
El sur de Brasil: salir a la calle donde parecía imposible
El sur de Brasil fue uno de los territorios más desafiantes para la campaña de Lula. En estados como Santa Catarina y Paraná, Flávio Bolsonaro había conseguido ventajas importantes en la primera vuelta. Sin embargo, esa correlación electoral no impidió que sectores de la población salieran a las calles para expresar su apoyo al presidente Lula y defender el proyecto político que representaba.
La movilización tuvo un valor particular en una región donde el bolsonarismo conserva una presencia significativa. Las concentraciones, las caminatas y los actos buscaron disputar el espacio público y demostrar que el respaldo a Lula también existía allí donde los resultados electorales favorecían ampliamente a la derecha.
No se trató solamente de exhibir banderas partidarias. Fue también una manera de romper con la idea de que determinados territorios tienen un dueño político, de que algunas voces deben permanecer en silencio o de que el resultado de una elección está decidido antes de que se abran las urnas.
El sur brasileño mostró que una región puede tener una orientación electoral predominante sin que eso signifique que toda su población piense igual. Allí también hubo trabajadores, estudiantes, jubilados, mujeres, jóvenes y familias dispuestos a ocupar las calles y a expresar públicamente su posición.
En ese contexto, la movilización adquirió un significado que excedía la campaña: demostrar que la disputa democrática no se abandona precisamente en aquellos lugares donde resulta más difícil darla.
Frente a la violencia política, alegría y resistencia
La campaña también estuvo atravesada por episodios de violencia que expusieron el grado de confrontación política alcanzado en Brasil. En los días previos al balotaje se registraron ataques, agresiones y hechos de intolerancia vinculados a la disputa electoral.
En Minas Gerais, la concejala del Partido de los Trabajadores Iara Pimentel fue alcanzada por una piedra durante una caravana en apoyo a Lula. En Río de Janeiro, durante un acto de apoyo a Flávio Bolsonaro, un militante bolsonarista blanco fue filmado conduciendo a un hombre negro encadenado. El Ministerio de Igualdad Racial solicitó que el episodio fuera investigado como un posible delito de racismo. También se registraron episodios de intolerancia religiosa en actos de campaña.
A estos hechos se sumaron otras agresiones e incidentes durante la jornada electoral. En São Paulo, una mujer fue apuñalada en un episodio en el que un hombre habría gritado consignas de apoyo a Bolsonaro antes de atacar a una pareja de mujeres lesbianas. Las autoridades investigaban las posibles motivaciones políticas y homofóbicas del ataque.
Los sectores bolsonaristas que recurrieron a la intimidación, las agresiones y las expresiones de odio contribuyeron a profundizar un clima de hostilidad que excedió las diferencias programáticas. La presencia de armas en episodios de confrontación, las amenazas y las agresiones físicas mostraron los riesgos que puede adquirir una disputa política cuando el adversario deja de ser reconocido como parte legítima de la democracia.
Frente a ese escenario, una de las imágenes más significativas de la campaña fue la de las calles tomadas por el color, la música, las banderas y la celebración colectiva. Mientras la confrontación política también se expresaba a través de la violencia, miles de personas eligieron manifestarse con alegría, abrazos, consignas y fiestas populares.
No era ingenuidad frente al conflicto. Era otra manera de enfrentarlo: salir a la calle, ocupar el espacio público y mostrar que la participación democrática podía expresarse sin convertir al adversario en un enemigo al que había que destruir.
La alegría también fue una forma de resistencia. Las remeras rojas, las banderas, los carteles y las canciones convirtieron las movilizaciones en espacios de encuentro para personas que, más allá de sus diferencias, compartían el rechazo a la violencia política y el temor a un retroceso de derechos.
En esas imágenes se condensó una parte del sentido de la elección: no solo la defensa de una candidatura, sino la voluntad de disputar el futuro sin renunciar a la convivencia democrática. Frente al odio, la respuesta fue la organización; frente a la intimidación, la presencia en las calles; frente al intento de convertir la política en una guerra permanente, la celebración colectiva como expresión de esperanza y resistencia.
La movilización digital: diez millones en WhatsApp
La dimensión de la participación popular no puede comprenderse sin observar lo que ocurrió en el terreno digital. Durante la campaña, las redes sociales y los servicios de mensajería se convirtieron en espacios centrales de circulación de información, organización y disputa política.
Uno de los protagonistas de esa estrategia fue el diputado federal André Janones, representante de Minas Gerais, quien impulsó el canal de WhatsApp Exército do Lula (Ejército de Lula). Según informó la Agencia Brasil, el espacio reunió a más de diez millones de personas en la recta final de la segunda vuelta.
Anoche, durante su discurso de victoria, Lula agradeció expresamente a Janones y reconoció su papel en la campaña:
«Quiero agradecer a este compañero, a nuestro Janones, que tuvo un papel fundamental desde el inicio de esta campaña para levantar diariamente, por la mañana, por la tarde y por la noche, la moral de nuestra tropa».
El reconocimiento no fue menor. En una elección atravesada por la disputa en las calles y en las plataformas digitales, llena de denuncias de que Meta modificara sus algoritmos para favorecer a Favio Bolsonaro, y bloqueo las cuentas publicitarias a días de la segunda vuelta, la organización y la circulación de mensajes formaron parte de una estrategia colectiva para disputar el sentido de la campaña y movilizar a quienes todavía no habían decidido participar.
La magnitud del fenómeno también se reflejó en las interacciones digitales. Según datos de la empresa de análisis Bites citados por Associated Press, durante la segunda vuelta las cuentas de Lula registraron alrededor de 111 millones de interacciones, frente a 31 millones de las de Bolsonaro.
El discurso de la victoria: un logro colectivo
En su discurso tras conocerse los resultados, Lula destacó el nivel de participación electoral y agradeció a quienes hicieron posible la campaña.
«Tuvimos el menor número de abstenciones en la historia de este país», afirmó, antes de agradecer a los coordinadores de la campaña y a los partidos que integraron la alianza electoral.
También reconoció la participación de la juventud brasileña, a la que agradeció por haber salido a las calles para defender la democracia. Sus palabras reforzaron una idea que atravesó la campaña: el resultado no podía atribuirse exclusivamente a un dirigente ni a un partido, sino que era fruto de un esfuerzo compartido.

Lula reivindicó además sus orígenes como trabajador metalúrgico y su trayectoria política, al destacar que era el primer presidente brasileño sin título universitario en haber sido elegido cuatro veces por la vía democrática.
En otro tramo, se refirió al respeto hacia las mujeres y la libertad religiosa, y prometió que las mujeres serían tratadas con mucho más respeto y que todas las religiones serían respetadas en igualdad de condiciones.
La victoria abre ahora una nueva etapa. Las expectativas generadas durante la campaña deberán traducirse en políticas concretas, en un contexto en el que persisten demandas sociales, dificultades económicas y una fuerte presencia de sectores conservadores en las instituciones.
Milei, Bolsonaro y una disputa que atraviesa América Latina
La elección brasileña también tiene una lectura regional. El discurso político de Flávio Bolsonaro comparte elementos centrales con el de su padre, Jair Bolsonaro, y con el del presidente argentino Javier Milei: una fuerte confrontación con la izquierda, críticas al Estado y a las políticas sociales, discursos de odio hacia las mujeres y las disidencias, expresiones de racismo extremo, posiciones conservadoras en cuestiones culturales y una retórica que presenta a sus adversarios como responsables de una crisis nacional.
Las diferencias entre ambos países y sus proyectos económicos no deben perderse de vista. Sin embargo, existen afinidades políticas y discursivas que permiten analizar estos liderazgos como parte de una corriente regional de derecha radical, aunque no sean fenómenos idénticos.
En ese marco, la victoria de Lula puede leerse como un límite a la expansión de esa corriente. Para los sectores que rechazan las políticas de Milei y Bolsonaro, el resultado brasileño representa la posibilidad de que la orientación política de América Latina no esté definida de antemano.
La Argentina actual forma parte de esa discusión. Las políticas de ajuste, la reducción del gasto público y los conflictos en torno a derechos sociales y laborales constituyen referencias concretas para quienes observan con preocupación la posibilidad de que otros países sigan un camino similar. Desde esa perspectiva, el voto brasileño también puede interpretarse como una advertencia: los cambios económicos y culturales impulsados desde el poder no cuentan necesariamente con un respaldo social incondicional.
Pero la elección no autoriza a afirmar que todo el pueblo brasileño rechazó el mismo programa por las mismas razones. Lo que demuestra es que, aun con una sociedad profundamente dividida, una movilización amplia pudo inclinar el resultado en favor de Lula.
La importancia estratégica de Brasil y la presión de Estados Unidos
La dimensión geopolítica de la elección tampoco es menor. Brasil es la mayor economía de América Latina, integra los BRICS, mantiene vínculos económicos relevantes con China y ocupa un lugar central en los debates sobre el clima, la Amazonía y la autonomía estratégica de la región.
Una victoria de Bolsonaro habría acercado al país a la agenda de Donald Trump, con quien el bolsonarismo mantiene afinidades políticas. La continuidad de Lula, en cambio, preserva una política exterior que reivindica la autonomía brasileña y busca mantener relaciones con distintas potencias.
La tensión con Washington ya tiene antecedentes concretos. Durante el mandato de Lula, Estados Unidos aplicó aranceles a productos brasileños y adoptó medidas de presión vinculadas a la disputa política y judicial alrededor del bolsonarismo. También existen diferencias sobre la cooperación en materia de seguridad, el control de los recursos estratégicos y el papel de Brasil en el escenario internacional.
Por eso, el resultado electoral puede abrir una nueva etapa de fricciones diplomáticas y económicas. No es posible anticipar qué medidas adoptará la administración estadounidense en los próximos días, pero sí identificar los terrenos en los que podrían profundizar las tensiones: comercio, seguridad, minerales críticos y la relación de Brasil con China y los BRICS.
La elección brasileña, por lo tanto, no solo define quién ocupará la presidencia. También incide en el equilibrio regional y en la capacidad de los países latinoamericanos para sostener políticas exteriores independientes.
Imagenes: Ricardo Stuckert




