Desde Marruecos y bajando por la cornisa atlántica hasta Ciudad del Cabo (Sudáfrica) o, tal vez, desde las costas mozambicanas hasta las somalíes. Desde Mombasa (Kenia) hasta algún lugar aislado de la República Democrática del Congo. Una de las apreciaciones de cualquier persona que viaja por el continente africano es que, cuando cae la luz del sol, la penumbra es más bien generalizada.

(Sebastián Ruiz – Pueblos) África – Linternas de fabricación china, lámparas de queroseno o móviles sirven de alumbrado público, sobre todo en las zonas rurales, aunque ahora, también, multitud de placas solares pueblan los techos de chapa de muchas aldeas aisladas.
Hoy en día dos tercios de la población viven sin electricidad en África, o, lo que es lo mismo, 621 millones de personas. Y las cifras van en aumento. Una caldera hierve dos veces al día en Alemania y utiliza cinco veces más electricidad de la que pueda utilizar una persona en un año en Mali. Otro ejemplo revelador: Nigeria, con un 27 por ciento, es el mayor exportador de petróleo del continente (Argelia, 21 por ciento; Libia, 17 por ciento), pero 93 millones de habitantes dependen de la leña y el carbón vegetal para obtener calor y luz. Con las tendencias actuales no hay ninguna posibilidad de que África llegue a la meta mundial que se propuso la ONU para el 2030 de asegurar el acceso universal a servicios energéticos modernos.
A diferencia de las sequías, las epidemias y el analfabetismo, la crisis energética del continente africano rara vez es noticia. Y los costos sociales, económicos y humanos son devastadores: una electricidad inadecuada y poco fiable socava la inversión; los gases tóxicos liberados por la quema de leña y estiércol matan a 600.000 personas al año, la mitad de ellos niños y niñas; muchos hospitales se ven boicoteados por los incesantes cortes de luz que afectan a los equipos médicos de salud; algunas empresas en Tanzania y Ghana están perdiendo el 15 por ciento del valor de las ventas como consecuencia de la energía intermitente de la que disponen; la mayoría de las y los escolares de África asiste a clases donde no tiene acceso a la electricidad (de hecho, el porcentaje que sufre esta situación alcanza un 80 por ciento en Burkina Faso, Camerún, Malawi y Níger).
El Sol, una de las mejores medicinas (políticas)
El África al sur del Sahara tiene algunas de las fuentes de energía renovables más abundantes y menos explotadas del mundo, especialmente la energía solar. Con el hundimiento del precio de los paneles solares, el sector público y el privado pueden conectar a millones de familias empobrecidas, alejadas y a una escala asequible con una fuente de energía libre y limpia.
El último informe de Africa Progress Panel para 2015 calcula que 138 millones de hogares que viven con menos de 2,50 dólares al día gastan un total de diez mil millones al año en productos relacionados con la energía, incluyendo carbón, velas y queroseno. Si hablamos de coste por unidad, estos hogares empobrecidos pagan entre 60 y 80 veces más de energía que las personas que viven en Londres o Manhattan. Parece que con la energía solar se podrían reducir estos costos, liberando recursos familiares para la inversión productiva, la salud y la educación, reduciendo la pobreza y aumentando la esperanza de vida.
Sin embargo, el apoyo para el desarrollo de las energías renovables a gran escala no es sólo una moda africana. Es, junto con el decrecimiento, la propuesta más inteligente en materia de cambio climático: producir menos y mejor cambiando los hábitos. Uno de los síntomas de la pobreza energética en el continente africano es la desforestación con la finalidad de producir carbón vegetal para el aumento de la población urbana. Y menos árboles significa pérdida de sumideros de carbono vitales.
¿Es imposible un cambio tan drástico? Bangladesh ha instalado más de 3,5 millones de sistemas de energía solar y la cifra se duplicará en los próximos años.
Después de los casi 150 años que hace que Edison desarrollara la bombilla, es hora de despertar una revolución energética africana, pero anteponiendo los intereses de la población. Parece que hay financiamiento y tecnología para hacerlo, así que la patata caliente recaerá en la gestión adecuada de las políticas públicas de los diferentes gobiernos para alcanzar un objetivo de responsabilidad social: energía barata, limpia y fiable.