CECILIA RESTIFO Es profesora de Grado Universitario en Lengua y Literatura (UNCuyo). Ha participado intensamente en diversos proyectos literarios como la revista “Molinos de viento” y “Ulyses”. Además dirigió el suplemento poético “La Voz”. Mientras ejerce la docencia a nivel secundario y terciario, colabora con sus críticas en el Diario UNO de Mendoza. En 2004 publicó La cicatriz del silencio, su primer poemario, en la Colección de Poesía Desierta de la editorial Libros de Piedra Infinita.
Lavanda
—Canción de cuna,
abrazo arrugado de tiempo,
cadencia de infancia—.
Con el tiempo a tu favor
encontrabas la forma de encantar la tristeza,
destejiendo tu canto me soñabas un mundo
que tus manos perpetuas tallaron en mi memoria,
acunada en tus brazos escapaba al castillo
donde mi largo pelo esperaba al amor.
Abrías para mí tu caja con tesoros
llenándome los labios de conjuros secretos,
asomada a tu hamaca bordabas los recuerdos
traídos del murmullo que dejó tu juventud,
inventabas estrellas con sus hilos de plata
que mis ojos seguían para calmar la pena,
presentías siempre mis pasos de insomne
arrullando mi miedo con tus huellas.
Entras como el viento que sigue a la lluvia
trayendo las respuestas
a mi casa de niña,
invades con tu aroma
el tiempo de mis juegos,
hechicera del país de Sherezade,
déjame contarte ahora
la historia
que dejaste inconclusa.
Madreselva
—Surco que no cesa,
lumbre de amparo nocturno
manos que hablan de mí—
Mi sueño fue antiguo, en él andabas
descalza con ese vestido azul
lleno de pétalos de infancia,
tenías el pelo corto como cuando eras feliz,
y yo desde lejos podía sentir tu risa,
me hablabas a los gritos de las flores amarillas
que húmedas en tu mano
ahogaban de luz a la mañana.
Pero el viento deshizo los muros
y poco a poco
me entregaste las palabras. Muerta de frío
corro por este pasillo, busco las puertas
camino probando las llaves de tu pena.
“No me importó”, dijiste
y yo me volví ceniza al escucharte
dejé mi cabeza apoyada en tu hombro
sin buscar palabras. “Entonces,
el amor no fue tu anhelo” pregunté,
y mi esperanza
brotó como agua nueva.”No recuerdo
qué es soñar” susurraste
volviendo tu cara a la tarde,
mientras en el marco natural de la ventana
un pájaro negro venía a despedirnos.
El camino angosto
despedía el olor de la tristeza,
vamos abrazadas mirando la noche
sin hablar. “No me sueltes ”suplicaste,
“Claro que no, ahora soy yo
la que debe arropar tu cama”.
Azahar
—Muñeca de tela nocturna,
tiza que arrima la esperanza,
juego que abre el juego—.
Despierta, te veo sentada
leyendo las palabras
que cubren los enigmas
de mis nueve años,
saliste de la caja de colores
sin sombrero y sin disfraz,
venías de mis sueños
para mutar mis tardes en asombro,
tu risa escarchaba el miedo
y tu voz, aleteo de hada madrina,
traía a mis ojos la vuelta al mundo
que nunca acaba.
Erre con erre guitarra,
erre con erre carril. Dejaste
andar las ruedas
para buscar las respuestas
para abrir las puertas,
dejaste que la elección tuviera alas
sin nudos, sin atender al juego,
entre las hojas de mi cuaderno azul
has copiado la tarea.
Y al pájaro
por fin
pude dibujarle
las alas.