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Hoy la Bodega les presenta
al gran poeta y escritor
Luis Leopoldo Franco
bodega

 


Boletín cultural de la Red ECO Alternativo

4 de mayo de 2008 – Año Vlll – Número 77

Bodegueros a cargo: Carlos Carbone y Pablo Marrero

Diseño e imágenes: Carolina Butron Avalos


*El siguiente trabajo ha sido realizado para la Bodega por la escritora Analía Pascaner.

Hoy la Bodega les presenta
al gran poeta y escritor
Luis Leopoldo Franco

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“Soy nacido
y
criado
en
una aldea…”

Su vida

Nació en Belén, Catamarca, el 15 de noviembre de 1898. Hijo de Luis Antonio Franco y de Balbina Acosta de Franco.

Poco antes de terminar la escuela primaria, su familia se trasladó a la capital de la provincia para que sus hermanos mayores y él realicen los estudios secundarios. Se destacó como alumno en el Colegio Nacional. A la par satisfacía su curiosidad de vida y de mundo a través de los libros. Sus compañeros recordaban que en las jugadas de fútbol guardaba el arco ojeando un libro cuando la pelota estaba lejos; curioseaba o estudiaba cosas que no figuraban en los programas de estudio ni siquiera en la cabeza de los profesores. Para liberarse del colegio, dio los dos últimos cursos en un año y volvió a Belén.

Al año siguiente (1918) ganó el Premio de Honor en el certamen literario “Juegos Florales”, presidido por Jaimes Freyre, con su Oda Primaveral. La prensa del país y la popular revista Caras y Caretas comentaron ese pintoresco episodio ya que, llegado el día en que se entregaban los premios y sin tener noticias del ignoto escritor, éste se presentó, acompañado de un peón, habiendo viajado en lomo de mula durante dos días a la ciudad de Tucumán, para recibir la distinción.

Hizo el servicio militar en Buenos Aires, durante el cual pasó gran parte del tiempo en el calabozo a causa de su temperamento. Inició la carrera de Derecho, la cual abandonó en el segundo año cuando advirtió “su escasísima fe en las verdades universitarias” e intuyó su incompatibilidad total con la jurisprudencia.

Si bien la vida en el campo le proporcionaba la paz para poder leer y estudiar, y la posibilidad de trabajar en forma independiente, a veces necesitaba buscar información en bibliotecas y librerías, por lo que durante varios años alternó entre el ajetreo de la ciudad y la vida campesina. En Buenos Aires trabajaba en la Biblioteca Nacional del Maestro, empleo que, al decir de Franco, le proporcionaba “una situación muy modesta pero cómoda, con bastante tiempo libre”.

¿Cómo se ganaba la vida en Belén? Como labrador de una finca donde combinaba el cultivo de cereales y pastos con el de la vid. Ahí hacía de patrón, capataz y peón a la vez; de herrero, carpintero y talabartero cuando era necesario. Durante décadas trabajó la tierra, desmontando, nivelando y cultivando alfalfa, vid y conformando una granja.

Sufrió varias veces la cárcel por defender el agua de riego, respaldando a los labriegos y por ser considerado enemigo del gobierno y de la sociedad.

Daniel Chirom, en una entrevista editada en el semanario “El periodista de Buenos Aires”, en noviembre de 1985 (Luis Franco contaba con 87 años), lo retrata así:

“Un anciano alto, erguido, de contextura robusta… miro sus ojos profundos enmarcados por cejas selváticas. Su rostro está tallado. Es uno de esos hombres privilegiados para los que la vida no ha pasado en vano…”. En esta entrevista se le pregunta porqué no aceptó ser miembro de la Academia Argentina de Letras, a lo que don Luis respondió “que no me veía como miembro de una corporación en la que tuviera que consonar con ciertos modos de ver que diferían de los míos y que por ser míos, los prefería a los ajenos”.

Al referirse al Gran Premio de Honor de la SADE, recibido en 1984, dice: “Tuve que aceptarlo, ya me daba vergüenza negarme. Mis amigos insistían tanto. Lo mismo sucedió con el Gran Premio de Honor de la Fundación para la Poesía”.

Para conocerlo más profundamente tal vez nos ayuden las palabras con que introduce su libro “América inicial” (1931), que titula Autobiografía:

Yo, señor, rasgado de ojos y de corazón, limpio de conciencia y de ahorros, de suerte oscura y risa clara, nací y vivo en un lugar tan huido -betlehemita soy- que amagando juntarse en él los rieles (¿las paralelas no se juntan en el infinito?) el tren no ha podido acercarse.

Mi infancia me parece ahora cosa de prodigio. Sin embargo, cuando niño, tendía con avidez de tentáculo a la todopoderosidad de ser hombre.

La escuela se me ocurrió entonces un invento de fastidio técnico. (No he variado excesivamente de opinión). En el colegio me aburrí tan descaradamente como un león de jardín zoológico. También en la facultad de derecho. También en el cuartel de artillería. (De ahí sin duda mis mejores defectos: mi vocación de soledad, tan chúcara; mi cargosa sospecha en la incompatibilidad entre un profesor y un hombre de espíritu; mi entusiasta desapego por toda disciplina, como no sea la que uno mismo se impone, o si se quiere, por toda librea, sea de gendarme o de embajador).

La vida blanca y roja (no un negocio sino una aventura mágica, la vida) es mi mayor tentación, pero la palabra y aun el pensamiento, tienen la privanza de mis horas tiradas en buscar un arte de tempestad y melodía.

Soy hombre, y nada del cuerpo y del alma de la mujer puede serme indiferente.

Creo que alguno me sospechó griego -acaso por la risa, aunque tengo sonrisa muy actual-. Otro no más que turco. ¿Acaso porque soy polígamo de ideas y creo mejor el gozar de todas que entregarme ciegamente a ninguna?

¿Religión? Soy un impío capaz de escuchar devotamente por horas una cigarra, pitonisa del sol. Soy un ateo calado hasta el hueso de supersticiones de lo divino. (¿Para qué decir que la ignorancia cerrada de la tecnología figura entre mis grandes erudiciones y que malicio más ciencia de Dios en una calandria que en la Summa?).

Algún tiempo me fastidié lo más confortablemente posible en las ciudades donde los hombres impiden ver al hombre. Pero el campo me sobornó otra vez con los pájaros chismosos del cielo; sus árboles llenos de meditación y de frescura, oh; su viento, mi profesor de gimnasia y de filosofía.

La alegría -gay vivir- es mi culto, a mayor título, que suelen salirme al camino, como al que más, esas horas de desencanto eclesiástico en que nuestras ilusiones amagan cariarse a la par de nuestras muelas.

No sé si tres o cuatro mil plantas puestas por mi mano me autorizan el título del plantador. Mas conste de que no tengo otro, aunque soy argentino.

Una junta de escopetas, otra de perros, un pavo real, que imanta todas las miradas, y una yegua lujosa de ímpetu como un ditirambo, agotan el censo de mis bienes.

Pero no quiero jactarme de mi pobreza, aunque es mi único orgullo.

Diablo horro de diversiones, suelo hallarlas en algunas solemnidades acreditadas: en los charlatanes aforrados de taciturnos, en los retardados mentales con cátedra de zahorismo, en los que por tener casi todo no son casi nada, en los que por no perder el tiempo pierden de vivir.

A veces pienso que debí nacer pastor o rey.

A veces sueño ser un hombre de hierro o de música.

Pero ya he dicho que no creo casi en nada. Tal vez en la frivolidad maravillosamente trágica del amor. Tal vez en cualquier ídolo, Goethe, por ejemplo, o Whitman.

Y eso fue todo.

Fue justamente su ateísmo y su carácter intransigente lo que le valió la censura y la falta de reconocimiento de sus contemporáneos locales. Y también que se lo identificara con el comunismo y el anarquismo. Franco rechazaba esta categorización considerando que siente “una repugnancia orgánica por los ismos en política como en literatura”, más allá que simpatice en algunos aspectos con los movimientos antes mencionados.

Murió el 1 de junio de 1988, próximo a cumplir sus 90 años en un asilo de ancianos de Ciudadela (Buenos Aires), donde transcurrió los últimos años, sobrellevando la soledad y la pobreza.

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“La literatura, espejo vivo del hombre”

 

Su obra

No puede dejar de resultar sorprendente su amplitud de conocimientos sobre muy variados temas, y que haya volcado toda esa información, analizada, interpretada y recreada en medio centenar de obras, convirtiéndose en el escritor más prolifero y representativo de la provincia.

¿Cuáles son los temas que más impresionaban y preocupaban a este catamarqueño?

Generalmente se habla de Luis Franco como de un escritor panteísta, dicho esto en relación a Pan, el dios de los rebaños y de los pastores; el panteísmo es una concepción religiosa en que toda la naturaleza, toda la realidad es una colectividad de deidades. Esta pasión por la naturaleza lo llevó a profundizar en los misterios de los seres vivos. Prueba de ello son los numerosos ensayos y relatos cuyo eje son los animales (Los hijos de Llastay, Zoología de bolsillo, Biografías Animales, etc.) y las plantas (Nuestro padre, el árbol).

Y dentro de este pensamiento figura su concepción del hombre, como “un hijo natural de la zoología, legitimado por la historia”. Así dice: “Es obvio que corporalmente su equipo era inferior al de cualquier otro hijo de la zoología… ¿no cabe destacar que esa inferioridad física externa justamente obró como un profundo acicate sobre su sistema nervioso llevando a su cerebro a la más temible capacidad para equilibrar la desventaja?”.

Fruto de sus indagaciones sobre la naturaleza humana, considerando la “venerable dignidad de la función genésica y la perfecta equivalencia de ambos sexos”, es el ensayo La hembra humana. En esta obra Franco profundiza la problemática de la liberación sexual y social de la mujer, analizándola desde los más diversos puntos de vista.

Su interés por la historia, tanto nacional como universal, la filosofía y las religiones lo motivó a escribir numerosos ensayos, como lo certifican los títulos de su obra. Se destacan los ensayos biográficos sobre personalidades a las que Franco admiraba (Walt Whitman, Hudson a caballo, Domingo F. Sarmiento, Sarmiento y Martí, El general Paz y los dos caudillajes) o rechazaba (Rosas entre anécdotas, De Rosas a Mitre, El otro Rosas).

Obras del autor

Verso

1. La flauta de caña – Ediciones América, Bs. As. 1920.

2. Coplas – Bs. As. 1921.

3. Libro del gay vivir – Ediciones Babel, Bs. As. 1923.

4. Coplas del pueblo 1920-1926 (incluye Coplas de 1921) – Ediciones Gleizer, Bs. As. 1927.

5. Nuevo Mundo – Ediciones Gleizer, Bs. As. 1927.

6. Los trabajos y los días – Ediciones Babel, Bs. As. 1928.

7. Nocturnos – Ediciones Babel, Bs. As. 1932.

8. Suma 1927-1937 – Ediciones Perseo, Bs. As. 1938.

9. Catamarca en cielo y tierra – Ediciones Kraft, Bs. As. 1944.

10. Pan 1937-1947 – Ediciones Suma, Bs. As. 1948.

11. Constelación – Editorial Stilcograf, Bs. As. 1959.

12. El corazón de la guitarra, carpeta con dibujos de Ricardo Carpani, Bs. As. 1963.

13. Poemas, carpeta con litografías de Demetrio Urruchúa, Bs. As. 1965.

14. Poesía de Luis Franco, antología – EUDEBA, Bs. As. 1965.

15. Trotsky – Chajá, ediciones de poesía, Bs. As. 1967.

16. Guitarra (teoría y práctica de la copla) – Ed. Lagos, Bs. As. 1971.

17. Insurrección del poema – Ediciones Colihue/Hachete, Bs. As. 1979.

Prosa

1. Los hijos de Llastay (Fábulas o relatos de animales) Bs. As. 1926.

2. América inicial – Ediciones Babel, Bs. As. 1931.

3. El general Paz y los dos caudillajes – Ediciones Anaconda, Bs. As. 1933.

4. Biografía de la guerra – Ediciones Perseo, Bs. As. 1941.

5. El Fracaso de Juan Tobal – De Nuestra Novela, 1941.

6. Walt Whitman – Ediciones Americalee, Bs. As. 1945.

7. El otro Rosas – Editorial Claridad. Bs. As. 1945.

8. Rosas entre Anécdotas – Editorial Claridad, Bs. As. 1946.

9. Biografías animales – Editorial Peuser, Bs. As. 1953.

10. Antes y después de Caseros – Editorial Reconstruir, Bs. As. 1954.

11. Hudson a caballo – Ediciones Alpe, Bs. As. 1956.

12. Biografía sacra – Editorial Reconstruir, Bs. As. 1957.

13. Sarmiento y Martí – Editorial Lautaro, Bs. As. 1958.

14. Biografía Patria – Editorial Stilcograf, Bs. As. 1958.

15. Pequeño diccionario de la desobediencia – Editorial Americalee, Bs. As. 1959.

16. Domingo F. Sarmiento (antología) – Cía. Gral. Fabril Editora, Bs. As. 1960.

17. Revisión de los griegos – Editorial Americalee, Bs. As. 1960.

18. La hembra humana – Editorial Futuro, Bs. As. 1962.

19. Prometeo ante la U.R.S.S. – Dávalos y Hernández Editores, Bs. As. 1964.

20. Espartaco en Cuba – Dávalos y Hernández Editores, Bs. As. 1965.

21. De Rosas a Mitre: medio siglo de historia argentina – Dávalos (Astral), Bs. As. 1967.

22. Los grandes caciques de la pampa – Editorial Schapire, Bs. As. 1967.

23. Sarmiento entre dos fuegos – Editorial Paidós, Bs. As. 1968.

24. Cuentos orejanos – Centro Editor de América Latina, Bs. As. 1968.

25. La Pampa habla – Editorial Schapire, Bs. As. 1968.

26. Guitarra adentro – Centro Editor de América Latina, Bs. As. 1971.

27. Rosas – Ed. Propósitos, Bs. As. 1970.

28. Lucifer. Los Museos contra el devenir – Editorial Cultural Argentina (E.C.A), Bs. As. 1972.

29. El Arca de Noé en la Plata – Ed. Lagos, Bs. As. 1973.

30. El zorro y su vecindario – Ed. Plus Ultra, Bs. As. 1976.

31. Zoología de bolsillo – Editorial Schapire, Bs. As. 1976.

32. Nuestro padre, el árbol – Edit. Colihue/Hachette, Bs. As. 1978.

33. El Presidente Illia y un libro de ocasión – Edición del autor, Bs. As. 1984.

Bibliografía consultada:

– Luis Franco – Serie Argentinos en las letras – Beatriz Correas – Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1962

– Artículo “De Belén a Tucumán” – Diario La Gaceta, 25-08-95

Entrevista “Luis Franco: la poesía y el precio de la Integridad” – El periodista de Buenos Aires, Nº 60 – 1 al 7 de noviembre de 1985.

Datos tomados de la gacetilla confeccionada por Editorial Sarquís (Catamarca), con motivo del homenaje a Luis Franco, organizado por la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Catamarca, en junio de 2006.

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TEXTOS

 

 

 

 

 

 

Trabajo y lucha de clases

Fragmento del libro Pequeño diccionario de la desobediencia, Editorial Americalee, Buenos Aires, 1959

Al erguirse sobre sus dos pies, el hombre no sólo elevó su cerebro sino que libertó sus manos: y fue la alianza del mejor órgano de conocimiento y del mejor órgano de ejecución lo que posibilitó la elaboración de herramientas con las que el hombre, al magnificar su trabajo, pudo transformar su medio ambiente, y de rebote transformarse a sí mismo.

El hombre es, pues, hijo de sus manos. Su laboriosa actividad fue su primer modo de conocer el mundo y expresarse a sí mismo: su psicología ostensible.

La apropiación privada de los bienes comunes de la tribu por una minoría de la misma dividió a la sociedad en dos clases inconciliables: la trabajadora y la parásita. ¿Comerás tu pan con el sudor de tu rostro? No; comerás el pan con el sudor del que trabaja, quien sólo comerá las migajas que tú dejes caer.

El trabajo no se desprestigió de golpe. En la Odisea el rey Ulises fabrica un catre con sus manos, y Hesíodo y Virgilio han celebrado la nobleza y belleza del trabajo humano. Pero todo cambia al instituirse la esclavitud.

(…)

Probablemente la secesión del mundo humano en dos hemisferios, el material y el espiritual, sea el resultado obligado de la secesión de la sociedad en amos y siervos. En las sociedades humanas más remotas -egipcia, sumeria- sólo el monarca y sus allegados tenían alma, o por lo menos, alma inmortal. En todas las sociedades que precedieron a la nuestra, y en la nuestra misma, la función específica de las clases sometidas -el trabajo- sigue siendo la cosa grosera y material por antonomasia.

Los moralistas de la burguesía, aunque echen mano de los métodos e ingredientes más alambicados, no podrán elaborar sino una moral de clase, cuyo adorable secreto está en que los privilegiados no la usan (los apóstoles de no matarás y no robarás matan y roban por magnitudes astronómicas) pues está hecha para idealizar la sumisión de los siervos. En una sociedad de clases la moral es mejor polizonte que la gendarmería.

Naturalmente la clase parásita es quietista ferviente, es decir, enemiga de cualquier cambio; como el sigiloso vampiro anhela que la víctima se mantenga inmóvil mientras él realiza su tarea de trasiego.

El oprimido que se resigna es el mejor colaborador del opresor. Todo lo que contribuye a dar a las masas conciencia de su servidumbre y señalarles el camino hacia la lucha liberadora es el acto más sagrado de la caridad humana, aunque la moral de tejas arriba crea lo contrario.

La violencia justa es lo único que puede oponerse a la violencia injusta. La revolución de las mayorías trabajadoras significará la expropiación de las minorías propietarias para poner a todos en posesión de la única propiedad digna del hombre: la libertad.

El signo definidor de nuestra época es la exacerbación épica de la lucha de clases: la guerra final entre la clase que representa el pasado (propiedad privada, estado, religión, policía, moral celestial, explotación del hombre) y la que representa el porvenir: la de los trabajadores que luchan, no por mejorar de clase, sino por eliminar las clases e inaugurar una sociedad sin jáquimas ni espuelas.

Porque la armadura amenaza aplastar al guerrero. La propiedad ha ido expropiando el espíritu del hombre. Después de haber vivido y crecido al amparo de la cápsula, la oruga necesita abandonarla si quiere ser mariposa o libélula y desplegar sus alas.

(…)

Isidro Sanduay (fragmento)

Del libro Cuentos orejanos, Centro Editor de América Latina, 1968

(…)

Sin pensamiento concreto y sin palabras, Sanduay sentía que era parte de la montaña o que la llevaba adentro. La piedra levantándose e invadiéndolo, sojuzgándolo todo: plantas, bestias, pájaros, hombres. La piedra reemplazando a la tierra, al cielo, a las estrellas. La montaña como un firmamento de piedra o una tormenta de piedra suspensa en acecho sobre el hombre y su suerte y amagando caer sobre ellos. La quieta violencia, la deformación y animación alucinante de la piedra en ciertos picachos o mogotes, como monstruos cargados de joroba y milenios y vaya a saber de qué designios. Las moles hinchándose como nubes y las nubes plagiando el bulto de las moles. Cementerios más muertos que los otros, en que la lava enfriada hace de loza. Y a la vuelta, en todos los rumbos, los picos con sus gorros de dormir durmiendo un sueño de eternidad.

Y el silencio de ciertos momentos, tan grave que no deja escuchar otra cosa. Un silencio tal que parece calar los huesos y la piedra misma hasta su médula de fuego, y entonces un simple susurro –un soplo de aire, la caída de un guijarrillo- sobrecoge como una blasfemia. Cuando de pronto llega el viento con sus alaridos de indiada araucana, o el trueno, que parece que estuviera echando a pique las montañas, una tras otra.

¿Y hay algo peor? Siempre puede haber algo peor, porque la escalera del horror no parece tener peldaño final.

(…)

En un principio fue el polvo (fragmento)

Del libro Cuentos orejanos, Centro Editor de América Latina, 1968

(…)

Pedro Carrasco acababa de despertar de una pesadilla sólo para entrar en otra. De veras el campo se iba pareciendo a un arrabal del infierno. La gran sequía era como un incendio reciente, del que sólo quedaban la ceniza y el resquemor. Blancos de polvo hasta las pestañas, hombres y bestias tenían algo de amortajados. Los bofes debían estar ya arrugados como fuelles. Sed antediluviana de agua. Pisaban polvo, respiraban polvo, paladeaban polvo. Tal vez comenzaban a ser polvo ellos mismos.

(…)

Hasta que todo pasó como en una pesadilla y en menos que canta un gallo. El toro que tranqueaba en la punta se detuvo arqueando un poco la cola y levantando en alto el morro fruncido –imitado poco a poco por los más próximos- y de pronto, con un mugido que se le quedó en el gañote, se echó adelante de un brinco con la cola en alto, y a poco trecho la larga procesión, como agarrándose de la cola del diablo, se precipitó detrás.

Los arrieros trataron al principio de detener aquella avalancha como de agua que rompe su dique, espoleando sin asco sus mulas, sacudiendo sus ponchos con gritos de indios, como ajenos al peligro de morir bajo tamaña avalancha de patas entre una polvareda más cegadora que humo pero, ni qué decir, todo fue tan inútil como escupir la cara del viento.

A los prófugos les faltaba tierra para disparar, como si escaparan de una cárcel o llevaran avispas bajo el rabo. ¿A quién alquilaban semejante brío bestias que venían ya arrastrando las pezuñas y amagando echarse, derrotadas en efecto por la sed y el cansancio? Pero el que huye del incendio se olvida hasta de sus muletas. La tormenta que los burlara en la mañana se había desfondado al otro lado de los cerros del noroeste. Una tufarada de viento les había hinchado los ollares con el olor del río crecido, es decir, la promesa del paraíso líquido, la de la mayor felicidad que se conozca sobre la tierra y bajo el sol: el encuentro de la sed y el agua.

Aquello, peor que el espejismo del desierto, llevaba derecho al muere –como sucedió- ya que abrevándose con furia y sin medida en aquella agua mitad barro de la creciente, casi todas las pobres bestias debían finar con las panzas hinchadas como nubes de tormenta.

Cuando las mulas, semiahogadas por el polvo y las toses, no cedieron un tranco más a la espuela que les ensangrentaba los ijares, los arrieros se quedaron pestañeando y contemplando como recién despertados de un sueño, el atropello de lomos y astas que se perdía en el nubarrón de la polvareda y el trueno del galope bisulco.

Se les cayó el alma a los talones. De veras parece que en ocasiones Dios pierde los estribos y entonces es capaz hasta de echarle una zancadilla a un ciego.

(…)

Uturuncotauromaquia (fragmento)

Relato de duelo entre Yaguané, el toro salvaje, y Uturunco, el tigre

Del libro Los hijos de Llastay (Fábulas o relatos de animales), Buenos Aires, 1926

(…)

Y ambos enemigos quedan otra vez frente a frente.

Agudamente se aguaitan, en tensión de arco.

En el silencio se escucha el ritmo de los grillos.

El toro tiene las pezuñas clavadas en la tierra y su cabeza baja pronuncia más el poderoso avantrén; el ojo se le añubla sanguinolento; el resuello llamea en los ollares.

El tigre, en cerrada contracción de puño, atisba. Se siente hervir su rabia como el agua de una caldera; los colmillos le brillan a la luz de la luna; el cuero de la cabeza se le recoge en arrugas siniestras.

De pronto, corriéndose hacia un lado y con instantáneo brinco sesgo, cae sobre la cruz taurina; aunque no ha podido sujetarse, porque el vigoroso esguince del toro lo echó a tierra y éste lo ataca en ese momento, ebrio de fuerza furiosa…

Al nuevo encuentro sucede una tregua breve.

El toro, con la lengua salida un poco, echa baba y sangra abundantemente del tozuelo. Al tigre le colorea también una herida abierta de refilón en el pecho y su boca está roja –de sangre propia o ajena.

El olor de las bestias y de la sangre se mezcla al de las hierbas holladas. Un zorro aúlla próximo. Un vientecillo rumorea en el bosque.

Y el montuoso animal atropella resoplante, con impulsión categórica; pero el tigre, inimitable en su destreza, busca otra vez saltarlo al cuello, y aunque por fin lo consiguió sólo a medias, y al caer al suelo el toro le hiere largamente en el flanco, él, con eficaz zarpazo que va desde el tronco del cuerno hasta el extremo del morro, comprendiendo el ojo, ha desfigurado espantosamente al cornúpeto. Pero, sintiéndose herido, sus ojos amarillos verdean, y con rugidos entrañables, y con gestos que esculpen bellamente la musculatura de su cuerpo contórsil, escarcea en torno del enemigo y salta. Apenas ha podido ensanchar la herida del lomo cuando está de nuevo en tierra y cuando el toro, cegado por la sangre, como agolpando toda su fuerza maciza en la clava de la testa, se vuelve y carga con violencia inaudita.

El tigre, casi sorprendido, trepa a un árbol junto al cual se halla, pero en ese momento el amurco resuena contra el tronco. El felino lanza un baladro desgarrante de dolor y rabia, al que contesta el mugido casi doliente del toro que, con un asta rota y aturdido por el golpe, permanece tambaleante. El tigre, que tiene una pata quebrada, ha caído en tierra, más casi en el acto vuelve a subir al árbol.

El toro, acegado por la sangre, sacude la cabeza, da vuelta junto al tronco y levantando un poco el morro, bala de nuevo, casi afónico. Después, se aleja con pausa, siempre sacudiendo la cabeza…

Por el cielo cruza, parpando, una bandada de patos.


Del libro El general Paz y los dos caudillajes, Ediciones Anaconda, Buenos Aires 1933

Fragmento del Capítulo II: Los Dos Caudillajes

Cuando hay en qué no hay con qué,

cuando hay con qué no hay en qué.

El Chacho

 

(…)

En el Río de la Plata, los más arriesgados, con la fiebre del neófito, proponen una democracia romántica, como tenía que ser. En efecto, son gente de universidad, de tienda o de cuartel, gente cerradamente urbana, cuando no porteña, es decir, saturada de los privilegios virreinales de Buenos Aires. No conocen –desprecian- el campo y la gente de campo, y por desgracia las nueve décimas partes de la realidad americana es eso: campaña. Desde el primer día el conflicto se acusa irreductiblemente entre la ciudad de los blancos opulentos y su negrada, ese Buenos Aires donde el europeo “cree hallarse en París”, y las desaforadas campañas donde un hombre casi sin vestido ni necesidades espolea su instinto de libertad hacia lo salvaje.

A poco andar, y cuando lo entrañable empieza a verse, los iniciadores vacilan. Belgrano, Rivadavia, Monteagudo –como lo hubiera hecho Moreno, de vivir aún-, vuelven la mirada a Europa, donde los escritores de Napoleón y la Santa Alianza han desacreditado a la república. ¿Y podrá soñarse en ella con estas turbas desmelenadas? Se necesitan hombres de mucha fe para eso, de una fe nacida de la tierra, y es la verdad que estos revolucionarios, cual menos, cual más, llevan el español adentro: sin duda hasta el mismo San Martín, que aunque diga con sorna “Fernandito”, cree en los reyes, y sólo elige sus oficiales “entre los hijos de familia”, y el mismo Bolívar, soñador de senados hereditarios y goloso de pompas áulicas.

(…)

Eso es Buenos Aires, y ése su caudillaje cortesano. Buenos Aires, con la mirada vuelta hacia las luces de París o los faros de los puertos ingleses, como antes a España; puesta sobre la aduana su mano mientras cierra los oídos al latido profundo de todo lo que tiene a la espalda; la voltaria Buenos Aires que será monarquizante con Pueyrredón, unitaria a la francesa con Rivadavia, federal localista y soñando en Norte América con Dorrego, unitaria de sable con Lavalle, federal de facón y chicote con Rosas… ¿La aduana? ¡Su aduana! Ésta es la piedra del escándalo. Apostada en el único paso vadeable entre el país y el extranjero, ciudad sin industrias -es decir, sin vida propia-, vive y engorda a costa de los cueros que salen y de las manufacturas que entran. Sus hijos son, ante todo, eso: los dueños del puerto, porteños. Ahora con la guerra, cerrados los caminos del Perú para las mulas de Córdoba y del Norte, los de la Cordillera para los vinos y reses del Norte y de Cuyo, el país, enflaquecido, asiste al crecimiento de la ex ciudad virreinal, que gasta con él los mismos modos de España con sus colonias… Entre este cogotudo orgullo de mayorazgo y esos celos de hermanos pobres, está nuestra historia más superficial ocultando la de fondo.

En el primer momento, estas desavenencias son cosa que sólo se ventilan entre “decentes”. Los representantes de las provincias contra los de la capital.

(…)

El desierto y el caballo explican al gaucho. Ya se dijo que en América, pero sobre todo en las llanuras del Sur, es campo casi todo, con el caballo que parece resumirlo: su lomo, los repechos; sus crines, el pasto; su andar, el río o el viento. El que lo dome, domará la tierra. Hijo del desierto, el caballo gaucho está hecho menos al pasto que a la fatiga y al peligro. Sus orejas imantan la sorpresa: ventea al indio a una jornada de malón; huele los huracos en lo oscuro. Galopa un día y descansa esa noche mascando fierro. Mas su tosquedad de lonja guarda la sensibilidad de la guitarra bien templada: un silbido, un ademán, le bastan. Subido en él, el hombre tuvo el horizonte al alcance de la mano, y los ganados, las aguadas y los rumbos, y pudo pelearle al hambre y a la suerte. Así tomó posesión de esa tierra desconocida de los ricos de las ciudades a quienes pertenece, sin embargo.

Criado a caballo, el gaucho tiene las piernas arqueadas como los pájaros de mucho vuelo; a pie, es un aliquebrado. Sólo a caballo es hombre entero. Sus modales y sus hazañas, su industria y su poesía, vienen de él. Más aún: hombre y bestia suman un solo ser y una sola voluntad indómita, que es el demonio de la tierra. ¿Qué rey, qué amo, va a imponerle vasallaje?

(…)

Está tan lejos del español como del indio aunque lleve sus sangres: como su facón, su alma tiene un solo filo. Y es el mismo con barbas rubias u ojos oblicuos, con tirador de plata o la pata al suelo. El mismo, también, en los encumbrados bosques de Salta, en los parados pagos de Santiago o La Rioja, o en la pampa y los ríos, movida región que sólo acorralan las leguas.

Aunque no siembre, casi nunca –la harina viene de Chile- y comercie apenas, el gaucho no es hermano de los pastores nómades, sino simplemente el hombre de la distancia. Vive aislado. No tiene comunidad de intereses, no siente la cosa pública. Y donde no hay influencia social, manda la individual. Y el hombre que es la independencia misma en su persona, es, al fin y al cabo, en conjunto, un disperso rebaño salvaje que alguien juntará bajo su mano. Un rebaño… Por eso este arisco devendrá fautor de déspotas. La ambición del caudillo será toda la política.

(…)

Mas no se olvide que la colonia sobrevive en las campañas no menos que en Buenos Aires. Aquí el espíritu cortesano de privilegio, la ignorancia enciclopédica del país, el calco europeo; allá la carencia de ideas y hábitos de gobierno, de sentido económico, de horizonte. Pero uno es mucho más España que América y el otro casi todo América, si bien ambos llevan en sí los elementos del nuevo orden de cosas que es indispensable crear. ¡Paradoja de los destinos políticos! Sería preciso un Rivadavia con intuiciones y experiencias de caudillo, o un Artigas con ideas y ademanes civiles. No puede ser, y los dos caudillajes, el de levita y el de poncho, resultan cómplices en el crimen de lesa conciencia que es la anarquía. El pueblo corre con los gastos.

(…)

¿Qué son, pues, los montoneros? Los mismos gauchos del Norte, sin duda, actuando en una tierra en que la distancia embosca más que el bosque, y con sus lanzas vueltas contra hermanos, con más violencia por lo mismo… Del jinete celoso de su coraje como doncella de su lindura, que conoce el desierto como su camisa y cuya vida es sólo gimnasia, los caudillos han hecho un combatiente sin más que completarlo con una tacuara o un trabuco. ¡Y qué ha de costar un ejército sin material bélico y sin paga! ¿Vestuario? Un chiripá y un poncho, la bota de potro que no estorba el pie para agarrar el estribo y una vincha para defender de las crines la mirada. Dando rienda suelta a su instinto y su caballo, la guerra es alegre para ellos como baraja nueva. Se mata un novillo hasta para atar el caballo o sacar una taba. Caballos y mujeres de clase cuestan, las más veces, sólo un galope hasta el poblado enemigo o el arria de carretas en el desierto. Su estrategia: limpiarle el campo de ganado al enemigo, perdérsela como una aguja, coparle los chasques, espantarle las caballadas, endilgarlo al pastizal ponzoñoso. Su táctica: venirse sobre él desde cincuenta leguas, a veces, envolviéndolo y confundiéndolo, según el modo de los baguales con los caballos cristianos.

(…)

He aquí la Herradura; al fin, el primer encuentro con la montonera. Los infantes semiacantonados detrás de unos postes; los escuadrones sable en mano en sus caballos, rodeados por el gauchaje que los triplica en número. Alaridos y polvaredas; chiripás color sangre; sombreros de panza de burra con plumas de avestruz; boleadoras a la cintura como cordón de fraile.

(…)

Tiroteos y amagos; tanteadas. De pronto todos los caballos viniéndose encima, en una pestañeada, como si cargaran solos. Mientras la infantería apura sus fuegos, Lamadrid y Paz, cada uno por su lado, meten sus minúsculos escuadrones en aquella masa -uno contra diez- y la arrollan, pero con esta diferencia: uno tiene apenas en cuenta el peligro de “la dispersión que fatalmente origina una carga” y a duras penas se salva del entrevero; el otro, no: “Paz acuchillaba en orden y bizarramente”, recordará Lamadrid veinte años después. Eso es todo. Y no es que, de hombre a hombre, el montonero no sea más, de fijo, en la lanza, en el caballo y en el resorte de su fe: rezagados, no aceptan cuartel; heridos, sus compañeros los ultiman, arrastrándolos a lazo para librarlos del enemigo. Pero el comandante de dragones no pierde la cabeza, atento, sobre todo, a esa cohesión que hace de diez soldados un gigante ante el que recula un centenar de meros valientes. Esto es en él credo intenso. Menos su experiencia de oficial de caballería que su intuición, de veras, entrevé el juego maestro del caballo en esta guerra chúcara. Los montoneros son fuertes menos por su coraje y su número que por su movilidad infatigable y su complicidad con el suelo. Ellos son lo que deben ser. En cambio, los ejércitos de línea, batidos al principio por su pesadez con el recargue del parque y la artillería y su desconocimiento del terreno, pierden su fe en sí mismos, y caen en lo peor: imitar al enemigo; se vuelven pura caballería como él, relajan la disciplina a su estilo; son una pseudo montonera, muy inferior a la otra.

Sólo Paz logrará apear a esos jinetes profundos.

Andes 1936 (fragmento)

De SUMA (1938)

También incluido en el libro Constelación, Antología general, Editorial Stilcograf, Buenos Aires, 1959. Reeditado por Editorial Sarquís, Catamarca, 2006

 

1

¡Olor de piedra, miradas de piedra, silencio de piedra,

emboscada de piedra!

Lo enorme nos comprime las costillas,

no puede respirar por nuestras narices.

Como galopes al borde de un barranco

los relojes se han parado en seco.

Se está bajo las edades como una tortuga bajo las imbricaduras de su concha.

La inmovilidad nos pesa más que una joroba.

Queremos ver, oír, saber,

pero nuestros sentidos son muñones de ala.

Los antípodas de lo humano están aquí.

2

Las montañas tienen por pedestal el abismo.

Soberanamente se encabritan relinchando en las cumbres.

Con el precipicio y la avalancha, sus dos largos brazos,

defienden su misterio;

lo arropan con nubes primordiales color de nebulosa.

Sus sendas son más difíciles que las de un bosque nocturno o un alma.

El rayo puede gastar inútilmente su hacha

en el bosque impracticable

mientras las cavernas se tapan los oídos.

Las montañas son más inhabitables que el corazón de los déspotas.

El ser está durmiendo bajo ellas su letargo de invierno.

Nocturno Nº 3

De SUMA (1938)

También incluido en el libro Constelación, Antología general, Editorial Stilcograf, Buenos Aires, 1959. Reeditado por Editorial Sarquís, Catamarca, 2006

Con hambre y sed de soledad,

a estas orillas vino mi corazón nocturno a pastorear sus penas.

Como el puente de un barco mirando más allá de las olas y la noche.

Junto a mí, con su mano sobre mi hombro,

siempre el recuerdo con sus ojos cansados,

y todas mis lejanías, holladas o vírgenes.

Tú en mí, siempre, como una patria en el pecho de un héroe,

y mis sueños que tienen forma de ala y tienen el color de tus ojos.

Dolorida más que una carne el alma,

y el líquido rumor de la fuente que lava las calladas heridas.

Tu lejanía se aprieta sobre mi ansia y yo arañando en la hondura

quiero desengarzar para mandarte la estrella más latidora.

Viviéndote, maravillosa, en pulso y en respiro,

con la vehemente vigilia de las estrellas hasta el alba velaré tu recuerdo;

latido a latido mediré la noche.

De pronto te me apareces…

¿Dónde?

Y cierro bien los ojos porque no te me vayas.

Pero no hay más que tu ausencia, la ausencia que agranda la noche.

Suma (fragmento)

De SUMA (1938)

También incluido en el libro Constelación, Antología general, Editorial Stilcograf, Buenos Aires, 1959. Reeditado por Editorial Sarquís, Catamarca, 2006

32

Estrujarte como un racimo sobre los labios,

aspirarte por todos los poros,

comer tu lengua y tus pudores, beber hasta la hez tus ojos.

Te amo, luego soy.

En tus ojos la sombra y las estrellas pierden sus límites,

pero de tu voz salen las mañanas;

tu piel es de estío, pero de tu alma llega el olor de la lluvia

y el relámpago orna, por ratos, tus cabellos.

País profundo de tus formas en que ando desde el sol hasta los sueños.

Me rodeas como una selva sagrada,

como una atmósfera violenta y suficiente.

Tus manos se hunden en mis cabellos y latidos

hasta más allá del sueño y la vigilia.

Jornada de cielo y tierra

De SUMA (1938)

También incluido en el libro Constelación, Antología general, Editorial Stilcograf, Buenos Aires, 1959. Reeditado por Editorial Sarquís, Catamarca, 2006

Yo, el mismo de siempre,

pero cuánto camino quedó detrás de mí.

Como esta tierra soy,

que levanta sus cumbres para otearse a sí misma;

tan primitivo aún,

que el trigo que me nutre lo siembro con mis manos.

Posado en tierra de aire grande y sol manirroto,

tierra transida de sal, como de sudor o llanto,

(de sal, fría hermana del fuego)

vestida de puntas y filos al modo de los cardones

para resistir mejor cuando el cielo no le alcanza ni una sed de agua;

tierra donde la ubre y la fruta se hacen casi espina en la cabra y la algarroba,

(lejos, cerca, moviéndose con ardentía estéril de lava,

los médanos indomables!)

pero donde la más frágil varita de agua

hace saltar el milagro.

Aquí están los árboles con sus abanicos de alas.

El olivo que guarda en su fronda la primera palidez del alba

como si madrugara más que los otros

y cuyo fruto oscuro es vianda y es luz.

El álamo, con su alma surgente que riega la fiebre de la mía.

El algarrobo, tan áspero y antiguo como las montañas,

alargándome una sombra más cordial que los zaguanes.

Es cierto que este peñasco que se derrumba

ha esperado cien mil años para hacerlo y que yo lo vea;

y que esa águila color de roca

se arroja sobre el viento contrario para peinar sus alas.

Si aquí las ambiciones tienen la lerdura de los arados,

el río, el viento y mi pasión son armas arrojadizas como las boleadoras.

¡Muchachas de la tierra!

Finas curvas morenas de guitarra

y corazón de copla.

Carne de copla a quien la guitarra da alas,

cuando azahares y claveles revientan en la copla.

¡Y mi amor que socarra los lechos de hierba!

¿Quién sorprendió el instante en que el aire se convierte melodiosamente en alma?

Ya mi aislamiento es más populoso que la soledad del bosque.

Ya estoy sumergido hasta la cintura, hasta los sueños, en la naturaleza:

ella lasciva y floreciendo en pudores,

fresca y ardiente como una carrera,

con su higiene tan otra que ésa de las farmacias,

con su fuerza tan pura que parece nutrirse de rocío,

y el ritmo de sus ramas contagiando a las cunas y los lechos nupciales.

Pienso (y se enfrían los nidos) en el hombre de hoy,

el que se emporca las manos y el alma con ganancias

-manos y alma del color de los huesos que no visita el sol-,

el que cumple las mandas de los muertos y renuncia a las suyas:

estuprador de la Naturaleza, verdugo de sus puras criaturas de sangre

o de savia,

verdugo de su propio hijo que faja y encinta desde la cuna,

lo desalma y le pone en los hombros dos alas de papel…

Pero también en el hombre de ayer y de mañana pienso,

con sus sesos y testículos venerandos

y con su corazón que es púrpura del mundo;

sé que su porvenir en la palidez de lo ignoto rojea,

como en los trigales la amapola,

y que el prodigio se vuelve ya hacia él con ternura.

Sé que nada puede disminuir al mundo su cantidad eterna.

Yo vengo a decir otra vez

que, como cuando la vida era pura

y el espíritu ingenuo apenas tenía niebla,

Dios, que nunca estuvo en los bazares con incienso,

se mostrará de nuevo en el corazón del bosque y del hombre.

De nuevo el galope perfuma los senderos.

Mi potro color de hierro sacude el relincho

y tiemblan de claridad todos los vivos cristales de la mañana y el ansia.

Canción de los niños con hambre

De PAN (1947)

a González Pacheco

 

¿Que aún se ignore que el hambre es

peor que todos los inviernos?

Se me saltan los ojos

y los pulsos, ebrios.

Mi rebelión aúlla oscura

más que en la nieve lobo hambriento.

Cantaré como los piratas

pulsando con el viento

y el alma desterrada

el cordaje velero.

Que ignoréis lo demás, no importa:

hay niños con hambre, sabedlo.

Niños que lloran

con llanto de hombre, oh cielos.

Para que ocurra,

sabedlo,

que el sanhedrín de mercaderes

que regentea el mundo entero,

y los que guardan sus espaldas,

esté contento, estén contentos…

(por la hidrografía,

ay, del llanto ajeno,

navega la flota

de los monederos)

el mundo, el mundo se contempla,

ved, de sí mismo prisionero,

de su propia dureza, digo,

igual que un río de sus hielos.

Y tiene que haber y hayle,

es cierto,

río de hormigas, cordilleras

de falsía y desprecio

(palomas empollando

huevos de víbora estoy viendo)

y tan profunda erudición

de desencanto y sufrimiento,

y tantos rincones del alma

con telarañas y murciélagos,

y Jobes vestidos de lepra

sin más báculo que el lamento,

y golpes de tos o de sangre

en que alienta todo el infierno

como en ola de tempestad

todo el océano.

¿Infierno? No,

que no hay infierno:

hay corazones congelados.

Eso es todo, sabedlo.

Gentes que hablan con palabras

más encendidas que los besos

justamente cuando se miran

con ojos de témpano.

Oh, todo eso,

en tanto discuten el mundo

diplomáticos y barberos,

y las ganancias de los rábulas

como tumores van creciendo,

y doquier hay niños con hambre,

o muertos de hambre ya, creedlo,

y hay que los ángeles del hombre

(los tiene el hombre aún, no miento)

tapan sus ojos con sus alas

para no ver, para no verlos.

¿Para qué el mundo, entonces?

¿Y para qué los parlamentos

o los motores o los héroes

o el verso?

¡Y no preguntes para qué

siglos de rezos!

Si a alguien colgara yo mi pena

le quebraría el cuello.

Mordiendo los sollozos

madrugaré a chiflar al viento,

el que hurta los robles podridos,

el que cabalga los incendios.

Porque he aquí

que yo traigo un secreto:

el alma nocturna del hombre

va amaneciendo.

Y un día van a jubilarse

al fin los monederos,

y ese día comerán todos,

aun los más trágicos hambrientos

de hambre de pan o de espíritu.

Y tan sólo por ello,

el mundo corcovado

de fraudes y de inviernos

va a renacer un día:

ya renacer lo veo

temblando en la luz cual patito

recién egresado del huevo,

y ya un ritmo de cuna

oh cielos,

y una canción de cuna

al mundo van naciendo

y aletea, aplaudiendo, el ángel

que el hombre aullante lleva adentro.

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¡¡GRACIAS
ANALÍA,
POR
EL
INMENSO TRABAJO
QUE REALIZASTE PARA
ESTA BODEGA!!

 

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ECO EDICIONES

Presenta:

…y dáselo al fuego

una novela de Sonnia De Monte

Con la participación de

Héctor Oliboni
(dramaturgo)

Stella Matute
(actriz)

Y Pablo Marrero
(Eco Ediciones)

Los esperamos
el Lunes 19 de mayo,
a las 19.00
en la sala Jacobo Laks del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini.

Corrientes 1543. Piso 3. Ciudad de Buenos Aires.

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"ECO EDICIONES"

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Quienes quieran contactarse con Eco Ediciones,para pedir presupuesto de publicación y/o adquirir las ediciones publicadas enviar un mail a bodeguerosdeldiablo@yahoo.com.ar

 

 

TITULOS PUBLICADOS

*Ellos – de Magalí Garcea.
*Canto Poema en Flor – de Héctor Celano.
*Bodegueros del Diablo – de Carlos Carbone y Pablo Marrero.
*Los sueños no se inflaman – de Suyai Malen García Gualda.
*Réquiem in pax – de Mauricio H. Andujar.
*Marrón y Plata – de Lina Avellaneda.
*La nieta del presidente – de Corina Avellaneda.
*+ de 100 tangos nuevo – de Letrango.
*El Títere – de Juan A. Núnez.
*En la ciudad de Las Artes – de Marcelo Rodriguez.
*Cuentos para matar…el tiempo – de Emilio Fernández Cordón.
*Caminos – de Jorge Asterión.
*Pasajeros del penúltimo Tren. Poemas y cuentos sobre rieles – de Carlos Carbon, Gabrielal Delgado, Emilio Fernandez Cordón, Pablo Marrero.
*Leyes del Terror – Investigación periodística de la Red Eco Alternativo.
*…y dáselo al fuego – Sonnia De Monte.


-RED ECO ALTERNATIVO-de la Cooperativa de Trabajo RED ECO Ltda
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Integrante del FORO DE MEDIOS ALTERNATIVOS
y de la RED NACIONAL DE MEDIOS ALTERNATIVOS www.rnma.org.ar
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