LOS 70
-¡Salud!- levanta la copa uno de los mellizos Ramírez
-¡Salud!-responde el mayor, quien había saltado a este mundo veinte minutos antes.
Sobre la mesa reposan algunos carozos de aceitunas, bollitos de migas de pan y un platito con dos trozos de queso.
Van por la tercer botella de tinto descorchada y no importa los casi treinta grados que fritan a ese mediodía; ellos toman tinto y sin enfriar: “el blanco no es vino… es un aperitivo”, coinciden.
-¡Salud!-vuelven a levantar las copas, mientras esbozan una sonrisa, al ver, a través de la ventana de la casona de Villa del Parque, al vigilante, que no para de secarse la transpiración con un trapo.
Llevaban hechos varios brindis “por los 70” y, mientras hubiera vino, no pensaban terminar de disfrutar ese momento tan especial. Ninguna molestia interior, ni arrepentimiento por lo hecho, ensombrecía la fiesta. Sólo, a la altura de la segunda botella, el mayor dijo con voz entrecortada:
-¡Betito! ¡Marta!
Pero su hermano, en forma inmediata levantó la copa:
-¡Sí, sí! Precisamente… Por el Beto y la Marta… ¡Salud!
Lo habían pergeñado hacía bastante tiempo, pero, al cumplir los 69, todo se aceleró. Allí empezó una planificación minuciosa hasta, por momentos, tornarse enfermiza. Eso sí: tanto esmero los llevó al éxito, y por eso, todos los brindis eran insuficientes, en ese día en el que regresaron a la amada casona de Villa del Parque.
Los hermanos Ramírez nunca fueron buenos para soportar estoicamente las injusticias, pero de las tantas que existen en este mundo, una les era imposible digerir. La trataban de campear con puñetazos en las paredes, mordeduras en trapos y maderas, patadas a “Merlot”, el gato anaranjado, pero no había caso: la injusticia les seguía carcomiendo la existencia.
El tema era que después de gozar de una total impunidad, al fin, muchos criminales habían ido a parar entre rejas. Pero eso duró poco tiempo, porque gracias a la justicia que reinaba en el país, esos monstruos, sacaban patente de “abuelitos” e iban a gozar de la “prisión domiciliaria”, en sus lujosas mansiones.
Hasta ahí, solo quejas y puteadas. La presión se les fue a las nubes, cuando se enteraron que en el barrio vivía uno de esos personajes nefastos que gozaba de tal injusta justicia, los dientes les rechinaron al informarse de que periódicamente le permitían salir a realizar sus paseos y, las venas casi se les dispararon como latigazos, al descubrir de quién se trataba.
El tipo, todos los sábados por la tarde, salía de su casa, como cualquier vecino, y se dirigía con dos amigotes, o custodias, a compartir unas copas al boliche de “Jacinto”, hoy devenido en “Pizza-Café”.
Los hermanos no necesitaron hablar ni discutir nada, para calzarse sus trajes desgastados y enfilar, todos los sábados por la tarde, a tomar un cortadito a la confitería. Mientras con un ojo miraban el partido, que transcurría dentro de la pantalla gigante que tenía frente suyo, con el otro pispiaban los movimientos del lugar.
Así, lograron hacerse de confianza. Dos viejitos a los que los del patrullero de la puerta saludaban con respeto y, hasta el propio personaje nefasto, levantaba su copa cuando los veía entrar.
Durante un año no faltaron ni un solo sábado, y no hubo inconvenientes ni ansiedades que lo hicieran desfallecer: tenían la paciencia de cuando se está por llegar a los 70.
El plan se gestó en el día a día. Tenía un momento pico de construcción los sábados y se trabajaba toda la semana, ajustando los detalles. Todo se preparó con cuidado; se podría decir con delicadeza.
Así llegó el día indicado que, por casualidad, o al fin algo de justicia, caía sábado. Los mellizos cumplían 70 años y lo festejaron con un asado para familiares y amigos. Lo hicieron al mediodía, alegando con sonrisa pícara, que por la noche tenían un compromiso especial.
A las cinco de la tarde se lavaron, se peinaron, se pusieron el traje y emprendieron con parsimonia el camino.
Al llegar, saludaron con una sonrisa a los del patrullero, a los mozos y a los tres que ya estaban por la segunda copa. Se sentaron en la misma mesa de siempre y esperaron que el mozo les trajera el consabido cortado. Vieron un rato el partido y, al terminar el primer tiempo, se levantaron en silencio y dieron cinco pasos. Cuando estuvieron detrás del objetivo, ejecutaron el plan con tanta limpieza y rapidez, que cuando los dos gorilas reaccionaron, los hermanos Ramírez ya estaban junto al patrullero, a puro grito para que los vecinos se acercaran.
Después de un mes y medio, el abogado logró que los trasladaran, a la espera del juicio, a la vieja y amada casona de Villa del Parque.
Hoy era el primer día que cumplían “prisión domiciliaria”, por tener 70 años. Privilegio que ya no podía gozar el Chacal Maidana, secuestrador, torturador y asesino de Beto Ramírez y de su madre, Marta.
-¡Salud!
Los mellizos Ramírez levantan una vez más las copas, mientras observan de reojo, como el vigilante se hace agua bajo el sol del mediodía.