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El efecto Macri en las elecciones venezolanas del 6 de diciembre

A pocos días de las elecciones parlamentarias en Venezuela se ha creado una expectativa sobre sus resultados. No solo por su importancia en este país sino, sobre todo, por lo que valen para la región latinoamericana. Modesto Emilio Guerrero para la Red Eco Alternativo

(M. E. Guerrero para la Red Eco) Venezuela - Desde hace más de una década estamos acostumbrados a tener a Venezuela como una noticia de primer orden. Hasta comicios secundarios, por ejemplo a Municipios, o algún referéndum menor, se transformó en un suceso político más allá de las fronteras de ese país caribeño.
Esta desproporción fue, en realidad, una creación artificial de los gobiernos y entidades de medios enemigos del proceso bolivariano, comenzando por el de Estados Unidos.
Esta vez, esa desproporción adquiere otro carácter, de mayor profundidad como inquietud sobre los resultados de las elecciones del 6 de diciembre, a pesar de que no modifican en forma inmediata ni directa, el sistema de poder, ni afectan en nada la institución presidencial.
Sin embargo, la necesidad de saber qué pasará en Venezuela dentro de semana y media se ha ido transformando en una suerte de lotería.
Esta situación nueva se debe a Argentina. La victoria de Mauricio Macri y con él, la vuelta al poder de un gabinete repleto de neoliberales convictos, ha convertido a este país austral en una suerte de pivote “contra los gobiernos progresistas y populistas” de la región.
Desde los centros de poder de la derecha internacional han salido saludos a Macri y su nuevo gobierno de derecha y en cada saludo va el deseo de que ese avance se reproduzca en Venezuela.
Andrés Oppenheimer lo dijo más claro que otros: “El que sigue es un escenario que parecía poco probable hasta hace algunas semanas, pero que hoy tiene un 50% de probabilidades de convertirse en realidad tras los terremotos políticos que están sacudiendo a la Argentina, Brasil y Venezuela, que podrían marcar el final del ciclo populista en América del Sur.
La cadena de sucesos podría darse así: el líder opositor argentino Mauricio Macri, impulsado por su extraordinaria votación en la primera vuelta electoral del 25 del mes pasado, gana la segunda vuelta electoral el 22 de noviembre. “Macri atraería una avalancha de inversiones extranjeras y aumentaría la esperanza de que la Argentina salga de su actual estancamiento económico” (La Nación, Buenos Aires, 21 de noviembre).
Visto en esa dinámica, tiene buenas razones la derecha hemisférica de apostar sus esperanzas al resultado en Argentina para voltear al gobierno bolivariano.
En todos los gobiernos progresistas, sean de izquierda como Ecuador, Bolivia, Nicaragua o Venezuela, o de centro-izquierda, como Argentina, Brasil o Uruguay, se manifiestan serios síntomas de declinación política, social y económica de sus gobernabilidades.
Esta tendencia no se inicia en Argentina el 22 de noviembre, sino en Venezuela en octubre de 2010, cuando por primera vez el chavismo perdió muchos votos en las elecciones parlamentarias de entonces. Aquella vez obtuvo menos votos que la derecha, a pesar de que la arquitectura jurisdiccional le permitió acumular más diputados. Fue la primera señal importante de que algo había comenzado a cambiar en el estado de humor de las poblaciones latinoamericanas que apostaron a gobiernos de nuevo tipo, distintos en ideologías y perfiles sociales, pero con el mismo objetivo en algunos aspectos, frente al neoliberalismo y el control hemisférico de Estados Unidos.
Estas elecciones del 6 de diciembre encuentran al chavismo como movimiento, y al gobierno de Nicolás Maduro, en las peores condiciones nacionales e internacionales de imagen social y gobernabilidad.
El petróleo, base del 87 por ciento del ingreso público, se redujo en facturación anual hasta 35% de lo que fue hasta el año 2012. Ese mismo año el líder del proceso y eje del sistema político nacional, además de motor de los procesos latinoamericanos de acercamiento entre Estados, salió de circulación en el poder venezolano por la enfermedad mortal que padecía. Tres meses y medio después, moría.
El efecto sobre la población fue tectónico y sus temblores se sintieron en las vanguardias del continente y más allá, pero también en las relaciones entre los gobiernos llamados progresistas. En pocos meses, la red de relaciones y tejidos institucionales motorizados por Hugo Chávez en persona, se aflojó hasta la desaparición de algunos organismos y reuniones regulares entre presidentes y movimientos.
El tercer factor de crisis en el chavismo fue la bajísima gobernabilidad con la que comenzó su heredero, Nicolás Maduro: sólo tres puntos de votos por encima de su opositor derechista.
El cuarto factor fue el retiro paulatino de por lo menos un tercio de la otrora poderosa y diversa vanguardia bolivariana, estimada en alrededor de 300 mil militantes, la más grande del continente en términos proporcionales y absolutos. Eso decayó hasta las decenas de miles que hoy quedan, un dato que se combinó con otro del mismo signo declinante: otra parte de esa enorme vanguardia comenzó a ser cooptada por el aparato partidario y remodelada por las dos principales corriente del gobierno, la de Maduro y la de Diosdado Cabello, el poderoso presidente de la Asamblea Nacional.
El resultado es un debilitamiento del espíritu combativo del bolivarianismo y conversión parcial en un dispositivo clientelar, como fue el del PJ argentino en sus mejores tiempos. Buenos para ganar elecciones, y para nada más.
Este cambio social, político y moral en la vanguardia es fundamental para comprender las más profundas tendencias del movimiento chavista y el debilitamiento tendencial del gobierno de Maduro.
Un quinto factor es el colapso en la circulación comercial de bienes ligeros, de higiene personal y alimenticios. Esta técnica de socavamiento de la gobernabilidad ha sido útil para la burguesía en general y para los opositores en particular. La gente común, chavista y no chavista, vive en estado de desesperación, algo similar a la angustia implantada en el Chile de antes del golpe de Estado.
Pero estos cinco elementos no son comprensibles sin una causa determinante, previa a ellos. Venezuela es, después de Irán, el Estado-nación más asediado y presionado por el imperialismo mediante sus múltiples organismos alrededor del mundo, entre ellos la prensa.
En ese contexto y dinámica llega al 6 de diciembre. Esta elección no es central, pero de su resultado dependerán dos cosas. La primera, que aumente o disminuya la capacidad de que la oposición le haga un Referéndum Revocatorio exitoso a Maduro a mediados del año 2016, cuando la Constitución lo autoriza, al cumplirse la mitad del mandato. El futuro del chavismo en el poder depende en el mediano plazo, en buena medida de los votos que obtenga el 6 de diciembre.
Todas las encuestas le dan 15 y hasta 25 puntos favorables a la oposición. Pero ya sabemos que las encuestas solo sirven para dos cosas, hacer operaciones pagadas y equivocarse con frecuencia. Sin embargo, es un dato más.
Más importante es verificar el estado de ánimo de la población en las calles. El triunfo de Macri es vivido por la población anti chavista y otra que no lo es tanto, como aire fresco y esperanzador para salir del atolladero en que están.
De todas maneras, la realidad venezolana es más compleja que la suma aritmética de estos factores negativos para el chavismo.
Las opciones serían de dos tipos. Pierde con poco margen, lo que significará una cantidad relativamente menor de diputados que la derecha. O gana con bajo margen, también, manteniendo la misma relación de poder parlamentario, o sea, no calificada para votar leyes esenciales ni modificar la Constitución.
Pero a nadie le falta Dios, diría una abuela. El chavismo tiene una posibilidad paradojal de ganar con cierta holgura las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre.
Esa paradoja se basa en un hecho tan simple como decisivo: la derecha venezolana está en peores condiciones internas que el gobierno y el chavismo. Más desprestigiada y más dividida y sin la maquinaria electoral del gobierno.

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