A dos años de quedar devastada se han invertido cerca de 100 mil millones de dólares en la reconstrucción de Nueva Orleáns. Consorcios como Halliburton se han enriquecido con fondos públicos luego de la tragedia.
(David Brooks – La Jornada) EEUU – Hace dos años el huracán Katrina inundó 80 por ciento de la ciudad de Nueva Orleáns y devastó otros poblados de Luisiana y Mississippi en el Golfo de México. En Luisiana murieron más de mil 400 personas, sin contar desaparecidos, incluidos niños. Cientos de miles fueron desplazados y la infraestructura física, social y económica de Nueva Orleáns quedó casi destruida.
Dos años y más de 100 mil millones de dólares en gasto público federal después, la ciudad no se ha recuperado, y tal vez lo más impactante, aún no cuenta con la infraestructura para prevenir otro Katrina.
La causa principal de la devastación no fue la naturaleza, sino los políticos. Ingenieros, investigaciones científicas independientes y dos series de reportajes (uno en National Geographic, otro en el heroico periódico local Nueva Orleans Times Picayune) habían advertido, meses y años antes, con gran precisión justo lo que ocurrió. Se sabía que el sistema de diques y canales era insuficiente, que la erosión de las barreras naturales que protegían toda esta zona causadas por el “desarrollo” urbano hacían más vulnerable a la ciudad, y se sabía qué era necesario para evitar la catástrofe.
Pero los políticos en Washington ignoraron las advertencias y, peor aún, recortaron los fondos para las agencias que tendrían que responder ante tales desastres, y/o desviaron los recursos a la guerra en Irak. Walter Mosley, un gran autor afroestadounidense, escribe sobre este aniversario: “no sólo nos falló el gobierno en responder al llamado de sus ciudadanos más vulnerables durante ese periodo fatal; aún fracasa cada día en reconstruir, redimir y rescatar a aquellos que son ignorados por su pobreza, su raza, su paso a la tercera edad”.
En un artículo publicado en The Nation, agrega: “Dos años han transcurrido y seguimos exportando la democracia mientras vivimos bajo la oligarquía semibenévola de empresas internacionales y sus candidatos”.
En un país donde los puentes se caen, con un sistema de salud que deja abandonados a millones, con una creciente crisis de vivienda, con conflictos entre pobres de diferentes razas, con un sistema escolar en deterioro, con una creciente privatización de programas y servicios sociales, con más encarcelados que nunca, muchos señalan que Nueva Orleáns y el desastre de Katrina sólo fueron reflejo de los problemas de fondo de este país. “Nueva Orleáns es un incubador para todos los males de nuestra nación. Si uno estudia lo que está sucediendo en Nueva Orleáns, sólo es una versión exagerada de lo que nos está golpeando en muchas áreas de este país”, dijo el historiador Douglas Brinkley, autor de un libro sobre Katrina.
Nueva Orleáns sigue en convalecencia: sólo la mitad de sus escuelas han reabierto, su sistema de transporte urbano cuenta con 69 autobuses, de los 368 que operaban antes de la tormenta, sus hospitales no funcionan plenamente y es crítica su carencia de vivienda para los pobres. Decenas de miles de sus habitantes no han vuelto a casa y permanecen como la diáspora de un desastre que destapó la profundidad de la pobreza, el racismo y la abdicación del gobierno en este país. Con el desastre nació un amplio abanico de organizaciones sociales para llenar el vacío dejado por el abandono inicial, y después para luchar contra los nuevos esquemas de reconstrucción impuestos por un gobierno que deseaba privatizar casi todo en nombre de su fe neoliberal, y con ello se han enriquecido (con fondos públicos) todo un grupo de empresas, incluida Halliburton, con las secuelas del desastre.
La batalla a fondo hoy en Nueva Orleáns y la zona afectada del golfo es sobre quién determinará su futuro: ¿los ciudadanos pobres, los más afectados y vulnerables, o los ricos y empresarios que ven negocio reconstruir una ciudad en su imagen?



