El problema Piñera consiste en cómo evitar que el fabuloso patrimonio que posee el candidato presidencial de la derecha no se convierta en un tema candente de la campaña electoral.
Como es sabido, entre sus propios partidarios hay irritación por el tema y en diversos tonos presionan a su candidato para que cese en su doble militancia de financista nada escrupuloso y a la vez político supuestamente preocupado por el bienestar de los chilenos.
Recordemos que recientemente fue multado por aprovechar información confidencial para ganar una gran suma con la venta de acciones en la Bolsa. Sus operaciones han dejado heridos entre algunos de sus colegas multimillonarios, como el grupo Claro, o magnates como Juraszek que le tienen cuentas pendientes. Ex amigos, como la senadora Mattei, no le perdonan antiguas ofensas. Por su lado, el gobierno ha enviado al Congreso un proyecto llamado de Fideicomiso Ciego, que lo afectaría a él y a otros grandes capitalistas que opten a cargos públicos.
Si la colusión entre los poderes económicos y los políticos es repudiable, lo mejor sería que los millonartios se abstuvieran de participar en política. Seguramente él cree que va a ganar pues con que se gaste un 10% de sus 1.200 millones de dólares, más lo que pongan sus socios, debe calcular que le bastan para “comprar la Presidencia”. Y si pierde de todos modos seguuirá siendo uno de los hombres más ricos de Chile, de América Latina y codeándose con los más acaudalados del mundo, como lo acaba de admitir la Revista Forbes. Es cierto que en estos tiempos de exitismo económico, los multimillonarios como Berlusconi, apoyados en el poder mediático monopolizado, tienen mucha chance de sumar el poder económico al político. Porque no faltan los ingenuos que dicen que los muy ricos ya no tienen necesidad de robar, y en cambio como gobernantes sabran cómo enriquecernos a todos.



