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Casi dos décadas de “calma” parecieron convencer al mundo y a los políticos brasileños, también los del PT, de que los brasileños/as se movilizaban masivamente y con tanto entusiasmo solo por el fútbol y el carnaval. Y así, el mito de que los partidos políticos son los dueños absolutos de la acción política, cobraba realidad en territorio carioca. Estaba a punto de arraigarse, cuando cientos de miles de ciudadanos, principalmente jóvenes de una ciudad, hicieron estallar las calles rechazando la suba del pasaje urbano. Pero esto era solo la punta de un iceberg que comenzaría a derramarse por innumerables ciudades del gigante país.
(Isabel Rauber) Brasil – El llamado Movimiento Pase Libre se ha ampliado en las calles; se han diversificado l@s manifestantes y se ha ampliado la plataforma reivindicativa. Atrás de los reclamos inmediatos como los relativos al precio de los pasajes de buses urbanos, asoma lo político. La juventud emergente no quiere entregarle su presente y futuro a las grandes empresas petroleras, ni a la FIFA, ni a los congresistas. Exige a los gobernantes y parlamentarios que se hagan cargo de problemas sociales olvidados tras una silenciosa pero constante baja en la inversión social, que se expresa en el deterioro de la salud y la educación, en un caótico crecimiento urbano sin los servicios garantizados y de muchas otras formas. Por ello, cuando todo parecía brillar y marchar sobre ruedas, la juventud salió a increpar a “la razón política” imperante haciéndose oír en las calles.
Como ocurre en no pocas de las grandes movilizaciones políticas, grupos ajenos a los móviles de la convocatoria se infiltran buscando desvirtuar y manipular los reclamos en función de sus oscuros y mezquinos intereses elitistas conservadores. Con sus actos vandálicos, saqueos, provocaciones violentas, etc., alientan la represión contra los manifestantes. Es claro que sectores de derecha aspiran a la ira colectiva para transformar los reclamos sociales en movilizaciones antigubernamentales, anti petistas, ilusionados con aprovechar el descontento social para instalarse como favoritos para las elecciones del 2014, o al menos para tratar de llegar a la segunda vuelta. Algunos sueñan tal vez con dar cuerpo a un nuevo formato de “golpe ciudadano” que, obviamente luego encabezarían sus jefes de guante blanco. En realidad, esta es la natural actitud mezquina y sectorial que la derecha puede asumir ante una situación como esta; sorprendente sería una actitud contraria. Pero esto no puede empañar los hechos.
Los provocadores constituyen una minoría antidemocrática sin arraigo social, no representan el espíritu ni los contenidos de la marea humana que reclama en las calles. Su presencia en ella es pequeña, aunque muy potenciada por los medios de comunicación a su servicio en el espacio local e internacional, como puede observarse. Conclusión: La derecha existe y actúa, la lucha de clases existe, y estos acontecimientos son parte de la lucha política de clases con la modalidad en que ella existe y se desarrolla en este tiempo.
La ciudadanía movilizada en las calles recupera socialmente –de hecho la política, anquilosada en aparatos partidario-estatales-gubernamentales. Con su presencia multitudinaria l@s manifestantes expresan claramente: queremos participar. La juventud hace valer su derecho a ser protagonista de su tiempo y de su vida; quiere ser parte del sujeto político social y se moviliza en esa dirección. Esto marca la impronta política del presente: la participación popular desde abajo. Y por eso rebasan a los partidos políticos tradicionales de derecha, de centro, y también de la izquierda.
L@s manifestantes reaccionan contra la política del viejo formato partidario, y contra acomodados representantes alejados de la problemática de la ciudadanía. Van a manifestar frente al Congreso y ello no es una casualidad. Están cansad@s de que l@s parlamentari@s hayan transformado la política en una negociación entre bancadas para lograr acuerdos corporativos y así garantizar la “gobernabilidad”. No confían en ellos. La política es otra cosa dicen, y llevan razón.
Algunos observadores rechazan lo que ocurre porque dicen que nadie “los controla”, que “no hay dirección”. Pero eso es exactamente lo que está mostrando la juventud en las calles. Si sus demandas estuvieran cubiertas, si fueran escuchados, si hubiera canales para que participen en la toma de decisiones, no estarían en las calles. Participar es el anhelo que late en el corazón de los reclamos.
Con la instalación del conflicto social, la juventud movilizada reabre un tiempo político que parecía “superado” y ausente de la realidad brasileña. Estaba latente en los movimientos sociales, pero desarticulados en su analítica y orgánica no pudieron estructurar un quehacer político común. De cierta manera, muchos de estos actores también relegaron el quehacer político a los partidos de izquierda, imaginando algo así como una “asignación de roles” diferenciados y distribuidos entre movimientos y partidos, que cada uno debía respetar en aras de llevar una “convivencia armónica”.
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