Se presenta a sí mismo de esta manera:
Nombre: Luis Baigorria. Seudónimo: Luimbard. Apodos: Turco, Luigi, Negro, Negro de m… Sexo: Sí. Nacido: Sí. Lugar: Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Fecha: Un 18 de mayo de 18… perdón, de 19…
Estudios: Lic. en Administración de Empresas (UCC) . Magister en Administración Pública (UNC) – Idiomas: Inglés (vivió dos años en USA). Portugués (vive hace + de 6 años en Brasil) – Estado civil: divorciado (una vez) / casado (dos veces) / juntado (varias veces) – Hijos: Dos
Preferencias: viajar (en lo posible, con una mujer al lado, abajo, o arriba…), el Mar, cine, música, libros, bailar, el humor… Política: Milité 7 años en uno de los partidos prohibidos por Videla & Cía. Contacto: luimbard@gmail.com
Rio de Janeiro, 2015.-
En la ruta
El sol pega duro esta siesta de octubre. La mini apenas me cubre el culo (las piernas son mi fuerte). La remera escotada es fresca y me ayuda al negocio. Estoy chocha con mi pelo, que cae hasta los hombros. Lo cuido mucho.
Se acerca un auto. Hago señas, desacelera, demora un poco en detenerse. Troto, sin apuro, sobre mis zuecos. El hombre abre la puerta y siento el aire fresco en la cara. Subo.
-“¿Cómo te llamás”?
-“Alejandra, Ale, para los amigos”.
-“¿Cuántos años tenés?”.
-“Veintiséis, pero cumplo 27 el viernes próximo”.
-“¿El doce?. . . Sabés que mi vieja cumplía ese mismo día”.
-“Ah, si…”.
Callado, su mirada oscila entre la ruta y mi escote.
-“Qué lindo pelo, es una peluca?”.
-“No, amor, es todo mío”.
Es un morocho cincuentón, bigote negro, pelo canoso. Las manos en el volante parecen fuertes.
-“¿Vos en qué trabajás?
-“Administro edificios, viste, junto los fondos para pagar los gastos comunes. ¿Y vos?”
-“¡Qué aburrido! Yo, de todo un poco, pero soy independiente. Dependo de mi solita”.
Observa mis pies (calzo 41). Trata de disimular cuando me mira más arriba, debajo de la cintura, buscando… Estamos llegando al cruce con la 20, cuando tose, se aclara la garganta y pregunta lentamente, con temor.
-“¿Y vas a algún lado, o estás trabajando?”.
-“Estoy laburando” respondo.
Apenas pasa las vías para el auto. Sonríe con una mueca cuando dice -“¿Sabés qué pasa?, yo prefiero las mujeres”. Cuando abro la puerta para bajar le digo -“Está todo bien”.
De nuevo parada bajo el sol. Esperando el próximo. Uno que no tenga rollos.
Esos ojos azules…
¡Raúl, vení! Me acerqué a la ventanilla y busqué en la sombra. Prendió la luz interna y entonces reconocí esos ojos. Entré al Falcon y ella arrancó, dirigiendo lentamente. Recordamos juntos la aventura en el secundario. Su cuerpo ya era de mujer y los años habían cambiado su rostro, pero los ojos seguían siendo azul intenso, magnéticos. Me contó de su separación y las dos hijas. Del padre borrado y lo duro de hacerse cargo de todo. Le comenté que yo seguía solo, y que trabajaba en la Ford. ¡Ah! en esa fábrica… ¿no es la que está en conflicto?. Sí, me entusiasmé, y soy de los delegados que queremos volar a la conducción del sindicato. El auto aumentó la velocidad. Contento, le comenté el tiempo que hacía que estaba en esto, y las cosas que hacíamos para evitar caer en cana. Desconocí el barrio y pregunté. “Vamos adonde guardo el coche”, me respondió.
En la mitad de una cuadra poco iluminada, se detuvo en una entrada, e hizo señas tres veces con las luces. Alguien se asomó y la cortina metálica se levantó. Al entrar, el resplandor iluminó el cartel: Garage Olimpo.



