(Pocos días después del 25 de mayo de 1810, Mariano Moreno ordena a Juan José Catelli encabezar la expedición al Alto Perú con el objetivo de hacer frente a los realistas y expandir la revolución. En la plaza de Potosí, Catelli fusila a tres destacados contrarrevolucionarios: Nieto, Sanz y Córdoba).
¡No puedo mantener parado, carajo! Me tiemblan las patas del cansancio. Tanta leguas sin parar; apenas un momento para comer y un suspiro para dormitar. Córdoba, Santiago, Tucumán, Salta, Jujuy y por fin Potosí. Aquí estamos. ¡Pucha que hace frío! Tanta tierra masticada… demasiado miedo metido aquí, en las tripas. Lo único bueno es como nos recibieron en cada pueblo que anduvimos. Los sombreros en alto, los pañuelos agitándose, los gritos, los aplausos. ¡Ja! Lo que fue Tucumán. La ovación, los Lanceros y Castelli en ese carruaje lleno de flores y guirnaldas y esa orquesta adelante. Todavía puedo escuchar los violines y las cajas. Y al fin llegamos a Potosí. Acá estamos en esta plaza; firmes pa´que no rezonguen los jefes. En minutos, nomás, sonarán los fusiles, temblará la tierra, volarán los pájaros. La explosión retumbará en los túneles de las minas y hará saltar los corazones de los que miran desde los balcones cagados; con sus caras pálidas. Como esa mujer blanca como una perla, que mira pa´donde estamos nosotros, aunque no parece tener miedo. Por suerte puedo levantar la cabeza sin que los jefes se den cuenta. Verla. Cuando se mueve su collar llega a encandilarme. ¡Ja! Ya puedo sentir su piel suave, su carne firme… levantarle el vestido, subir por sus piernas, emborracharme con su olor. ¿Cuándo terminará esto, mierda? ¿En qué momento repiquetearán los tambores? ¿Nos darán un descanso para salir a buscar mujeres y descargar tanto nervio metido en la panza? A esa voy a ir a buscar yo. Aunque no creo que me lo permitan; esa parece muy rica. Debe ser la esposa de algún ricachón que gobierna… o mejor dicho gobernaba este lugar, y aunque Castelli los echó a todos, a las señoras hay que respetarlas. Seguro que me tocará alguna esclava. Pero yo voy a ir a por esa; cueste lo que cueste, aunque después me aten al potro. ¡Qué me importa! Después de comerme esa carne que me maten… ¡Qué ojos que tiene! Y parece que me mira.
¿Qué quiere ese roñoso? Me desnuda con su mirada turbia. Y yo tengo que estar acá, soportándolo todo. Hay que salir a saludarlos, agitar los pañuelos. Hay que fingir que los
queremos, dice Manuel; hay que recibirlos con los arcabuces bien cargados, digo yo. Pero no. Mi maridito, como todos los cobardes de este lugar, pide paciencia; que nos
aguantemos esto, que ya vendrá la hora de la venganza. ¿Cuándo llegará esa hora? Mientras tanto hay que soportar que ese negro sucio me desvista con su mirada. Resignarse al atropello; a lo que hoy harán en esta plaza, sin quejarse, bien calladitos. Dejar que nos quiten tierras, que se metan con nuestro gobierno, que hablen de los derechos de los
salvajes, como si supieran algo de lo que es trabajar en las minas… Y ese que me penetra con la mirada… ¡Un puñal le clavaría entre ceja y ceja!
Bien negro tiene los ojos. Parecen encenderse con el brillo del collar; de plata debe ser… de la plata que arrancan los indios de allá arriba. Sacan el metal y dejan sus huesos, los pobres infelices. Algunos están alrededor de la plaza a la espera del gran momento. Ojalá termine rápido. Ya no siento las patas. ¿Cuánto tiempo estaremos en Potosí? ¿Cuándo nos iremos? Seguro que seguiremos pa´ arriba quien sabe hasta donde. ¿Llegaremos a La Paz? ¡Por Dios, que se termine pronto! Volver a Córdoba a trabajar la tierra y… y acariciar las tetas de la Mercedes… Aunque antes puedo acariciárselas a esa señora tan pálida que está en el balcón.
Cortarles las manos; esa sería nuestra venganza. Arrancarles esas garras con las que hoy van a apretar los gatillos de sus fusiles. Amputarles dedo por dedo y hacer una montaña de hueso y carne acá en la plaza. ¿Cuántas manos serán? ¿Cinco mil? ¿Diez mil? El escarmiento tiene que ser grande para que nunca más se atrevan a meterse con nosotros, para que nunca más duden de quien manda. Para que se arrodillen ante los gobernadores restituidos y ante el nuevo Virrey que pronto vendrá. Grande tiene que ser el escarmiento… y también el goce. Ya te veo arrodillado; vas a cambiar esa mirada insolente, me vas a suplicar con ojos de ternero; de rodillas, para salvar tus manos sucias, tus manos con la que tocas tu porquería fláccida… tus manos…
Acariciarle las tetas con estas manos. Juguetear con sus pezones hinchados, ¡Pucha, mi boca es pura agua! Y esto que no termina más. ¿A cuántos hay que fusilar? ¿Ya está el pelotón formado? De acá no veo nada. ¿Trajeron a los desgraciados? Me dijeron que son tres: Nieto, Sanz y Córdoba. Yo le metería bala a unos cuantos más. A todos esos que están bobeando en los balcones habría que meterles bala. Si las cosas salen mal ellos nos van a colgar a todos, acá en esta misma plaza. Me tiemblan las tabas de pensarlo. Por eso yo los fusilaría sin vueltas… a todos menos a esa señora. Sería una picardía agujerear ese pecho; lastimar esos pezones. ¿A quién le puede hacer mal tan hermosa criatura? Ella no está pa´ castigarnos sino para hacernos gozar… El pelotón ya está formado…
Esto va a demorar poco. Quiero verlo todo; aunque discutí con Manuel porque yo me resistía a estar acá, ahora le agradezco la insistencia, porque quiero verlo todo. Llenar mis ojos con los cuerpos ensangrentados de nuestros hombres. Que penetre en mi alma a través de mis oídos el estruendo de los fusiles. No cerraré los ojos ni pestañearé… voy a alimentar mi odio para cuando llegue el momento…
Al fin! Los tambores repiquetean y me sacuden acá adentro. Me duele la panza; no me acostumbro a esto. Fusilamos a unos cuantos en el camino; a Liniers, por ejemplo, que era más importantes que estos… pero no hay caso, carajo: cuando empiezan a sonar los tambores las tripas se me anudan y se me suben hasta la garganta y me ahogo… me ahogo…
No puedo respirar. Me ahogo. La sangre se me acumula en la garganta. Me late el cuello. Lo siento hinchado a punto de reventar. Tengo que aguantar y verlo todo. Ver salir el
plomo de cada fusil y penetrar las carnes de los nuestros. Entonces, cuando llegue el momento, cuando Goyeneche baje poniendo orden, entonces yo misma… ¡Sí! Esta dama de
Potosí les va a cortar esos dedos con los que hoy jalan el gatillo… empezando por esa mano que ahora levanta el sable para dar la orden…
El sable. Lo único que veo es ese sable arriba. Ahora baja de golpe y todo termina todo…ahora… ahí viene… ¡Ayyyy! ¡Mis oídos! Mis pobres orejas… Odio no poder tapármelos,
siempre me queda ese chiflido… Bueno, todo terminó. Las palomas en el aire y los agujereados en el suelo y ella; ella me mira; quiere la carne fibrosa de este soldado fuerte y
mugroso… ¡No vas a ser la única pero serás la primera!
Todo terminó. Ahora puedo respirar. Mi garganta se abre. Me tragué todo lo que vi en esta plaza y ya es parte de mi cuerpo, de mí ser. Quedará dentro mío hasta salir como un chorro de ira cuando llegue el momento… y no pasará mucho tiempo. Ese que me desviste con su mugrienta mirada será el primero.
Texto: Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO)
Imagen: Caro Butron Avalos



