La Cámara de Senadores la aprobó con 40 votos a favor, 31 en contra y 1 abstención y ahora la iniciativa, que elimina las condiciones mínimas para la preservación del agua y las actividades humanas en los pueblos, entre otros puntos, pasará a Diputados. Compartimos notas de Raúl Montenegro, biólogo y Premio Nobel Alternativo 2004; y de Horacio Machado Aráoz, investigador independiente de Conicet, docente de la Universidad Nacional de Catamarca e integrante del Colectivo de Ecología Política del Sur; sobre la importancia de los glaciares y las consecuencias de estas modificaciones.
Los glaciares no son solamente agua congelada (*), por Raúl Montenegro.

Los glaciares y ambientes periglaciales son ecosistemas complejos, con su propia biodiversidad, historial formativo, evolución y funcionamiento, y con sus propias interacciones con otros ecosistemas terrestres y acuáticos circundantes.

Los glaciares y ambientes periglaciales son importantes para la vida de los ríos y la disponibilidad de agua. Pero no solo son fuente de agua. Este enfoque simplista -los glaciares como fuente de agua- es el esgrimido por el gobierno libertario de Javier Milei. Y lo hace arteramente, y en forma brutal, vía la provincializacion de las decisiones sobre glaciares y ambientes periglaciales. Proponen, sin buena ciencia, y sin lógica alguna, que cada provincia con glaciares determine cuáles deben ser protegidos en cada jurisdicción, y cúales no …. ello en función de su capacidad, demostrada, o no, para proveer agua.

Es peligroso centrar su función solamente en la cuestión del agua (algo indudablemente vital) en el debate contra las reformas gubernamentales para modificar la Ley Nacional de Glaciares. Considerar solamente el agua es funcional a su línea argumental.

Cuando la Cámara de Diputados de Chile me invitó para fundamentar su oposición a que Barrick Gold (proyecto binacional Pascua Lama) explotara el subsuelo de los glaciares Toro I, Toro II y Esperanza, enfaticé la necesidad de abordar los ambientes glaciares y periglaciales como ecosistemas, no solo como “agua congelada”. Recuerdo que los legisladores adoptaron esta visión ecosistémica, contra la absurda propuesta de Barrick Gold de trasladar esos tres glaciares a un cuarto glaciar (Amarillo) “cortándolos” en trozos para luego ser transportados por los gigantescos camiones mineros. Al final del día (y de la lucha) los organismos ambientales de Chile consideraron que era más importante la supervivencia de los glaciares que la explotación minera. Como resultado, Pascua Lama colapsó como proyecto en Chile.

Lo que omitía Barrick Gold deliberadamente, y lo que omite también Javier Milei, es que cuando un glaciar o un ambiente periglacial se destruye, la nieve que caía sobre ellos ya no ingresa a un sistema de acumulación y conservación. Esto es, la fábrica de hielo, de geomorfología glaciar, y de biodiversidad glaciar simplemente dejan de funcionar.

En Chile los diputados tomaron los argumentos que yo les había expuesto de los glaciares como ecosistemas, y lo expusieron en una reunión posterior que tuvieron con Barrick Gold. Los diputados le dijeron con ironía al vicepresidente de la minera canadiense que había llegado para esa reunión (a la yo también asistí) lo siguiente: “senores de la empresa, si ustedes trasladan los glaciares Toro I, Toro II y Esperanza a otro lugar, y nos pueden asegurar que la nieve que hoy cae sobre ellos caerá sobre su nueva localización, entonces podremos hablar”.Barrick Gold había traido a uno de los más conocidos glaciólogos del mundo al encuentroi. Pero el glaciólogo solo podía decir cuánta masa de hielo se perdería al trasladar los glaciares. No podía lograr que la nieve que en ese momento caia sobre los tres glaciares, cayera en el nuevo emplazamiento. Con la propuesta de Javier Milei la situación es más grave aún. No hay traslado (lo que ya es de por sí una iniciativa absurda), sino que la nieve precipitaría sobre sistemas destruidos que ya no existen para recibirla y conservarla. Es tanta la estupidez presidencial, y de su gabinete, que solo alcanzan a ver la importancia de un glaciar por el agua que puede proporcionar hoy. No logran entender que los glaciares y ambientes periglaciales son ecosistemas y cajas de ahorro milenarias que reciben aportes nivales, donde el propio sistema garantiza el mantenimiento de esa “caja de ahorro” ecosistémica.

Los glaciares son ecosistemas antiguos de formación lenta y acumulada que ayudan a conservar los sistemas altoandinos, y que tienen su propia biodiversidad adaptada. Porque los glaciares también tinen biodiversidad. Un glaciar no se forma en unos pocos años, pero puede ser destruido en un solo año de explotación minera. Son parte de los microclimas de alta montaña, y ayudan a mantener propiedades ecosistémicas que sin ellos colapsarían.

Como ecosistemas de alta complejidad físico-química y biológica también muestran diferencias notables a lo largo del sistema cordillerano, con diferentes modelos de funcionamiento, resistencias, y diferentes vulnerabilidades.

Los glaciares y ambientes glaciares no son solamente agua congelada, y fuente de agua líquida para uso potable. Son ecosistemas cuya supervivencia ya está amenazada por el Cambio Climático Global y las minas en actividad.

Ahora la peor amenaza son legisladores díscolos e ignorantes, un presidente carente de formación técnica, además de ministros y corporaciones que solo evalúan los beneficios económicos de sus privilegios (legisladores) y de sus inversiones (CEOs).

Las futuras generaciones, siguiendo los postulados del documento de Maastricht, también tenen derechos, Y los glaciares y ambientes glaciares son fundamentales para las supervivencia de esas generaciones por nacer.

Sí a la ley de glaciares vigente.

No a las modificaciones que impulsa el gobierno de Javier Milei.

NO AL PROYECTO DE JAVIER MILEI PARA BENEFICIAR A CORPORACIONES MINERAS Y CONDENAR A LAS COMUNIDADES Y LAS FUTURAS GENERACIONES DE ARGENTINOS.

(*) Nota publicada en Huella del Sur.

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Reformas que matan: los cambios en la Ley de Glaciares y en el derecho laboral son caras del mismo despojo (*) por Horacio Machado Aráoz.

El contexto (histórico reciente) indica que somos un país crecientemente recolonizado por el capital transnacional. Se ha operado un cambio social profundo, que ha avanzado desarticulando los entramados económicos, territoriales y tecnológicos en pos de la expansión de diferentes tipos de enclaves extractivistas. Los enclaves realizaron un proceso de simplificación, uniformización y vaciamiento territorial para subsumir los fragmentos territoriales a la dinámica de acumulación global, como bases estrictamente proveedoras de materias primas. No hay que olvidarlo: la desindustrialización y reprimarización de la economía fue el proyecto de la última dictadura cívico-militar.

Hoy más que nunca hay que tener memoria y consciencia de qué significa continuar ese modelo. No es sólo un cambio en la matriz productiva, sino una drástica transformación de la estructura social y de la ecuación política real del país. Socialmente hay una pulverización de los niveles de integración, complejidad y desarrollo social alcanzado hasta la década de 1970. La pérdida de empleos de calidad y la caída del salario real no sólo ha erosionado la “clase media”, sino que ha producido una sociedad nueva, fragmentada: crecientemente dualizada, con una pirámide de anchos estratos pauperizados y excluidos y una cúpula cada vez más concentrada.

La precarización social se experimenta no sólo en las condiciones materiales de vida, sino en todas las dimensiones sociales: en la degradación de la salud, de la educación, de la cultura general de la población. La concentración económica se expresa políticamente en una estructura cada vez más autoritaria: hay actores poderosos que tienen el poder fáctico de imponer su agenda al aparato estatal, independientemente de quién esté al frente de su “gobierno”.

¿Para qué y para quién modificar la Ley de Glaciares?
Sobre el proyecto de reforma de la Ley de Glaciares, políticamente, es relevante preguntarse: ¿quién legisla? Y ¿en función de qué legisla? La primera cuestión es central: mientras que la sanción de la Ley de Glaciares fue un logro popular, una iniciativa legislativa que nació desde abajo y desde afuera del poder institucional, y que, mediante procesos de movilización popular, de ejercicio de la democracia participativa, halló eco en ciertos legisladores (Marta Maffei, la gran impulsora, pero también Daniel Filmus, quien jugó un papel articulador clave), para alcanzar su sanción. Ahora, estamos en un proceso inverso.

En 2008, la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner vetó la norma —en el recordado “veto Barrick Gold”—, pero la promulgó, finalmente, en 2010, tras un nuevo tratamiento legislativo. Quienes vienen contra la Ley de Glaciares ahora son los mismos intereses corporativos extractivistas de entonces, con el objetivo de expandir su frontera de explotación mineral. Las grandes empresas transnacionales, a diferencia de las década de 1990, cuando entraron al país tras la Ley 24.916 de actividad minera, ahora no están solas. Han construido un conglomerado de poder muy compacto y eficaz, con alianzas en burguesías rentistas locales. Se trata tanto políticos como comerciantes y, minoritariamente, una fracción de clase profesional que ha encontrado su nicho en los staffs gerenciales de las grandes transnacionales o han creando sus propias “empresas” subsidiarias y contratistas.

La actual iniciativa de reforma es un proyecto desde arriba, desde actores concentrados con intereses estrictamente financieros y ultra-minoritarios, que busca arrasar una legislación construida y lograda desde abajo.

La segunda cuestión, en función de qué se legisla, contiene el antagonismo de dos criterios: el de la rentabilidad versus el de la habitabilidad. Quienes buscan voltear la ley ven los territorios desde la óptica no sólo reduccionista sino anacrónica de obtención/extracción de la máxima rentabilidad potencial. El argumento es explotar, para exportar, para generar ingresos fiscales, para generar “empleos”, blablablá… Para ellos, lo que vale en los territorios es lo que puede ser explotado y valorizado en el mercado mundial. Ven las montañas sólo como fuentes de renta.

Lógico. Esa renta extractiva “se derrama” localmente, pero muy, muy poco y de una manera abismalmente desigual. Sólo grupos privilegiados y familias históricas en el poder (propietario y estatal) son las que mayor tajada pueden sacar de este derrame rentista. A nivel estructural, el extractivismo consolida oligarquías patrimonialistas y eso es muy funcional a un clientelismo asistencial como estrategia de “gobierno”.

Frente a ello, la defensa de la integridad socioecológica de los territorios se hace en base al principio de resguardar su habitabilidad. La habitabilidad no es un dato geográfico; es una producción sociohistórica. Los territorios se hacen habitables o no, por obra y gracia de la acción humana. La habitabilidad no es un atributo fijo; precisa ser preservada y mantenida. Depende crucialmente de qué y cómo se produce la subsistencia y la vida social en esos territorios, qué tipo de economías se practican allí. El objeto de la Ley de Glaciares los preserva como reservas estratégicas para el consumo humano; la agricultura, la recarga de cuencas hidrográficas, la protección de la biodiversidad, como fuente de información científica y como atractivo turístico.

Las economías de subsistencia (prejuiciosamente estigmatizadas como ‘pobres’) pueden no ser tan rentables y nunca llegarían a los niveles de rentabilidad (de corto plazo) de actividades extractivas, pero sí son altamente redituables para el sostenimiento de la vida. Y altamente redituables a mediano y largo plazo. La sostenibilidad de la habitabilidad no es un principio regresivo ni conservador; es un principio más que realista y más que pertinente para los tiempos que corren y para el nuevo estado de la Tierra.

De los glaciares al trabajo, despojo de los derechos para la vida
Esta “reforma” viene a profundizar un proceso de despojo ya en marcha. El despojo es socioecológico y, por tanto, es perfectamente coherente con el proyecto de “reforma” laboral, que también se está impulsando. Ambos proyectos, no son de “reforma” sino de aniquilación de lo poco que queda en materia de derechos y de resguardos mínimos para la vida de las poblaciones, en cuanto habitantes y en cuanto trabajadoras. Es importante comprender que no se trata de dos proyectos que no tienen nada que ver, sino que, por el contrario, son dos caras y dos dimensiones de un mismo proceso de despojo. Ambos apuntan a la entrega de las dos fuentes básicas de riqueza (el territorio y la fuerza de trabajo) al poder discrecional del capital transnacional más concentrado.

La eliminación de los presupuestos mínimos de protección de glaciares es la supresión de la barrera que hoy —formalmente y de manera muy precaria— está protegiendo las nacientes de las aguas de su destrucción. Y también está protegiendo a las comunidades agrícolas-criadoras-artesanales, que brotan “aguas abajo”. La destrucción de glaciares es destrucción de sus trabajos y sus economías de subsistencia. Impacta socialmente como factor de vaciamiento de los territorios: desplazamiento de capacidades productivas endógenas y despoblación final.

Esa población desplazada va a engrosar una urbanización precaria y ultra dependiente en cabeceras departamentales y provinciales. Va a engrosar un “ejército de reserva” ahora de trabajadores uberizados, mano de obra puesta a disposición para condiciones laborales de ultra-explotación, que es lo que la “reforma laboral” quiere venir a instalar como norma y parámetro de “justicia”. Vaciamiento territorial, desplazamiento poblacional y condiciones de ultra-explotación de la fuerza laboral son tres momentos y efectos de un mismo proceso de despojo.

Glaciares para vivir en una Tierra en crisis climática
Es fundamental comprender que un glaciar no es “un pedacito de hielo”. Sea grande o pequeño, no es una unidad aislada, ni fragmentable. Con-forma un sistema. Un glaciar es un órgano vital, el más fundamental, el más complejo y frágil a la vez, de un sistema (socio)hidrológico o cuenca. Es la geoforma que da lugar al nacimiento de las aguas y del que depende la cantidad, calidad y disponibilidad de éstas, “aguas abajo”, a medida que descendemos por las curvas de altitud de las geografías montañosas.

En el caso de Catamarca (la provincia desde la que escribo estas líneas), todas las cuencas (socio)hidrológicas nacen y dependen de las altas cumbres de nuestras montañas. El agua disponible en los valles poblados depende, decisivamente, de lo que acontezca en sus nacientes. Eso fue y es el fundamento científico que le da soporte y legitimidad a la actual Ley de Glaciares. Desprotegerlos ahora, como se pretende con esta reforma, es lisa y llanamente desproteger a las poblaciones que —lo sepan o no— viven y dependen hidrológicamente de esas altas cumbres.

En el caso de Catamarca, es imperioso incluso ir más allá de la actual ley que —como se sabe— sólo establece presupuestos mínimos de cuidado. Precisamos preservar todas las altas cumbres nacientes de aguas. Independientemente de la existencia de glaciares, necesitamos resguardar todas las zonas de recarga hídrica, porque vivimos en una provincia extremadamente árida y las economías locales dependen crucialmente de las aguas que nacen de sus montañas. Esa es la verdadera reforma que necesitamos.

Finalmente, necesitamos una racionalidad acorde al estado actual de la Tierra. En tiempos de crisis climática, descuidar las aguas, entregar las nacientes para su explotación, es lo más anacrónico, lo más irracional y lo menos realista que se puede concebir. Guiarse por el rentismo hoy es anacrónico. Científicamente, pero, sobre todo, social y políticamente.

La preservación de la habitabilidad de los territorios constituye el valor más preciado y crucial para cada población local; para toda la humanidad. Las conclusiones de una investigación sobre el actual estado de la Tierra, suscripta por más de 15.000 científicos de distintos países deja claro las consecuencias de continuar negando la crisis climática.

“Los efectos del calentamiento global son cada vez más graves y existen posibilidades como un colapso social mundial que son factibles y peligrosamente poco exploradas. Se estima que, para fines de este siglo, entre 3.000 y 6.000 millones de personas (aproximadamente entre un tercio y la mitad de la población mundial) podrían encontrarse confinadas más allá de la región habitable, enfrentando un calor extremo, una disponibilidad limitada de agua y alimentos y tasas de mortalidad elevadas debido a los efectos del cambio climático. Las condiciones se volverán muy angustiosas y potencialmente inmanejables para grandes regiones del mundo”, describen.

Y continúan: “Advertimos sobre el posible colapso de los sistemas naturales y socioeconómicos en un mundo así, donde enfrentaremos un calor insoportable, frecuentes fenómenos meteorológicos extremos, escasez de alimentos y agua dulce, aumento del nivel del mar, más enfermedades emergentes y un mayor malestar social y conflicto geopolítico.”

Dado este momento de la Tierra, descuidar la habitabilidad es lo más desquiciado que se puede hacer. Es cierto que sacrificar la habitabilidad en aras de la rentabilidad no es un problema sólo local, sino global. Podría decirse que parece ser el “espíritu de la época”. De hecho, el hombre más rico, y uno de los más poderosos del mundo, está destruyendo la habitabilidad de la Tierra, juntando montañas de dinero y soñando con poder ir a vivir a Marte. Pero también es cierto: mal de muchos, consuelo de tontos.

Las élites políticas, cómplices del poder corporativo, otorgan concesiones para un negocio de pocos, dando la espalda a los intereses generales y de largo plazo de la población a la que deberían representar. El vaciamiento territorial, el despojo de las aguas y los suelos, no sólo se traducen en un régimen social que somete a la población a condiciones extremas de precariedad y de súper-explotación laboral, sino que también operan la destrucción de las formas más elementales de un sistema democrático. A 50 años del golpe cívico-militar, la lucha por la democracia y por la defensa de los derechos humanos es hoy una ardua tarea pendiente que tiene como principales obstáculos a quienes nos dicen representar. Sin glaciares no tendremos agua. Sin agua no hay ciudadanía que sobreviva.

(*) Nota publicada en Agencia Tierra Viva (25/02/2026)

Nota relacionada: Organizaciones ambientales advierten el riesgo de vaciar la Ley de Glaciares