PABLO MARRERO
(La historia se desarrolla en un fortín. En el marco de la llamada “Campaña del Desierto”, Alsina diseñó la defensa de los fortines construyendo a su alrededor kilómetros de zanjas).
Amanece. En uno de los fogones. Ramón Contreras y Pedro Galíndez matean. Los labios se pegan a la bombilla y los dientes se aferran al churrasco que es separado del hueso a puro facón.
Pedro: (mastica con satisfacción) ¡Ah! Esto es bueno pa´l buche; no esa carne salada, reseca… ¡Charque! Eso es pa´los salvajes.
Ramón: Pa´los Cristianos churrasco, giniebra, taba.
Pedro: ¡Y pa´lo infieles puro trabuco! ¡Qué joder! Puede ser que ahorita la cosa cambie. Más de cien fortines pegaditos y con ese pozo que tiene leguas de largo y un par de varas pa´bajo. Esos bárbaros no van a pasar… ¡Muy bien por Alsina!
Ramón: (chupa de la bombilla y escupe un poco de yerba) Sí, muy bien pa´los de la ciuda que se van a quedar con todito el desierto. Lo que es nosotros, estamos pior que los indios: corridos por la sabandija, encerrados y al cuete todo el santo día. Ellos por lo menos están libres.
Pedro: Por ahora, en un tantito e tiempo la rastrillada los va a empujar hasta el Colorado. ¡Ja! ya lo quiero ver a ese Namún-Curá, y al cacique Queupumil. ¡Ja! el que se hace llamar “General de los Campos del Río Colorado”. Vamos a limpiar el desierto de pampas… ¡Hasta las tierras del propio Saihueque no paramos!
Ramón: (vuelve a escupir) Para ir a parar a otro cajón como este a juntar de nuevo sabandija en nuestro cuero.
Pedro: ¡No se queje tanto, amigo! Después de esto algo nos va a tocar; pa´eso nos hemos entreverao con tantos malones.
Ramón: (mira el cielo rojizo) ¿Ha matado muchos indios?
Pedro: (indiferente) No llevo la cuenta, pero puedo contar los chuzazos que recibí (le muestra las tres cicatrices en el pecho) De todas salí parado pa´seguir mandando al infierno a esos maulas.
Ramón: ¿Nunca sintió algo acá adentro? Digo, después de…
Pedro: ¿De enterrar el facón? Mire, amigo, matar a un Cristiano es cosa seria, pero mandar al infierno a un indio es como matar a un perro.
(Silencio. Apenas se escucha a lo lejos como una brisa que recorre la llanura)
Ramón: No son todos maulas; defienden lo suyo… nosotros, ¿qué defendemos? ¿Esas tierras van a ser para nosotros o para los empilchaos de la Ciudá? Los pampas pelean pa´ mantener lo que tienen y por eso cuando malonean arrasan que da miedo.
Pedro: (lo mira de reojo) ¿Anda julepeao, amigo?
Ramón: Sólo les tengo respeto.
(La brisa de la llanura se convierte en rumor. Miran alrededor. No hay alarma).
Pedro: (se levanta y palmea el hombro de Ramón) ¿Respeto? ¡Ahijuna! No sabía que había que respetar a los infieles. (Se pone en cuclillas y le habla cerca de un oído) Además no se me achique que si los salvajes vienen, van a caer como moscas en la telaraña. ¡Toditos de cabeza al pozo pa´que nosotros los rematemos a trabucasos!
Ahora el piso empieza a temblar. Se escuchan gritos. Ramón y Pedro toman sus armas y corren a sus puestos. En un instante el fortín se convierte en un hormiguero al que alguien le dio un pisotón. Después vuelve el silencio. Una calma tensa. En el campo se puede ver una polvareda que avanza y crece como un huracán. La tierra tiembla cada vez más y sacude los cuerpos. Los soldados miran a lo lejos y apuntan con sus armas a la nada. Bajan la vista y observan la gran fosa que separa el fortín del campo y suspiran aliviados. Pedro le señala a su compañero:
—Eso es nuestra salvación: cuando los salvajes se caigan en el pozo no le escatime plomo.
Ahora, es una tormenta cargada de incesantes truenos. La polvareda avanza y tapa el horizonte hasta quedar suspendida. Todo es quietud y silencio. El viento desparrama la tierra que flota en el aire y deja ver a las vacas; centenares, miles de animales. Detrás de ellas un indio se para en el lomo de su caballo y mira hacia el fortín.
—Debe ser el Cacique Queupumil… Son los picunches —comenta Pedro
—¿Y las vacas? —pregunta Ramón, mientras apunta con su arma a una de ellas.
Pedro se encoge de hombres y después contesta:
—Yo no estoy pa´entender a los infieles, solo pa´mandarlos al infierno.
El indio se baja del caballo y la masa vacuna se empieza a mover; con lentitud primero, al trote después. Ahora es una estampida ensordecedora, acompañada por los alaridos humanos.
—¡Brutos! ¡Qué asado nos vamos a comer con tanta carne al pozo! —grita Pedro.
Ramón no dice nada; mira, sospecha algo que le duele en las tripas.
La maroma parece venir derechito a los pozos. Un ojo cerrado y otro que apunta a alguna vaca: detrás de ellas la polvareda no permite ver nada.
—¡Se vienen! ¡Se vienen pa´l pozo! —grita Pedro, mientras Ramón siente que el fortín está a punto de derrumbarse. Mira a la fosa y algo se le atranca en la garganta.
—¡Se vienen! ¡Ijuuuu!
En racimos, como una cascada, el ganado se zambulle al pozo. Los mugidos se mezclan con el estruendo de la caída. Una bestia sobre otra hace crecer una montaña de cuero y carne. La soldadesca está muda ante el espectáculo.
—¡Qué bruto! ¡Perder tantas vacas! —dice Pedro. Ramón sigue en silencio. Él entendió. Pudo ver con claridad como el pozo ya no era tal, y que un puente de carne los unía al campo y a los indios. Observa como levantan sus lanzas. Escucha los alaridos. Ahora los ve cruzar el puente y llegar hasta la puerta del fortín. Ve el rostro pálido de Pedro y siente el golpe seco en el pecho.
Texto: Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO)
Imagen: Caro Butron Avalos




