Un menor apareció muerto en un instituto y otro joven falleció como consecuencias de los golpes y quemaduras recibidos en comisarías de Avellaneda.
(Cecilia Litvin-Red Eco) Buenos Aires – Rodolfo Arancibia de 19 años fue encontrado ahorcado en el Instituto de Menores Agote el 6 de mayo pasado. La primera versión fue la de siempre: suicidio. Pero cuando la médica forense que lo revisó le quitó una tela que tenía como mordaza, pudo observar que dentro de su boca había dos medias; además tenía golpes en la cara y lesiones en las muñecas. Pero había un dato más que la médica obvió, y que recién se revelaría a partir de las fotos tomadas por los hermanos de Rodolfo durante su velorio: el joven no tenía ninguna de las uñas de sus manos.
Para saber lo que realmente pasó habrá que ir más allá de la versión oficial que indica que Rodolfo sufría una fuerte depresión, que hablaba de matarse y que no mantenía contacto con la familia. O de lo que informa el libro de novedades del instituto, en donde puede leerse que el subayudante Aldo Ramón Zerba, del Cuerpo Especial de Seguridad y Vigilancia de la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia, encontró el cuerpo de Rodolfo a las 7 de la mañana, hora en que abren las celdas después de la noche, y que sin tocar nada fue a dar aviso de lo sucedido, aunque nadie explica por qué la policía recién recibió el llamado una hora y once minutos después.
Lo cierto es que Rodolfo hablaba permanentemente con su familia. De hecho, horas antes de su muerte había telefoneado a su hermana para pedirle que le acerque al instituto compacts y ropa interior. Según relataron sus conocidos, nada indicaba que estuviera deprimido o con ganas de suicidarse.
Rodolfo había sido detenido el 26 de marzo pasado por orden del Tribunal Oral de Menores Nº 3, a raíz del pedido de captura en una causa por lesiones, de la que ni él, ni su familia estaban enterados.
El caso de Rodolfo no es una excepción. La Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (CORREPI) informó que en cinco meses más de cien personas fueron asesinadas por el Estado, 50 de ellas murieron en cárceles, comisarías o institutos de menores.
Tampoco es una excepción lo que le ocurrió a Nahuel Balsano. Este joven de 21 años fue detenido en la puerta de su casa. Aunque se lo acusó de haber robado un auto, la sustracción del vehículo nunca apareció en los registros de la comisaría primera de Avellaneda, adonde Nahuel fue llevado. Pocos días después lo trasladaron al Polo Judicial de Avellaneda, donde finalmente le tomaron declaración, para luego volver a movilizarlo, esta vez hasta la comisaría tercera de Dock Sud. Allí se lo puso en un calabozo de “castigo”.
El 27 de abril a la noche, tres días después de su detención, la defensora oficial, Flavia Bianchi, dejó en la casa de Nahuel un mensaje para su familia: “Hola familia Balsano, les comunico que hubo un motín en la comisaría y Nahuel está en el Hospital Fiorito internado”. El comisario no dio ningún tipo de explicación sobre el motín pero sí aseguró que el joven sólo tenía unos rasguños y que se había quemado un poco las manos, los brazos y la cara. Al día siguiente, Nahuel fue dejado en libertad y debió ser internado en la Clínica del Buen Pastor en Lomas del Mirador, donde murió luego de trece días.
Según relató su madre tenía la cara desfigurada, las manos y el tórax totalmente quemados, las vías respiratorias comprometidas seriamente, un ojo hundido, golpes en la cabeza, y ampollas de cigarrillo apagados sobre el cuerpo.
El próximo 16 de junio Nahuel iba a cumplir 22 años, para ese día sus hermanos y amigos realizarán una misa y una movilización para exigir justicia.
Mientras tanto, el Estado continúa sin hacerse cargo de lo que sucede en institutos y cárceles. Los asesinos siguen libertad y los Rodolfo y Nahuel se multiplican.
Fuentes: Prensa de Frente / CORREPI



