PABLO MARRERO

La tertulia había sido agradable y aún los acordes del clavicordio danzaban en la sala principal. En un ambiente lindero, cuatro damas conversaban mientras bebían de pequeñas copas. Una de las mujeres, extremadamente delgada y de ojos vivaces, hacía varios minutos que concentraba la palabra. Mercedes Escalante era conocida por su activa participación en la causa revolucionaria.

–       Ya hablamos de la importancia del cruce de Los andes y también de los recursos necesarios para hacerlo. El Gobernador de Cuyo pide la colaboración a esta gran empresa patriótica. Ustedes pertenecen a las familias más adineradas y decentes y, como saben, invitamos a esta tertulia a esposos e hijos para que todos juntos compartamos este momento histórico.

La tres mujeres escuchaban aburridas a Mercedes. Poco común para las tertulias que periódicamente se organizaban, las damas vestían sencillo y en sus carnes casi no se veían  joyas colgadas.

–       Algunas damas han donado los mejores diamantes y collares para la causa… Ya hemos conversado varias veces del tema y ahora queríamos saber cual es el valioso aporte que harán ustedes – Dijo Mercedes, mientras recorría con su vista los rostros molestos de las presentes.

Nadie más que ella decía una palabra. Observó que el reloj que colgaba de la pared marcaba las veintidós y cuarenta y cinco, y siguió con su discurso.

–       Sabemos de vuestra disposición y valoraremos con justeza el aporte voluntario que ustedes hagan. El dinero o los objetos de valor que ustedes entreguen, serán una vuelta de llave para abrir las puertas de nuestra libertad. Un collar, una pendiente, un anillo, se convertirán en casacas, fusiles, municiones, cañones para la revolución…

–       Mi querida joven – la interrumpió la mujer de senos abultados – es la tercera vez que conversamos con usted y en cada encuentro  le explicamos que ya bastante hemos entregado. ¿O le parece poco vernos obligados a entregar los esclavos más jóvenes, más vigorosos, para el ejército? Y no venga con eso de “voluntario”, porque esto fue hecho por decreto y bajo la mismísima firma del Gobernador… Vino el ejército a retirarlos de nuestros propios hogares. ¿Quién hace los trabajos en nuestros hogares, ahora? ¿Quién en las fincas?

Otra mujer, que  demostraba una ira acumulada en sus ojos, lanzó con voz temblorosa:

–       ¡Tiene razón doña Isabel! ¿usted cree que en nuestras casas rebalsan de oro y joyas?  ¡Ja! Está muy equivocada, joven… Y lo que tenemos, bien lo hemos ganado… Es nuestro por derecho y pertenece a nuestras familias.

Mercedes volvió a mirar de reojo el reloj:

–       Nadie duda de eso: Por eso en las dos reuniones anteriores aclaré muy bien que el aporte era voluntario. El general valora mucho la entrega de esclavos y yo sufro tanto como ustedes el habernos quedado casi sin manos jóvenes para los trabajos, pero es una situación de emergencia: el Ejército de los Andes necesita muchos hombres para combatir y sin nuestra generoso esfuerzo no sería posible desarrollar esta gloriosa campaña…

–       Mire joven – la volvió a interrumpir la mujer pulposa – Ya van a ser las once de la noche y estoy bastante cansada. Además ya hemos hablado demasiado en estos días. Aquí tiene – dijo la señora mientras ponía sobre la mesa un anillo que se había sacado de uno de los dedos de su mano izquierda.

–       Sí – dijo otra – ya es hora de terminar con esto.

Acto seguido se desprendió el collar de su cuello y lo tiró sobre la mesa.

La tercera dejó una pendiente sin disimular su disgusto.

Las tres se levantaron dando por terminada la reunión. Mercedes miró el reloj que ahora marcaba las once menos cinco.

–       Esperen un momento – las retuvo -. Este es un momento importante y ustedes acaban de dar un invalorable aporte a la causa de América: es menester un brindis.

Golpeó las manos y de inmediato apareció un criado con una bandeja donde se apoyaba una botella de jerez.

Mercedes misma llenó las copas y extendió la suya:

–       ¡Salud! ¡Por las damas de Cuyo! – brindó ante el silencio del resto.

Volvió su vista hacia el reloj y agregó:

–       Quiero con sinceridad una vez más, que…

–       ¡Ya son las once, debemos marcharnos! – dijo una y arrastró a las otras.

Cuando las mujeres se retiraron con sus respectivas familias, Mercedes salió de inmediato y corrió por una bastante oscura. En quince minutos llegó a una casa un poco apartada del centro y dio tres golpes en la puerta.

De inmediato le abrió un joven y la hizo pasar. En la pequeña sala se encontraba otro joven, que descorchaba una botella de buen vino mendocino.

–       ¿Cómo fue? – preguntó mercedes con impaciencia.

El joven le alcanzó una copa.

–       Apenas las pude retener hasta las once. ¿Les alcanzó el tiempo? – Insistió mercedes, nerviosa.

El que tenía la botella en sus manos le hizo una seña a su compañero. Este salió por una puerta y de inmediato regresó con una caja desbordante de relucientes joyas.

–       Todo como lo pensamos – dijo – Nadie en las casas, los pocos esclavos, viejos y medios sordos, durmiendo en los fondos… Y como estaban unas pegadas a la otra y teníamos buena información… Empezamos a las diez y a las once menos cuarto ya estaba todo listo.

Mercedes tomó un puñado de joyas de la caja. Los ojos le chispeaban con el reflejo de los brillantes.

Uno de los jóvenes levantó su copa.

-¡Por el glorioso ejército de Los Andes!

-¡Por nuestras queridas damas cuyanas! – brindó Mercedes, con una sonrisa burlona en sus labios.

Texto: Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO)
Imagen: Caro Butron Avalos