Narrador mendocino. Se especializó en relatos breves para programas de radio. Fue un importante colaborador de la Bodega de Diablo, boletín cultural de la Red Eco Alternativo que salió durante diez años. Recibió el Gran Premio Vendimia de cuento en 1989 y 2002. Publicó entre otros trabajos: “El diablo, el hijo y el rayo”. Subsecretaría de Cultura de la Provincia de Mendoza. 2003. “Cuentos para matar… el tiempo”. Eco ediciones. 2006. “Pasajeros del penúltimo tren”, junto a otros tres autores. Eco Ediciones. 2007.


SONRISA

-Casi te mato mientras dormías –dijo él, de pie frente a la cama.
-Pero no lo hiciste –dijo ella, desperezándose entre las sábanas.
-Quise que me vieras sonreír –dijo él. Y apretó el gatillo.

FISONOMISTA

—¡Hola! ¿Cómo estás? —escuchó mientras cruzaba el lobby del hotel. La mujer, despampanante, suntuosas ropas, bebía un trago en el bar y lo escudriñaba ojos dulces, bronceados, sonrientes. Era evidente que aguardaba respuesta.
Perturbado, no la registraba, soltó un:
—Muy bien, gracias. ¿Y vos? —deteniéndose a un paso del saludo.
Ella, con sutil ademán, lo invitó a sentarse a su lado. Decidió ser honesto y, acercando su rostro al de la dama, confió:
—Perdoname, pero no te recuerdo. Tampoco tu nombre. ¿Dónde nos conocimos?
Ella, palideciendo la ofensa, musitó:
—Marta. Soy modelo. Nos conocimos en tu agencia. ¡Y hace cuatro meses que nos acostamos todos los jueves!
Él, sentándose nomás, buscó un cigarrillo, lo encendió y resolvió seguir siendo sincero, dijo:
—Martita, disculpame, pero con las piernas cerradas no te reconocí.

TRANQUILIDAD

Anoche, en el instante anterior a dormirme, creí que mis ojos deliraban. A través de la ventana, vi tres Lunas en el cielo.
Al despertar, me tranquilicé. Las Lunas ya no estaban. En su lugar, había tres Soles.

DISFRAZ

El otro día, viajé a Río a gozar del famoso Carnaval. Ya en el hotel, dispuesto a integrarme a la jubilosa multitud que colmaba las calles -y creyendo ser original-, me disfracé de Dios y salí. Fue una mala idea. Nadie pudo verme.

EL BAR DE LA ESQUINA

Un hombre camina por el centro. En el bar de la esquina, reconoce a un amigo que toma café en una mesa de la vereda. Hace mucho que no lo ve y decide saludarlo:
—¡Gordo, qué alegría verte!
—¡Hola, che!
—Hace minutos me encontré con el Loco Gómez, le pregunté por vos y dijo que habías muerto hace dos años. Quedé hecho bolsa, macho. Las güevadas que dice la gente, ¿no?
—No, che. No son güevadas.

VIDA DE UN CARTA

La señora Ángela viuda de Sosa, al cumplir ochenta años, escribe una larga y secreta carta a sus hijos Tita y Cacho.
La señora Ángela viuda de Sosa visita a un escribano y le encarga legal y reservada custodia del sobre y su encerrado contenido.
La señora Ángela viuda de Sosa perece a los noventa y dos años.
El notario se comunica con Tita y Cacho y les informa que la difunta dejó una carta para ser abierta después del fallecimiento de ella, que la tiene en resguardo y que pueden ir cuando quieran a fin de serles entregada.
Tita y Cacho se presentan ante el escribano y, de común acuerdo, declaran que desean que la carta sea destruida sin ser abierta. El profesional, en presencia de los interesados, procede a arrojarla entre las llamas de la estufa del estudio.
Tita, Cacho y el notario observan la muerte de la carta de la señora Ángela viuda de Sosa.

TEMORES LEJANOS

Cuando chico no me gustaba el circo. Me aterraban los payasos y temía a leones, tigres, osos y elefantes. Aunque todavía tengo miedo al recuerdo de aquel miedo, estoy mejor. Acá tuve hijos, siete esposas y, desde hace un mes, tengo novia nueva; los niños se divierten al visitarme y me regalan maníes y bananas. El resto de mi vida, espero, será amable. Solo me aflige morir sin saber qué es la libertad.


EXTRAÑA PAREJA

-Hay aroma a Big Bang, querido –dijo ella, oliendo el horizonte.
-Cierto, amor, y el Sol está asqueroso –dijo él, masticando un rayo.
-Lo suponía, porque la porción de Luna estaba cruda.
-OK. Tendremos que buscar otro lugar para comer. ¿Y qué hacemos ahora?
-El amor. El amor urgente primero. Y el amor lentísimo después. Y luego el amor urgente. Y después el amor lentísimo. Y de inmediato el…
-¿Dónde? ¿Acá?
-¿Quién nos va a ver? No hay nadie más en el Universo.
-Tenés razón –dijo él, mientras se desnudaban. Al instante, con sus lenguas, le lamió los ojos. Los cinco que ella tenía en la frente. En segundos, eran dos cuerpos -y un alma- acunándose en un lecho de estrellas.

MIEL

De pronto, se nubló y comenzó a llover. A llover miel. Cristalina, fluida, pura. Y mucho, como una tormenta de verano, pero de miel. Los que fueron sorprendidos, “mojados”, iban adhiriéndose unos a otros como si la lluvia de fuese de plasticola. Los que hacían el amor al aire libre permanecieron pegados por horas. Los bomberos lloraban de risa al manguerearlos. La gente, sobre todo los niños, se sentía feliz con el suceso. Algunos ponían tachos, baldes o frascos para guardar y saborear más tarde. Otros lamían y lamían. Otros-otros directamente abrían la boca al cielo. Los apicultores no estaban muy contentos que digamos. La tele dijo que por lo menos tres días. Y que, después, el sol se encargaría. Nadie supo que millones y millones de hormigas, moscas, cucarachas, arañas, garrapatas, langostas, avispas, ratas, abejas, piojos, lagartijas, ladillas, loros, mosquitos y bichos no identificados, se dirigían, por esas horas y en simultáneo, hacia la ciudad.

A DANIEL DEFOE

Hace seis años, mientras disfrutaba de un crucero por el Caribe, nuestro yate, tras una tormenta indecible, naufragó y se ahogó como un piedrazo en el mar. Los sobrevivientes, por un milagro que no puedo explicar porque no creo ellos, alcanzamos la playa de una isla desierta. Con el transcurrir, aprendimos a encender fuego, pescar y cazar, construimos una cómoda cabaña colectiva, socializamos y compartimos una vida de veras interesante. Somos cuatro, tres muchachas, que cuando el desgraciado incidente tenían veintidós años, y yo que entonces treinta y tres. A poco de salvarnos, sucedió otro milagro: flotando llegaron grandes baúles repletos de pastillas anticonceptivas, preservativos y píldoras para el día después. Todo bien. Sin embargo, ellas hace tiempo desean que nos rescaten. Que una veintena de hombres nos rescate. Yo, en cambio, me conformaría con que vinieran los muchachos del café. Para contarles.

CUENTO

El otro día, mientras hacía el amor, en la plenitud del orgasmo, se me ocurrió un cuento sobre la muerte.
Horas más tarde, ya en casa, escribí un cuento acerca de la vida. Este.

AMBICIONES

Cuando era niño, y tenía sueños bonitos, quería volar.
En la adolescencia, deseaba ser el amante de muchas chicas. También de unas cuantas damas casadas.
A los dieciocho, leer seis millones de libros.
A los veinte, premio Nobel de Literatura.
A los y cinco, como el Che.
A los treinta, sentir un buen-gran amor que durara hasta el fin de los tiempos.
Al cumplir cuarenta y cinco, alguien.
Poco antes de que la maldita muerte me matara la vida, árbol. Tan siquiera un sauce. Uno sin lágrimas.
Ahora, tan solo ansío recordar los recuerdos. Todos los recuerdos.


EN EL CIELO

Mora, lindísima castaña de seis años y medio, viajaría por primera vez en avión. Desde que supo que lo haría, cuatro días antes, no soltó palabra sobre el asunto.
Ahora, volando desde Buenos Aires a San Pablo, clava ojos y mente en la ventanilla. Ve las nubes blancas, ilimitadamente gordas, que las alturas muestran tras el vidrio. Absorta en el aéreo paisaje, muda, transcurre los minutos. Su madre, sentada al lado, quizá preocupada porque la niña persiste en su observar, dice:
—¿Qué mirás, Mora?
La pequeña mujer, vuelve del celeste horizonte y dice:
—No veo ningún muerto, mami. ¿Dónde están?

DESAYUNO EN LA CAMA

Despierto después de una noche, por fin, sin pesadillas. Estoy solo. Tengo una fiaca maravillosa. Y gigante. Me ordeno salir. De mi cuerpo. Salgo. Alguien va al baño, y luego a la cocina. Regresa con una taza de café bien cargado y tostadas con manteca y dulce de leche. Le digo: “Gracias”. Sonríe. Entra en mí. Desayuno. Desayunamos.

LLUVIA DE VERANO

El inoportuno celular repicó en la mesita de luz. Atendí.
-Che, te estamos esperando. ¿Venís a la oficina?
-Está lloviendo como loco, hermano. No voy.
-¿Qué decís, estás borracho? Hay un sol radiante.
-Mirá. Nos vemos mañana. Acá diluvia, y tengo acucharada y desnuda a una mujer que hace minutos se asomó por la ventana y dijo que llovía a mares. Y si ella lo dijo…

POR EL PARQUE

El hombre paseaba por el Parque San Martín cuando divisó el auto entre los árboles. Intrigado, se acercó. Dentro del vehículo, vio el cadáver desnudo de una muchacha desnuda. Intentó abrir las puertas, en vano. Corrió. Veinte cuadras después, se detuvo. ¿Y si no había muerto? ¿Y si aún podía salvarla? Volvió al lugar. El auto se hallaba vacío. Es decir, la mujer se había evaporado, pero, en el piso del asiento trasero, había una gran bolsa de nailon negra, como las de los consorcios, repleta de algo. Las puertas continuaban selladas. Se fue.
Al día siguiente, regresó. Tampoco el auto. Nada. Revisó el sitio. Ni siquiera huellas del rodado. Se sentó en un tronco caído. A un costado, advirtió tierra removida. Temiendo lo peor, cavó con sus manos. Encontró una bolsa de nailon negra, como las de los consorcios. Rasgó para ver. Estaba llena de billetes de cien dólares. Se marchó. Con la bolsa, se marchó.
Ahora, en su cabaña, intenta develar el enigma. Su cabaña en Las Bahamas.

MASTURBACIONES

La conocí en un cumple. Sonreímos, charlamos, subimos al primer piso y, en el dormitorio de la pareja anfitriona, tuvimos sexo apremiante por eternos minutos.
Durante largo tiempo perdimos contacto. No nos habíamos dado los nombres.
La encontré el cumpleaños siguiente, en la misma casa. A solas, le confesé: “Hace un año que me masturbo por vos. Te imagino desnuda y abierta para mí. Y otras cosas más”. Me estampó una cachetada inolvidable, y se mezcló en el gentío.
Al fin de la reunión, al amparo de un árbol en la vereda, me metió la lengua en el alma y susurró: “Yo me masturbé pensando en vos todos estos meses”. Y se fue.
No he vuelto a verla. Espero que sea en el próximo festejo. Hasta entonces, ya sabemos cómo y dónde hacernos el amor.


NOCTURNO

Son las tres de la mañana. El barrio duerme. También el gato en su sillón. El mundo de este lado del mundo hace silencio. Salvo mi soledad que suspira gritos. Mañana la llevaré al médico. Quizás esté enferma.

ALIENÍGENAS

“Siempre me atrajo la idea de la vida extraterreste. Hace poco, supe que, en Canota, se habían producido avistamientos de naves del espacio exterior. Lo comenté a la vecinita de enfrente, que comparte mis inquietudes. Pedimos una carpa, juntamos unos mangos, comida y demás cosas que necesitaríamos para la celeste experiencia. Pasamos el verano allí, dos meses y medio estudiando el cielo”, le dije al Cacho, un amigo de la oficina. “¿Y los alienígenas?”, dijo. Dije: “No sé. Jamás aparecieron. Pero volvimos llenos de estrellas”.

ADOPCIÓN

Estoy bien aquí en el Caribe. Y tranquilo. Aún me queda bastante de aquel dinero invertido. Empecé a escribir el libro que prometí, sobre mi vida y lo que tuvimos que hacer. Mi señora murió hace años y, a veces, me visita el hijo que adoptamos. Cuando le conté de su condición, comprendió de inmediato.
Tocan a la puerta del bungalow. Es mi hijo. Viene con dos personas. Son de Interpol. Tienen órdenes de llevarme a Buenos Aires. Me esposan. Mi hijo dice: “Yo les avisé, ¡hijo de puta!”. “¡Por qué!”, digo. “Por mis viejos”, dice y me escupe. Da la espalda. Se va.

CIERTO VIAJE, CIERTA BÚSQUEDA

Hace meses escribí por encargo la autobiografía de un poderoso multimillonario. Quedó muy complacido. Tanto que me ofreció lo que quisiera. Expresé que solo ansiaba una cosa. Dijo: “¿Qué?”. Dije: “Viajar en el tiempo. Volver a la adolescencia”. Dijo: “¿Por qué?”. Dije: “A buscar un amor perdido”. Dijo: “Hecho”.
Acabo de volver. Estoy en el aeropuerto, a punto de volar a Buenos Aires, ella vive allí. Cenaremos en San Telmo.


VOCACIÓN

Cuando definí mi vocación, me lancé de lleno a estudiar. Tres años después, la conocí y nos amamos sin límites. Una noche fui a saludarla y, a través del vidrio, la vi con un muchacho. Hacían el amor con la luz encendida.
Han pasado veinte años y, si bien hubo otras -aún las hay-, jamás pude quitarla de mi memoria. Ayer, la descubrí en misa. Se veía más hermosa que como la recordaba. Lucía feliz con aquel tipo y un par de adolescentes que serían sus hijos. Nunca podría haberle dado tanto. Hoy, hablé con el obispo. Accedió enviarme a otra ciudad.


FUTURO

Oí en la radio que australianos estudian el futuro en la Antártida. ¿El futuro de quién? Llamé a mis bisnietos –cuatro- y les conté. También de H.G. Wells. El más chico preguntó qué era el futuro. Le dije que nadie lo sabía. Que ni siquiera existía. Y que jamás lo conoceremos porque cuando llega ya no es futuro sino presente. Los besé con humedad, y regalé una bolsa con golosinas a cada uno. Ahora trato de dormir. Pero el insomnio me habla del pasado. Y del amor que entonces amé.

DESEO

Arrasado de calor, miró los oscuros nubarrones y deseó: “Ojalá llueva hasta el fin de los tiempos”. Veinte años de lluvia más tarde, lo sepultaron en el más alto de los cerros donde la ciudad había construido los cementerios. Medio siglo después, nacieron los primeros niños con branquias en la garganta y membranas entre los dedos. Aún llovía.

OJOS

Vine a un cumple en la montaña. Mucha gente. Había una muchacha… Había una muchacha… Sus desmesurados ojos verdes derretían la nieve. Encandilaban. No resistí. Fui. Dije: “Me gustás mucho. ¿Quién sos?”. Dijo que la novia del hijo del dueño de casa, el cumpleañero. Huí. Corrí. Caí al abismo. Jotes devoran mis entrañas. Por favor, si la ven, cuéntele. Pero no la miren a los ojos. Ciegan.

MAIL AL ABOGADO DEFENSOR

(Doctor, si es tan amable, hágale llegar esto, por favor. Muchas gracias)
“Lau, amor, por fin estoy en Praga. ¡Tanto que lo soñamos! Pintabas en el estudio, vi llegar el auto de la yuta, chapé la mochila con la guita y rajé por los techos. Cuando te larguen, venite. No puedo vivir sin vos”.

TÚNEL

Para escapar, cavé un túnel en mí. Fue inútil. Me esperabas en la salida.

¡BUEN VIAJE, AMOR!

Suspiré telarañas negras cuando dijiste que te ibas. Mi corazón se puso a llover. Ojalá tengás buen viaje, amor. Espero que alcancés a conocer Madrid antes de tomar las pastillas para la migraña que puse en tu cartera.

ENGAÑO GOURMET

Me comiste la cabeza, el corazón y el sexo. ¡Mentiste! ¡Dijiste que eras vegetariana!

PERMISO

Nos quemamos las bocas. Nos prendimos fuego. Hicimos fogatas con nuestras entrepiernas. Al otro día, la llamé, dije: “Hace tan poco que estás en mi memoria… ¿Me dejarías soñar con vos?”. Contestó: “Sí, claro, Julio, amor”. Me llamo Jorge. .

PEDIDO

Querida, hace meses que no sé de vos, espero que estés requetecontrabien. Te llevaste el tele, la pecé, la notebook, los cedés, el devedé, el microondas… También te llevaste mis sueños, ¿me los devolverías? Porfi. Estoy muy solo sin ellos. Dale. Ah, y ya que estás, también devolveme la cafetera. Besitos.

A VECES, LAS VECES…

A veces, las veces de las cosas terminan siendo las cosas de las veces. Otras veces, simulan ser las veces de las cosas. Y, la mayoría de las veces, las cosas se imaginan que son veces. También a veces, las veces creen ser cosas. Aristóteles dijo que las veces, a veces, fantasean con que son cosas y las cosas sueñan con ser veces. Entonces, ¿te quedarías conmigo algunas veces y hacemos ciertas cosas?

CAFÉ CON LUNA

Anochecía. Tomamos un café. En la esquina de la despedida, nos dijimos. Corrió, se le hacía tarde. Alcé los ojos. La Luna sonría. Espero que nos guarde el secreto.

ASFIXIA

-¿Qué te pasó, flaco? -dije, al visitarlo en el hospital.
-¡Por muy poco no morí asfixiado con saliva, hermano!
-¿Y cómo zafaste, llamaron a Emergencias?
-No, por un vecino solidario que tenía oxígeno en su casa.
-¡Fantástico, che! Supongo que le harás un regalazo…
-No, loco, no. ¡Me quiere matar!
-No entiendo. ¿Por qué?
-Porque se enteró de que la saliva con la que casi me ahogo era de su esposa.

LUNA

La otra noche en plena lluvia, tarde, llamaron a mi puerta. Abrí. Era la Luna llena, pidió permiso para entrar, dijo que no le gustaba mojarse. La dejé pasar. Se sentó en el sofá del living. Aceptó vodka y café. Preguntó por mi sentir. Le conté que nada, que nadie, que los milagros no existían, y que solo. Suspiró. Me descerrajó un beso –torrencial, lunático- en la boca y, desnuda, se metió en mi cama. Amanecimos juntos. No puedo decir más, pidió incondicional reserva. Voy a esperarla cada mes. Por ahí, quién te dice.

DESANGRE

-Se me desangró el alma mientras dormía, si viera cómo quedaron las sábanas… –le dije al médico.
-El alma no tiene sangre y los análisis están bien. Vaya a su casa y siga con su vida –dijo.
Pobre tipo, nunca estuvo enamorado.

RECIÉN PINTADO

El viernes por la noche, mientras volvía, vi un graffiti -recién pintado- a tres cuadras de casa. Decía: “No dejés para mañana el beso que podés dar hoy”. Mi mujer leía en la cama cuando llegué. Le di el primero de muchos. Dos horas después, exhausto, me escabullí y, con pintura y pincel que había en la cochera, fui hasta el graffiti. Con gigante trazo, a su pie, escribí: “¡Gracias!” Y me fui a dormir.

ANUNCIO

Ayer, pasé por uno de los restaurantes frente a la Terminal. Bajo el nombre del local, había un anuncio que me conmovió. Decía: “Acá se come bien”. Pensé en aplicarlo, con una mínima corrección, a mi negocio. Tengo un albergue transitorio.


TERAPIA INTENSIVA

El otro día, en un casorio, conocí a una atractiva mujer. Dijo que era psiquiatra. Dije que entre Freud y Lacan me quedaba con Cortázar. Charlamos, intercambiamos celus. Sonó el vals. No volví a verla. El viernes pasado, cuando crespusculaba, me sentí triste, bajoneado. Se me ocurrió llamarla. Dijo que me esperaría. En la ida, vi la frase en la pared. Bajé, compré dos con morrones y anchoas, Malbec y champán. Cuando abrió, la besé de una. Dije: Acabo de leer: “Como no sabía qué ponerne, me puse feliz”. Lourdes me hizo pasar. Dijo que sola hasta la noche del martes. Cuando regresé, martes por la tarde, ya no me sentía triste ni bajoneado.

PANCHOS

No ha mucho, harto de “fast food” se me ocurrió cocinar algo elaborado. Fui al almacén. Allí, dos jóvenes discutían de política y otras obscenidades. Como el dueño, inmerso en la polémica, demoraba en atenderme, alcé un tantito la voz y pedí salchichas y pan de panchos. Uno los cosos, alterado, dijo: “¿Usted cree que son más importantes las salchichas que sueños, utopías y esperanzas?”. Algo avergonzado, pagué y salí del local. Media cuadra más tarde, regresé y dije: “No, porque los sueños, las utopías y las esperanzas no tienen fecha de vencimiento”. Dicho, volví a casa. Los panchos me salieron riquísimos.

DIFÍCIL DE OLVIDAR

Un estampido. Los vecinos. El 911. La policía. En la penumbra, un hombre –joven- sentado a los pies de la cama y en estado de shock. El revólver humea en su mano. La mujer, muerta y desnuda, con dos pezones en la teta izquierda, enrojece las sábanas. Encienden. No son dos pezones, el otro es el agujero que dejó la bala. Lo desarman, esposan, lo llevan.
-¿Por qué la mató? –dice el fiscal.
-Porque pidió que la olvidara.
-¿Y?
-Era más fácil matarla que olvidarla, doctor.
-Sabe que pasará muchos años en la cárcel. ¿Qué va a hacer?
-Volver a matarla cada vez que la recuerde.

VOLANDO

Crepusculaba. En la esquina, nos robamos un beso pleno de jugos y se fue. Atravesé la Plaza Independencia volando sobre museo, fuentes, escudo, teatro, jardines y gente. Me regresó un chico de los puestos, dijo: “Maestro, tengo esto para ofrecerle”. No sé qué era. Dije: “Perdoname, estoy enamorado”. Dijo: “Lo felicito. Vaya”. Seguí y tomé el 5 que, justo, pasaba.

TRES SEMANAS

Mi corazón había muerto de hambre. Me lo resucitaste. No importa que retomaras tu camino. ¡Gracias, pasajera! Te debo la vida. Y el futuro.

HOTEL DE LOS SUEÑOS

Tomábamos café en un bar. La noche tenía prisa. Era la primera cita. Ella joven, linda y separada. Yo soltero involuntario. La atracción llevaba su tiempo. Nos conocimos en la presentación del libro de un amigo común. De pronto, un tsunami líquido comenzó a caer del cielo. Cuando botes pasaron por la calle, nos alarmamos. Alcé la vista. Enfrente, el cartel decía: “Hotel de los sueños”. Propuse. Fuimos. El conserje interrogó. Dije: “Hasta mañana, nomás”. Nos quedamos tres años. En ese lapso, terminé corregir y publiqué mi quinta novela. Empecé otra, y ella editó tres libros de cuentos infantiles. Me hice amigo del dueño y permitió cocina, heladera, pecés, visitas y fiestas de guardar. A los tres años, decidimos que un depto. o una casa por ahí cerca. Cuando salimos, quisimos un café, pero el bar era pizzería. A mitad de una con morrones y anchoas, inició la tempestad. Llovía de abajo hacia arriba, juro por Dios que llovía al revés. Cuando lanchas pasaron por la calle, sugerí. Mientras entrábamos, cesó el agua. El conserje sonrió al vernos. Dijo que nada habían tocado, que decidieron aguardar. Agradecimos. Al darnos la llave, preguntó. Sin mirarnos, dijimos a coro: “Toda la vida”. Obviamos el ascensor y, tomados de la mano, usamos la escalera.

PARADOJAS EN LA PLAZA

Había olvidado la índole del amor. Fumaba sentado en un banco y, confundido de paradojas, pensaba en cómo era eso de estar enamorado y, a la vez, sentir congoja. Había creído que el querer era pura felicidad. Pero la vio llegar y se le acabó la tristeza.

BRINDIS

El día nace raro. Hiede, tal si se quemara la basura, íntegra, del planeta. Hay un malón tormentas en acoso. Un relámpago, que imita un inmenso calambre de fuego entre las nubes, eclipsa orgasmos y suspiros. Y el trueno resultante retumba baldío en el espacio, como la voz de Dios en el Génesis.
En un boliche de los suburbios, dos jóvenes, casi ebrios, fuman en silencio. El dueño pretende que se vayan. Su mujer -lindísima como todas las mujeres-, piadosa, se sienta junto a ellos y ofrece, cómplice, un trago por cuenta de la casa. El esposo encoge los hombros, y sirve.
Llueve como jamás. El vendaval captura la circunstancia. El cielo se va al Infierno. Un océano de sangre de almas inunda las calles.
El casi ebrio número dos, levanta su copa y dice: “¡La vida es un largo insomnio y, cuando uno logra dormir, se muere!”.
Los cuatro brindan. La mujer -muy linda- rellena copas, mientras caen patotas de rayos y, enfrente, afuera, algo estalla. Los edificios se suicidan en masa. Abismos inciertos devoran los cantris. Felizmente, no corre Zonda. El Cerro de la Gloria resiste. También el Pasaje San Martín. Según internet, no hay que alarmarse.
El casi ebrio número uno, dice: “¡El amor es la recompensa!”.
La mujer –muy linda- besa las manos del casi ebrio número uno. Y luego las del dos. A su marido lo besa en la boca, con la boca abierta. Un rayo cae dentro del local. En el aire, hay presagio de terremoto. Se miran. Sonríen. Sonríen afectos. Vuelven a brindar. Abrazados, gritan: “¡El amor es la recompensa!”.
Y el mundo se acaba.

MATARLA

Insomniaba. Salí al patio y: “¡Odio la muerte! ¡Habría que matarla!”, grité a las estrellas. La oscuridad respondió: “Yo también. ¿Me ayudarías a hacerlo?”. Fui hacia la voz. La mujer era bellísima. No parecía mala, sino culpable. Elegante vestido negro, cabello largo, nocturno. No sé si tenía ojos, no pude vérselos. Con su brazo en mi cintura, esperanzó que quizá, juntos, podríamos. Con el mío sobre sus hombros, dije: “Claro, niña, aún creo en las utopías”. Me besó, tenebrosa, y comenzó a desnudarse. Yo ya lo estaba. Hicimos el amor, sobre el césped, hasta el Sol. Cuando despertamos, nos preguntamos si lo habríamos logrado. Puso su boca en mis ojos. Al abrirlos, había desaparecido. ¿Lo habremos logrado?

ERROR DE CÁLCULO

La psicoanalista dijo que habías abierto una ventanita en mi corazón. Se equivocó. Es un agujero.

EL BUEN DORMIR

Mi abuelo murió en los ‘50s. Hallé un libro de él en la biblioteca y, en el interior, de su puño y letra, leí: “Duerman desnudos cada noche, cada día, duerman desnudos siempre, y serán felices”. La ella que está a mi lado dice que el abuelo tenía razón.

ACÁ. AQUÍ. ALLÁ. AHÍ.

Las noches son interminables y dolorosas. Nada es eterno, pero esto se le parece. Nos conocimos en el infierno. Y nos separaron al salir. ¿Alguien sabe en qué habitación está?