Conventillo, eres dolor crudo

llaga viva; un día estallará
tu humor; blasfemia del hombre rudo
y mujeres que se reprimen,
y mancharás
la ciudad pedantesca
con tu hálito de vicio y crimen
y tu carcajada grotesca.

Raúl González Tuñón

En el año 1907 se produjo en Buenos Aires la llamada “huelga de inquilinos”, que reclamaba por la reducción de los precios de los alquileres, mejoras en los conventillos y garantía contra los desalojos 

—Pieza treinta y uno. Sí, allí vivía yo.
—¡Treinta y uno! ¿Cuántas había?
—Treinta y cinco; éramos como ciento ochenta;  San Juan al 600. No sé cómo debe estar ahora… Hace tanto que no voy.
Emilio hizo una pausa para alcanzarle un mate al Gallego. Entre las hojas de la higuera que los guarecía, se filtraban tibios rayos de sol que los acariciaba y hacían de ese espacio un páramo para gozar de la amistad.
—Las 14 Provincias, Babilonia, El Palomar…
—El Gallinero, Los Dos Mundos, el de La Paloma.
—Seis vivíamos en la pieza treinta y uno: Vittorio y Filomena, sus hijos más chicos, Antonio y José, Rosita y yo… Rosita…
—¡Ja! ¡Cada vez que la nombrás se te escapa un suspiro! —le palmeó la pierna el Gallego.
Emilio fijó su vista en la puerta de la calle. Entre el enrejado de alambre podía ver su barrio de tierra y de casas inconclusas; su pueblo de obreros de la construcción y de la carne, de pibes con gorras y mocos pegoteados en las mejillas rojas, de mujeres de pañuelos coloridos y bolsas de pan.
—¡El conventillo! Fui a parar ahí después de lo de Don Giuseppe.  Ese primero de mayo. Quedé solo; mejor dicho, desolado, y un paisano del viejo, también zapatero, se apiadó de mí; buen tipo ese Vittorio.
—Una boca más para llenar y un cuerpo para robar espacio en una piezucha de conventillo donde ya viven cinco, hablan de la bondad del hombre —acotó el Gallego.
—Para el puchero yo aportaba, porque empecé a trabajar en la fábrica de chocolate “Águila”. Casi todos los pibes del conventillo trabajábamos allí. Pero en lo del espacio tenés razón: ahí se cocinaba, se comía, se dormía… se vivía.
Un racimo de pibes que levantaban polvareda en la calle los distrajo. Varios mates acompañaron el silencio de Emilio.
—No pasó tanto tiempo, pero recuerdo todo como estampas que caen una sobre otra: la olla negra sobre el brasero, un invierno y los seis acurrucados, envueltos en una manta larga, un verano y todos con las bocas abiertas, robándonos el aire; el olor a carbón, mezclado con el de guiso y el de agua podrida;  el patio embanderado de punta a punta de ropa multicolor, las tardes y el griterío que vuela de puerta en puerta, las moscas que vuelan de plato en plato… las noches, cada uno en su catre; una velada sin dormir, por el dolor de panza de Antonito, otra sin dormir por los suspiros de Filomena.
—No es fácil suspirar rodeado de tanta gente —acotó el Gallego, mientras se hacía cargo del mate que dormía en las manos de su amigo.
—Al amor no le importa ni soledades, ni multitudes.
Emilio volvió a quedar estancado en algún recoveco de los recuerdos. Fijó su vista en la cortina verde que colgaba en la puerta de la casa y sus pupilas bailaron con la tela al compás de la brisa. El Gallego le sacudió el brazo.
—¡Eh! ¡Acá estoy yo, viejo!
A Emilio se le comprimieron los músculos de la cara.
—Don  Marcos
—¿Y quién es ese?
—Se notaba en la pieza cada vez que estaba por venir. Gritos, enojos de los padres, palizas a los chicos. Don Vittorio contaba la plata y movía la cabeza y Filomena con los labios apretados y los ojos duros atendía al cobrador, que ya venía de pelearse con varios inquilinos. Transpirado, con su cara roja y mofletuda, bigotes grasientos, ojos movedizos, lengua rápida y filosa: “O pagan todo o mañana mismo mando el desalojo, el patrón mandó a decir que se acabó; que al que debe más de un mes hay que ponerlo de patitas en la calle, que está cansado de ser bueno y que lo tomen de estúpido”. ¡Ja! Quince, veinte pesos por esa pocilga.¡Qué robo! Filomena no le decía nada, contaba y le entregaba los billetes con desprecio. Allí, agarrada de su pollera, Rosita… con sus ojos saltarines y su cabeza florecida de los pétalos rojos que crecían en su pañuelo.
Suspiró.
—En esa época fue lo de la huelga —intervino el Gallego.
—Primavera de 1907; no hace tanto. Como siempre Filomena hizo explotar la noticia que trajo de la calle y la expandió pieza por pieza: “No hay que pagar, la plata no alcanza, no hay que pagar, los de la calle Ituzaingó decidieron no poner un peso hasta que no bajen los alquileres”. Y al otro día en el patio, sobre un cajón de cerveza, un muchacho de gorra gesticulaba con los brazos en alto: “No permitamos más desalojos”, y gritaba: “¡Basta de pagar fortunas por este nido de ratas!” Y a la semana estar encerrado en la pieza con Antonio, José y Rosita, y los tiros afuera, y ella que temblaba entre mis brazos… que también temblaban, cuando los esbirros de Falcón empezaron a atacar a los conventillos que se negaban a pagar los alquileres.
—Otra vez Falcón.
—Sí, el mismo de ese día, cuando Don Giuseppe…
A Emilio se le cerró la garganta. El Gallego le alcanzó un mate que tragó de a pequeños sorbos.
—Alguna vez te voy a contar lo de la plaza Lorea.
El Gallego asintió con la cabeza y le alcanzó otro, donde los palitos de yerba ya flotaban. Agarró el mate, lo hizo chillar y siguió el relato:
—La huelga de los conventillos se extendió por todos los barrios: Concepción, Piedad, San Telmo, Balvanera. Después vino la gran concentración en la Plaza San Martín. Filomena peleándose con su marido: “¡Esta vez vamos todos!”. La marcha por la avenida, Filomena y un racimo de brazos a su costado, la mano transpirada de Rosita, anudada a mi mano transpirada, transmitiéndonos a través de los dedos los latidos de nuestros corazones. De nuevo los tiros, pero Rosita ya no temblaba como en la pieza, ahora miraba y corría, se agachaba como si jugara a las escondidas, anudada a mi mano; con su pañuelo de flores rojas envolviéndole la cabeza.
—Desde chico metido en líos: las concentraciones, la huelga en los conventillos, todas las de estos últimos años; tu mujercita se te va a cansar y…
Un grupo de mujeres se agolpaban en la puerta de calle. Emilio las saludó con un brazo en alto.
—¡Rosita, te buscan!
La muchacha salió detrás de la cortina verde con un bebé en sus brazos y su cabeza envuelta por un pañuelo de flores rojas gastadas.
— ¡Pasen! —les sonrió a las mujeres.
Emilio infló su pecho de orgullo.
—Está organizando el Comité de Solidaridad; ¡o te olvidas que mañana empezamos la huelga en los frigoríficos!

Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO) 

Imagen: Caro Butron Avalos