Este nuevo 2 de abril, vuelven los discursos sobre soberanía. Pero mientras se repiten palabras vacías, avanza un proceso mucho más concreto: la apropiación de los bienes comunes agua y glaciares en función de la ganancia de los grandes empresarios.

Hoy, los glaciares —reservas estratégicas de agua— quedan bajo amenaza para habilitar negocios extractivos. Detrás de estos proyectos están empresas como Río Tinto o Barrick Gold cuyos accionistas principales son capitales ingleses.

Pero el problema no es sólo quiénes son, sino para qué vienen.

¿Vienen a desarrollar el país?

No. Vienen a apropiarse de los bienes comunes a llevarse ganancias extraordinarias dejando contaminación y pobreza.

El agua, la tierra, el gas y el petróleo dejan de pensarse como condiciones para la vida de las mayorías y pasan a organizarse como fuentes de rentabilidad. Lo que debería ser un derecho, se transforma en mercancía. Y lo que es estratégico para un pueblo, se pone al servicio de intereses ajenos.

En ese marco, pierde sentido hablar de soberanía sin hablar de quienes controlan la riqueza.

Porque la dependencia no es sólo territorial. Es económica y social. Es la forma en que un país queda subordinado a las necesidades del capital global, funcionando como proveedor de recursos mientras su población ve deteriorarse sus condiciones de vida.

Eso es lo que nos coloca en una situación de subordinación: un país rico en bienes naturales, pero organizado para que esa riqueza no quede en manos de quienes lo habitan.

Y entonces, el 2 de abril deja de ser solo memoria para convertirse en una pregunta urgente:

¿Puede haber soberanía cuando el agua se entrega?

¿Puede haber independencia cuando los recursos estratégicos se explotan para otros?

¿Puede hablarse de Nación cuando la mayoría no accede a condiciones de vida dignas?

La apropiación de los glaciares, del agua o de cualquier recurso en función de la ganancia del capital no es solo un problema ambiental. Es un problema social y humano. Es también un problema de empatía.

Porque implica que unos pocos deciden sobre lo que todos necesitan para vivir.

Por eso, defender estos bienes no es solo una causa “nacional”. Es una necesidad del pueblo.

Y en ese terreno, la verdadera disputa no es entre banderas, sino entre quienes viven de su trabajo y quienes hacen negocio con todo y viven del trabajo ajeno.

Ni Malvinas para los ingleses ni el agua y los glaciares para el extractivismo (sea local o internacional).

El 8, cuando se trate la modificación de la Ley de Glaciares, ganemos las calles para derrotar la entrega de nuestros bienes comunes.

– Autoconvocados en defensa del ambiente RC

– La Granja Pueblo Monte

– – Vecinas y Vecinos Organizados

–  – Asamblea Cerro Azul Despierta

– – Asamblea Ambiental Cosquín