PABLO MARRERO
(Nos contaron el encuentro de Guayaquil entre San Martín y Bolívar, como un culebrón venezolano).
Boulogne Sur-Mer. 17 de agosto de 1850. 14 horas, 59 minutos.
El último trago de opio vive en el sabor de su boca. Acomoda su cabeza sobre la almohada y fija su vista en el cuadro que lo acompañó en su cuarto durante todos esos años. Esa figura presente en cada noche, antes de cerrar sus ojos; ese hombre que veló sus sueños y lo esperó despierto cada madrugada.
Ahora, apenas alcanza a ver el recuadro con una mancha borrosa en el centro, como si una placa salitrosa se interpusiese entre su vista y la pintura. “Simón”, dice con voz temblorosa, al ver un tenue movimiento en el centro del cuadro. “Simón”, repite al notar que la mancha deforme se desprende de la tela y cruza la placa salitrosa para tomar forma humana.
Simón: (se sienta al pie de la cama) Estoy acá.
José: (tranquilo; sin sorprenderse) Siempre estuvo acá, Libertador; en este cuarto, en compañía de mis lúgubres pensamientos nocturnos y mis renovadas ilusiones mañaneras.
Simón: Y yo todos estos años tuve cerca al Protector de los Pueblos; tan cerca como nunca antes lo había tenido.
(Silencio)
José: Se acaba mi tiempo.
Simón: El mío ya se terminó hace mucho.
José: Y las esperanzas que construimos durante tantos años, también.
Simón: (suspira) Sucre muerto, la Gran Colombia despedazada…
José: Artigas en el exilio, Bernardo asesinado, el Perú…
Simón: La gran Patria Americana… (cambia de semblante) ¡Cuántas idioteces hicieron correr sobre lo de Guayaquil!
José:(sonríe) ¡Y cuántas más van a decir! Cada uno escribirá una historia de acuerdo a lo que le interese. Como sólo estuvimos usted y yo, a los demás sólo les queda inventar.
Simón: Buenos tiempos aquellos…“Una sola debe ser la Patria Americana”.
José: Buenos tiempos… “Seamos libres y lo demás no importa nada”. ¡Ja!
Simón: (abre sus brazos) “Unión, unión y seremos invencibles”.
José: (hace una mueca) ¡Ja! Justo lo que faltó. Qué cosa; andar de un lado al otro de nuestra América del Sur, pelear en cada rincón del continente por la libertad y siempre ser un sospechoso en mi propio país. ¡Qué destino el mío!
Simón:(enojado) ¡Pero no sea ingrato, hombre! O se olvida de su ejército; de los negros, de los indios. ¿Ya ha dejado de ser agradecido con ese pueblo cuyano que lo dio todo para el cruce de Los Andes?
José: ¡Nunca!
Simón: (se pone a caminar por el cuarto) Pero la verdad que tiene razón. ¿De qué sirvió todo nuestro sacrificio? América no es gobernable. Aquellos que favorecieron la revolución son como los que aran en el mar.
José: (se levanta y apoya su espalda sobre la almohada. Mira a Simón con el ceño fruncido) ¿Y quién le dijo a usted que eso es algo inútil? Aramos en el mar para hacer olas; olas que una y otra vez llegan a la costa, mojan al pueblo y lo invitan al desafío de arar en la tierra…
Simón: (sonríe, se acerca a la cama y le toma una mano) Venga; levántese. (José se incorpora ayudado por Simón, y se para al lado de este) Desde Guayaquil que espero volverlo a abrazar.
(Se anudan en un abrazo. Se separan y se miran)
José: ¿Y ahora?
Simón: Sigamos arando en el mar.
Caminan hasta traspasar la placa salitrosa. El reloj de la pared marca las tres de la tarde.
Texto: Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO)
Imagen: Caro Butron Avalos




