(En enero de 1802 una expedición militar francesa de 24.000 hombres, al mando del cuñado de Napoleón, el general de brigada Charles Víctor Emmanuel Leclerc, invadió a Haití. Dos años después se produjo allí la primera revolución independentista en el continente que estableció el fin de la esclavitud)

La noche sin luna cubre con su manto oscuro el pequeño cuarto. Una vela lagrimea sebo y dibuja un hongo amarillo sobre la pared. Los tambores avanzan desde muy lejos. El tam-tam se acerca como una ola que se agiganta al arrastrar el agua para reventar contra las rocas de la costa. Llega hasta un parche que toma la posta y corre hacia otro que se comunica con otro y otro más, hasta penetrar en la hacienda, vencer las paredes del cuarto, entrar por un oído, salir por el otro, saltar a otro tambor, correr hasta otro más lejos, picar hacia otro, aún a más distancia y por fin perderse en el horizonte del sonido. Ya no se alcanza a percibir hasta donde llegó ese tam-tam que se fue y aparece otro tam-tam que llega, para traer ese negro presagio.

Abre los ojos. Siente su cuerpo como una madera ardiendo. Gira la cabeza y una puntada le penetra como una puñalada en la nuca. Después de un repetido parpadeo, concentra su mirada en la llama de la vela y sus pupilas bailan al compás de ésta. Tras un instante, ese movimiento se vuelve a sus ojos más lento, como el ondular sensual del cuerpo de ella… Paulina cuando camina, cuando mueve sus caderas de aquí para allá y de allá para acá, Paulina de atrás, la carne voluptuosa que sube de un lado cuando baja del otro… piel de leche, aroma a sexo. ¿Por qué abrazado a este fuego? En este cuarto negro, en esta noche negra, en este infierno negro. No es esta la vida. Nuestro lecho; pezones con pezones, piernas anudadas, labios pegados, lenguas que acarician como médulas y derretirse en saliva para después zambullirse en el vino fresco… Esa es la vida…

Una brisa que penetra una ventanuca acaricia la llama de la vela que se retuerce para un lado y para el otro hasta formar un pequeño sombrero. ¿Es usted Señor? El general Leclerc intenta ponerse firme en la cama para saludar al gran Corzo, pero una puntada en el estómago lo dobla y vuelve a caer. Dis… disculpe Señor, acá el general Leclerc en Saint-Domingue. Quisiera con todo respeto… tengo una pregunta y espero no enojarlo, no piense en mi grado militar; véame tan solo como su cuñado y entonces… Señor, por favor respóndame: ¿Por qué? ¿Por qué este castigo? ¡Esto no es la guerra! Tambores, dioses extraños, danzas, gritos, maleficios. ¿Dónde está el ejército enemigo? Ese que enfrenté en el desembarco y que después de una ardua lucha derroté. No tardé mucho en enviarle a su jefe a París para que se pudra en la cárcel. Ese ejército no existe más, pero yo siento que se bifurcó por todos los rincones de la isla para aparecer en cualquier momento y desde cualquier lado. El enemigo son esos tambores que machacan mi cabeza; el enemigo palpita en el agua, en el fuego, en el aire. Está presente en esta noche negra, en este féretro que tengo como cuarto. Y esta fiebre que me cuece las tripas, el cerebro, el corazón. Esto no es guerra; no como las suyas Señor, que enfrenta ejércitos a lo largo y ancho del mundo; soldados con uniformes, marchas, formaciones, banderas, que toman posiciones. Esto no es guerra; esto no es vida… la vida quedó allá, del otro lado del océano, con sus palacios y sus jardines, las noches de galas, los bailes  y los banquetes con sus vinos… y las mujeres tan delicadas, para comérselas despacito, bocado a bocado; no estas brujas negras de almas criminales, que solo me miran para… Allá está la vida, Señor; acá la muerte. Negra la muerte, como este cielo, como esta tierra y como todos los salvajes que la habitan. Lo único que da vida a este infierno es lo único blanco que existe en él: el azúcar. Sí; blanca y dulce como las mujeres francesas… Paulina.

Un rumor creciente de tambores lo estremece. Ya vienen. Se sienta en la cama y esta empieza a girar como un bote en el centro de un remolino de agua. No puede acertar al tacho del suelo. El vómito negro se convierte en otro manchón negro de la colcha ennegrecida. Su cabeza cae sobre la almohada y nota como el hongo amarillo de la pared empieza a cerrase sobre sus ojos.

El general Leclerc había sido vencido por la fiebre amarilla. Su Ejército Imperial sería vencido por ese pueblo negro, tan negro como el último vómito del general.

Texto: Pablo Marrero. Escritor. Integrante de Red Eco Alternativo (de su libro: LA HISTORIA A PURO CUENTO)
Imagen: Caro Butron Avalos