Paola Aroca es la cuñada de Pablo Vera. Siendo uno de los principales motores de la lucha por el hermano de su compañero, la joven fue una de las secuestradas por la policía el viernes, tras conocerse la confirmación de la excarcelación del policía asesino Jorge Villegas. En diálogo con El Zumbido, contó todo lo que le hicieron desde que la sacaron de los pelos de la camioneta hasta que gracias a la movilización fue liberada (por El Zumbido).
Le cuesta caminar. No puede girar el cuello ni levantar los brazos. Está con hemorragia ginecológica. Habla y se le llenan los ojos de lágrimas. Pero igual está frente a la comisaría tercera, sentada y repleta de bronca, esperando a que liberen a los diez chicos que aún están detenidos ahí junto a los que permanecen en la 21 de Fiske Menuko (Roca).
Tuvo cuatro cesáreas y hoy todavía amamanta al más pequeño de sus hijos. A las policías que la torturaron no les costó encontrar su punto débil.
“Nos estábamos yendo cuando nos vinieron a agarrar”, cuenta Aroca y mueve las manos. “Fue sobre la calle Maipu, yo ya me estaba subiendo a la camioneta”, narra: “a mí me agarraron de los pelos y me sacaron arrastrando”. Acababan de terminar la protesta contra el fallo judicial que confirmaba la terrible decisión de mantener al policía Jorge Villegas en libertad. Los uniformados llegaron, reprimieron con balas de goma y gases y se llevaron a veinticuatro personas, sin importar que hubiera menores de edad y una mujer embarazada de ocho meses.
Golpearon a todos y a todas por igual, sin distinción de sexo ni de edad. Los llevaron a la comisaría 21.
“Me pegaban patadas y piñas”, recuerda, “sobre todo en los ovarios y las patadas más fuertes eran ´allá abajo´”. Dos mujeres fueron las encargadas de su tortura: “no me voy a olvidar de sus caras”.
Pero los tormentos para Paola no fueron solo físicos –aunque aún padece los golpes y tiene turno para hacerse una ecografía el lunes porque no para de sangrar-. Su hijo de trece años también fue detenido y escuchó como lo torturaban. Además, la amenazaron con que lo iban a matar.
“Me decían que era la cabecilla del grupo, que esto recién empezaba, que después venía lo peor”, cuenta. “Me dejaron de pegar recién cuando llegó Victoria (Naffa, la abogada)”, a la noche la liberaron, junto a las otras tres mujeres –una embarazada de ocho meses, la mamá de la hija de Pablo Vera y una adolescente- y a seis menores de edad. Ninguno salió ileso.
“El médico forense nos revisó así nomás, nos hizo levantar un poco la remera y no quiso ver todos los golpes”, asegura: “y cuando fuimos a hacer la denuncia a la fiscalía se reían de cómo caminábamos, se burlaban”.
Hoy, Paola lo cuenta con dolor, pero sigue y va a seguir pidiendo justicia por Pablo Vera, mientras resiste por la libertad de quienes todavía están presos de la policía rionegrina.
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