Alfajores Havanna: entre el ADN argentino y la transgénesis

"Hay matrimonios por interés que poco tienen que ver con la memoria afectiva de un pueblo. Los alfajores Havanna serán –como definió la periodista Soledad Barruti- una suerte de caballo de Troya. Porque contendrán en sus entrañas un particular trigo resistente al poderoso herbicida glufosinato de amonio. Que ya carga con prohibiciones en varios países por su toxicidad aguda y sus efectos “cancerígenos, neurotóxicos y genotóxicos”, como definió en APe el abogado Marcos Filardi hacia octubre de 2020".

(Por Claudia Rafael-Agencia Pelota de Trapo) Argentina- De aquellas viejas marcas constitutivas del ADN argentino poco queda. De Grafa, Ombú, Bagley, Criollitas, la puja Tita-Rodhesia o la marplatense por excelencia Havanna hoy hay que buscar sólo los restos arqueológicos de sus orígenes con la certeza de que su presente se juega en la bolsa. Hay que bucear en la memoria de las clases media y trabajadora para recordar que un viaje a Mar del Plata era imposible de probar si no se regresaba con una más chica o más grande caja de alfajores o de conitos de dulce de leche con el papel dorado o plateado. El tiempo y las alianzas económicas se encargaron de disolver esas memorias. Y si alguna huella afectiva quedaba, el flamante vínculo entre Havanna y Bioceres, creadora del primer trigo transgénico del mundo (la tecnología HB4 permite una mayor resistencia a las sequías), se encargará de diluir por completo.

Cuando en 1954, Juan Domingo Perón dejaba inaugurado el Festival de Cine de la ciudad balnearia, decía que “el 90 por ciento de los que veranean en esta ciudad de maravilla son obreros y empleados de toda la patria”. Ya por entonces Havanna era una realidad tangible y los empresarios  Demetrio Elíades, Luis Sbaraglini y Benjamín Sisterna festejaban su gran hallazgo y el crecimiento financiero que les comportaba. Elíades, boticario griego, construyó de alfajor en alfajor el más alto edificio de la ciudad. Una torre de 40 pisos con siete departamentos cada uno que rozó los 125 metros de altura y que durante larguísimo tiempo fue imposible de empardar o superar.

havannaHace tiempo ya que Havanna no es del trío creador. Y no es un alfajor de nostalgias. Menos aún, un producto únicamente comercializado en Mar del Plata con lo que perdió hace rato la mística que lo definía. Es propiedad del fondo Inverlat que preside Chrystian Colombo, que no es un nombre menor. Colombo fue el último jefe de Gabinete de la Alianza antes de la debacle y del helicóptero que se llevó a De la Rúa. Pero como en todo gran negociado –más o menos oscuro que se precie- quien tiene alfajores también puede dedicarse a las autopartes, a las prendas de vestir, a las operaciones en bolsa. El fondo Inverlat cuenta además entre los socios a los banqueros Carlos Giovanelli, Guillermo Stanley, Damián Pozzoli y Ezequiel Carballo, directivos del banco Macro y dueños de las acciones –además de Havanna- de Reef, ICSA y Aspro, entre tantas otras firmas.

Bioceres, la otra gran firmante del convenio para los nuevos alfajores Havanna a base de trigo transgénico, anunció hace poco menos de un mes su gran escalada en la bolsa al punto tal de que su CEO, Federico Trucco, tocó de forma virtual la famosa campanada de apertura del Nasdaq Global Select Market. Que es la bolsa con más valores de intercambio en todo el mundo. En nombre de una firma, Bioceres, que nacía en Rosario en los mismos días en que Colombo caía del gobierno aliancista y el hambre, la represión y la tragedia asolaban al país. Y en los que, dentro de la misma Rosario, un grupo de policías asesinaba a balazos a Pocho Lepratti.

Hay matrimonios por interés que poco tienen que ver con la memoria afectiva de un pueblo. Los  alfajores Havanna serán –como definió la periodista Soledad Barruti-  una suerte de caballo de Troya. Porque contendrán en sus entrañas un particular trigo resistente al poderoso herbicida glufosinato de amonio. Que ya carga con prohibiciones en varios países por su toxicidad aguda y sus efectos “cancerígenos, neurotóxicos y genotóxicos”, como definió en  APe el abogado Marcos Filardi hacia octubre de 2020.

Pero con un detalle que determina la expansión exponencial de la toxicidad del que se aprovechan los empresarios envenenadores seriales. Si hasta ahora, el grueso de las fumigaciones se concentraba entre la primavera y el verano, con el trigo –un cultivo propio del invierno- el glufosinato de amonio envenenará durante las épocas más frías en las que, además, preponderan las enfermedades respiratorias.

Mientras todavía recorre los vericuetos de la burocracia judicial  el amparo presentado por productores agroecológicos, asambleas socioambientales y pueblos originarios para frenar en la geografía bonaerense el avance del trigo transgénico, la sociedad Havanna-Bioceres se anuncia con bombos y platillos para que el exquisito dulce de leche y las múltiples variaciones de chocolate se entremezclen con el trigo rociado con glufosinato de amonio. Son luchas de davides contra poderosos Goliats que se ocultan dentro de los mismos organismos que operan desde el Estado. Como Senasa (Servicio Nacional de Sanidad Agroalimentaria), que en 2016 le hizo un guiño a la tecnología HB4 en la producción de trigo y  la Conabia (Comisión Nacional de Biotecnología) dos años más tarde.

Todo está atado al beneplácito de Brasil (primer importador de trigo argentino) para aceptar que la transgénesis irrumpa de lleno en su cultivo. Para entender qué implicancia tiene, hay que apelar a los datos oficiales de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires que a inicios de 2021 anunció que el trigo registró  una cosecha de 17 millones de toneladas. Que podría implicar el ingreso de divisas al país por un total de 3.000 millones de dólares y una recaudación fiscal de unos 900 millones de dólares.

Hay victorias arrasadoras en la vida de los pueblos que están atadas íntimamente a los sostenidos trabajos de hormiga de las sociedades. Hay otras, en las que el poder financiero de los marioneteros de la historia obliga a redoblar la apuesta y a multiplicar el grito ahogado de los sumergidos.

“Sabemos que no hay tierra ni estrellas prometidas”, escribía León Felipe. Pero también sabemos que hay mucha tierra e innumerables estrellas por recuperar. Como escribe la antropóloga Patricia Aguirre en “Una historia social de la comida” para que haya algún futuro hay que cambiar la historia. Porque antes de que la lógica de la ganancia de mercado termine de convertir el planeta en un shopping para pocos, podemos y, sin duda debemos, producir nuestra comida con sustentabilidad, distribuir nuestra comida con equidad y consumir nuestra comida en comensalidad".

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