Red Eco Alternativo ***

“Nuestras primas siempre buscaron un mundo mejor”

Este miércoles declararon tres primxs de las hermanas Dora, Argentina y Arlene Seguel, que fueron testigxs del secuestro de la segunda, dando detalles de su detención. Tras esas exposiciones, el Ministerio Público Fiscal pidió la ampliación de las acusaciones por violencias sexuales contra 12 genocidas, incorporando tanto el episodio de abuso que sufrió Dora Seguel en Cutral Co como las violaciones a Argentina Seguel y a Alicia Villaverde. Por El Zumbido (RNMA).

El 14 de junio de 1976, Leonor Urquiza recibió la noticia de que su prima Arlene Seguel había sido secuestrada en Cutral Co. Ella vivía en Fiske Menuko (General Roca, Río Negro) y decidió junto a su madre y a su hermano venir a Neuquén, a sabiendas de que la familia Seguel también lo haría, para acompañar en la búsqueda de la joven militante. Este miércoles declaró en el séptimo juicio por delitos de lesa humanidad en la región y contó que al llegar a la casa donde se reunirían (de Filomena Hernández y Rubén Sandoval, que también declararon en la misma audiencia) quedaron solxs porque lxs dueñxs de casa tenían pautada una cena de la que pretendía traer información sobre lo sucedido con Arlene.

Era de noche y “sentimos que golpeaban la puerta, yo no podía abrir porque tenía una dificultad la traba, entonces abro el prestillo y pude ver a una persona de civil con un fusil, diciendo que venían a hacer una requisa”. Lo hizo pasar por el garaje y el represor ordenó que la madre y el hermano de Leonor se quedaran en su vehículo, afuera de la casa, donde permanecieron encerradxs hasta que se fueron. Había además otro auto con genocidas y un camión del ejército.

“No tomaba dimensión de lo que estaba pasando”, aseguró la prima de las hermanas Seguel, que trabajaba en el hospital de Fiske Menuko y que si bien tenía noción de la situación represiva “no alcanzaba a medir la dimensión de la situación”. El único represor que estuvo adentro, a quien definió como de unos 30 años, revisó los dormitorios y le preguntó por Argentina. La mujer respondió con la dirección de la casa en la que estaba cenando: “después me enteré de la otra parte de la historia”.

Urquiza contó que en un momento pidió ir al baño y el represor no le permitió ir sola, tampoco le permitió cerrar la puerta aunque ella exigiera intimidad. Ella lo increpó “’¿por qué hacés esto?’, le pregunté, si tenía hijos, qué pasaba; no respondió ninguna de mis preguntas”. Aseguró que “de alguna manera también sufrimos ese atropello: mi hermano y mi madre encerrados en el auto y yo encerrada sola con ese tipo armado”, al menos por media hora: “de alguna manera lo que sufrimos fue un secuestro”.

El mismo 14 a la noche, Urquiza, su madre y su hermano regresaron a Fiske Menuko y asegura que estuvieron siendo vigiladxs: “un día fue gente de civil a la casa de mis padres mientras yo estaba en el hospital a preguntar por mí”, recordó.

La mujer narró también que en Cutral Co, en el allanamiento que hicieron los represores en casa de la familia Seguel el día que secuestran a Dora, estaba su hermana Mabel Urquiza, ya fallecida, que embrazada de ocho meses fue abordada y manoseada por represores.

Filomena Hernández es otra de las primas de Dora, Argentina y Arlene Seguel y también declaró este miércoles en el juicio Escuelita VII. El 12 de junio de 1976 se enteró que había sido secuestrada en Cutral Co la mayor de sus primas y desde ese momento se puso a disposición de sus tíxs para colaborar con la búsqueda, por lo que ellxs con Argentina viajaron a Neuquén al día siguiente. Su marido Rubén Sandoval era trabajador de Aerolineas Argentinas, por eso tenía vinculaciones que podían ayudar a conseguir información: a través de su jefe consiguió una entrevista con el entonces jefe de la sede neuquina de la policía federal, genocida fallecido impune Jorge Ramón González.

Sandoval fue el último en declarar este miércoles y contó que se reunió con el genocida para preguntarle por Arlene Seguel y recibió como respuesta que no había información, pero que “los terroristas se están matando entre ellos”. De ahí se fue a la SIDE, también a partir de un contacto, donde negaron tener datos sobre lo que estaba sucediendo. Su padre trabajaba en la parte de documentación de la Policía de la Provincia de Neuquén y le contó que “por ahí pasaban detenidos pero no sabía nada”, aunque sí le hizo otro contacto: el comisario Vargas, que, según le dijo, era quien estaba a cargo de los operativos.

A medida que avanzaban y no encontraban ningún dato que pudiera esclarecer qué había pasado con Arlene Seguel, al padre de Sandoval se le ocurrió organizar una cena con unxs amigxs en común que tenía con un policía federal de apellido Ricomini, y allí fueron junto a Filomena Hernández, Flora Betancourt y José Seguel (xadres de Arlene) y Argentina Seguel. Durante la cena en el departamento al fondo de una casa en calle Talero, el represor comentó que “estaba muy cansado porque había llevado a una guerrillera muy peligrosa a un departamento de Buenos Aires” y ahí supieron que no obtendrían lo que buscaban.

Filomena Hernández recordó que con Argentina fueron al baño a comentarse “que no nos iba a dar ninguna información”; cuando volvieron a la mesa “mi suegro le dice que lo habían invitado para pedirle información porque durante el secuestro de Arlene habían presentado credenciales de la Policía Federal, él se quedó en silencio y preguntó cómo era ella, le dimos características y nos dijo que no la conocía y no podía hacer nada”. Rubén Sandoval aseguró que el represor “se mostró muy sorprendido cuando le preguntamos por Arlene”.

La mujer continuó contando que “en eso llaman a mi suegro de la casa de adelante avisando que lo buscaban dos policías de civil, que en realidad buscaban a Argentina”. Recordó que “salimos todos, los dos polícias de civil estaban sin armas, los conocíamos, uno era Francisco Cháneton”, a quien Rubén Sandoval declaró conocer del correo, ya que además de ser policía federal “trabajaba” como telegrafista. Eran los mismos represores que habían estado en la casa del matrimonio antes, amedrentando a la otra parte de la familia.

“Abrí los brazos cubriendo a mi tía y a Argentina y les dije que no se llevaban a nadie”, narró: “entonces Cháneton le dice a mi suegro que haga callar a su nuera o me iban a tener que llevar a mí también”. Sandoval recordó que “Argentina dijo que no se preocupen, que seguro le hacían algún interrogatorio y la devolvían”.

La madre y la prima de Argentina quedaron llorando y el represor con el que cenaban se fue sin que se dieron cuenta, incluso dejando a su familia en el lugar, a quienes tuvieron que llevar a su casa. “Fue otro estado de desesperación para la tía, no solo no consigue nada de Arlene, sino que además se llevan a Chichita (Argentina), fue todo muy grave”, aseguró Sandoval.

“Ahora buscábamos a dos”, lamentó Hernández, que junto a Sandoval siguieron acompañando a sus tíxs en la búsqueda de sus hijas, llevándolas a reuniones y colaborando en lo que se les permitía. Un día, “al tiempo, mi suegro me dijo que le había dicho Vargas que no investigara más o se iba a ver obligado a tirarme droga en el jardín para llevarme”, relató la mujer: “nos vigilaban con un auto sin patente, por lo menos seis meses nos estuvieron vigilando”.

“Cada vez empeoraba más la situación, había más secuestros y más operativos”, remarcó Sandoval y contó que se enteraron del secuestro de Dora, de que las habían tenido en Bahía Blanca y que las habían dejado en libertad.

“A Arlene la vi por última vez un día que estaba estudiando acá y se quedó a dormir en casa; esa noche me contó que había estado haciendo un trabajo de campo en un barrio y que había visto a niñitos durmiendo sobre cueros de chivo meados y me dijo que ella iría al cementerio a sacar todas las puertas para hacerle casas a esa gente”, recordó Hernández.

Sandoval pidió “que esto sirva para poder aclarar y que se haga justicia” y que “no vuelva a ocurrir” por “nuestros hijos, nuestros nietos y todas las nuevas generaciones”.

Las primas de las hermanas Seguel, Leonor Urquiza y Filomena Hernández, recién se enteraron de todo el horror que vivieron durante sus cautiverios con las declaraciones de Dora Seguel de este juicio.

Genocidas y violadores
Luego de las declaraciones, el Ministerio Público Fiscal pidió la ampliación de las acusaciones por violencias sexuales para doce de los genocidas imputados. En relación a ese tipo de delitos, de lesa humanidad pero separables del resto de las torturas por los métodos y finalidades perseguidas por su perpetuación, hasta el momento solo estaban imputados cinco por las violaciones a Dora Seguel, pero ninguno por el abuso sin acceso carnal que sufrió a sus 16 años en el mismo celular en el que fue posteriormente violada (que relató en el juicio y en una entrevista con El Zumbido), por la violación ejercida a Argentina Seguel (también relatada por su hermana, aunque ella misma llegó a denunciarla frente a la OEA en 1978) y por la violación ejercida a Alicia Villaverde, desprendida de los testimonios de su hijx César Altomaro Villaverde y Eleonora Villaverde y quien fue su compañero tras su vuelta del exilio, Pablo Arroyo, en este tramo del juicio.

La fiscalía pidió que el genocida Oscar Lorenzo Reinhold, ya imputado como partícipe primario de las violaciones contra Dora Seguel, sea indagado como coautor del primer abuso que relata la mujer y como partícipe primario de las violaciones de Argentina Seguel y Alicia Villaverde. Por su parte, los genocidas Jorge Eduardo Molina Ezcurra, Sergio Adolfo San Martín, Jorge Héctor Di Pasquale ya estaban imputados como partícipes necesarios en la misma violación que Reinhold y se pretende que se los indague en igual calidad por los hechos incorporados. Para el genocida Osvaldo Bernardino Paez también se pide la incorporación de la indagación como partícipe necesario del primer abuso a Dora Seguel y las violaciones contra Argentina Seguel y Alicia Villaverde. Los genocidas Norberto Eduardo Condal, Jorge Horacio Granada, Carlos Alberto Taffarel, Walter Bartolomé Tejada, Juan José Capella deberían ser indagados como partícipes necesarios de todos los abusos sexuales a los que fueron sometidas las tres víctimas y, por último, los genocidas Raúl Antonio Guglielminetti y Jorge Alberto Soza en calidad de partícipes necesarios por la violación de Alicia Villaverde. Solo tres genocidas no quedarían imputados por este tipo de delitos.

El fiscal José Nebbia argumentó que “no es posible pensar el abuso en la privación ilegal de la libertad, los tormentos y todo el derrotero que pasaron las víctimas antes, durante y después de los hechos”, en el marco de una extensa exposición sobre la importancia de la autonomía de los delitos vinculados a las violencias sexuales y el porqué de cada acusación: “los abusos fueron parte de las ilicitudes tendientes a los planes genocidas”.

Nebbia recordó que hay muchas mujeres –y agregamos: hombres e identidades disidentes- que no pudieron denunciar las violencias sexuales y que las que sí lo hicieron lo vienen relatando hace años, por lo que la justicia no puede seguir ignorándolas. Pidió al tribunal “que se ponga los anteojos con perspectiva de género”.

Las querellas del Ceprodh y la APDH adhirieron al pedido y las defensas pidieron una semana para analizarlo, por lo que el tribunal decidió que la próxima audiencia, el 12 de mayo, se utilice para resolver el pedido y se suspendan las declaraciones testimoniales fijadas para esa fecha.

Tras la audiencia, Nebbia aseguró que “las víctimas, y sobre todo Dora Seguel fue muy clara cuando explicó y aportó nuevos detalles, las testigas de concepto Rita Segato y María Sonderéguer aportaron mucha información que nos permiten entender bien el fenómeno y vemos la incoherencia de llegar a este debate con algunos sí acusados de las violaciones y otros no y por algunas sí y por otras no”.

 

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