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Desaparecer: Alegato contra la retórica del monstruo

publi cocacolaEra un sábado por la mañana y estábamos sentados alrededor de la mesa del departamento de nuestro director después del ensayo de una obra de teatro cuando escuchamos un ruido extraño en el pasillo. El dueño de casa rió y comentó que la gente de ese edificio era bastante particular. Dijo, a modo de ejemplo, que años atrás un vecino de unos 65 años había mantenido secuestrada a su propia mujer en su departamento durante meses. Fue entonces cuando la asistente de dirección recordó que el mes anterior había decidido llamar a la policía porque, por enésima vez, la habían asaltado los ruidos que producía al otro lado de los azulejos la cabeza de su vecina al estrellarse como un martillo en manos de su marido. Media hora después, 4 de los 5 que estábamos reunidos habíamos rememorado una o varias historias similares. Por María Belén Rizzo para Red Eco.

(María Belén Rizzo para Red Eco) Argentina - La semana pasada los nombres de Marina Menegazzo y María José Coni se sumaron a los de Melina Romero, Candela Sol Rodríguez, Marita Verón, Fernanda Aguirre, Lola Chomnalez, Cassandre Bouvier, Houria Moumni, y miles y miles de otras, que siguen desapareciendo y apareciendo, titilando horriblemente sobre nosotros como testimonios de una acepción brutal de lo que significa ser mujer, de lo que significa ser humano.
Cuando se conocieron las declaraciones de los acusados por el crimen de las dos turistas argentinas en Montañitas, muchos de los vecinos insistieron en que ellos no podían ser los victimarios, porque eran gente simpática, tranquila, confiable. Más allá de que, como reclaman las familias, ellos sean efectivamente perejiles en un caso más grande que involucre a redes de trata o de narcotráfico, el punto se pierde nuevamente en la dinámica mediática. Porque lo verdaderamente importante es que todos estos cuerpos forman parte de una misma red que tiene un reverso claro: las leyes del patriarcado, a la que todos estamos sujetos. ¿Qué significa esto? Que los asesinatos, el acoso, las desapariciones son, en diferentes escalas, el resultado previsible de una sociedad que educa a las mujeres en el pudor y a los hombres en la prepotencia. Una sociedad capitalista donde los cuerpos se compran y venden, donde las víctimas son “fanáticas de los boliches que abandonan la secundaria” o “solidarias y amantes de los viajes”, según lo determine la escala socioeconómica. Una sociedad en la cual ser homosexual, mujer, indígena, pobre o, más sencillamente, no ser un hombre blanco heterosexual, es sinónimo de ser víctima de múltiples violencias.
Hay quienes dicen que la lucha feminista por la igualdad está obsoleta, que ya se han alcanzado los objetivos por los que las mujeres y hombres de los siglos pasados lucharon; que la cuenta, en fin, está saldada. Pero cada niña, joven, o mujer que desaparece, que es víctima de acoso, que es forzada a casarse (siendo o no menor de edad), que no puede estudiar o trabajar por su condición de género abre un tajo en ese argumento. Necesitamos al feminismo para comprender que el violador, el asesino, el tratante de personas no son, como nos gustaría, como nos tranquilizaría, monstruos. Que son ellos también parte de una micro política de los cuerpos que indica que los varones pueden tirarse solos del tobogán, no necesitan hacer la cama, y no deben llorar si les duele; mientras que las mujeres necesitan ayuda para jugar a los juegos más peligrosos, no pueden ser haraganas y no saber hacer una cama, y pueden llorar, claro que sí, porque son más frágiles.
No, como dijo Simone de Beauvoir, no nacemos mujeres, nos hacemos (nos hacen) mujeres. No nacemos frágiles, nos hacen frágiles. Nos advierten que esa pollera está muy corta, y que no podemos viajar “solas”, y que deberíamos callarnos y hacer oídos sordos si nos agreden verbalmente con “piropos” por la calle, porque siempre estamos ya derrotadas, siempre comenzamos la partida en posición de perder. Que eso siga o no pasando es responsabilidad de todos. Que los cuerpos de los hombres pertenezcan a los hombres y los de las mujeres a sus padres, su pareja, su hermano, que en las denuncias por violencia se sospeche primero de la víctima (y no sólo en el ámbito policial, sino también en los medios, en las calles, en las casas) y luego del victimario, que el “algo habrán hecho” siga vigente, que los cursos de educación en igualdad de género en las fuerzas policiales y militares sean esfuerzos obsoletos contra la estructura de una institución netamente machista y violenta, que las mujeres tengan que ir acompañadas a las entrevistas de trabajo, que se sospeche que la que llegó, llegó porque usó su sexualidad como herramienta, todos estos son árboles de un mismo bosque.
En la selva de asfalto somos continuamente bombardeados con imágenes de cuerpos femeninos fragmentados, que son ofrecidos implícitamente tras la máscara de un producto. La campaña de Coca-Cola que inundó las calles de Buenos Aires es quizás el ejemplo más reciente de esto. Y, si ese cuerpo está a la venta, si es posible pagarlo y tomarlo, ¿por qué no el de esa chica que espera el colectivo? ¿Por qué no el de esas turistas que viajan “solas”? ¿Por qué no el de esa niña, que ya empieza a tener cuerpo de mujer?
Si todas estas cosas forman parte de nuestro paisaje visual, sonoro, emocional, ideológico habitual, si es más rara la voz que se levanta en contra que la que acata, si el aborto y el matrimonio igualitario y la educación de las mujeres siguen despertando polémicas, no podemos engañarnos: Charly no escribió una canción que habla de la dictadura militar, no, los dinosaurios siguen entre nosotros, y somos todos.

 
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