Red Eco Alternativo ***

Moria, un laboratorio de odio

En septiembre de 2018, un informe de Médicos Sin Fronteras se convertía en noticia mundial: cada vez más niños y niñas del campo de Moria querían suicidarse. Y aquí, por decencia, debe ir un punto y aparte que invite, al menos, a un segundo de silencio para asimilar la dimensión de esta frase.

(Patricia Simón – La Marea) Grecia - La ONG denunciaba que “en nuestro grupo de actividades de salud mental para niños (de entre 6 y 18 años) el equipo de MSF ha observado que casi uno de cada cuatro se autolesionan, han intentado suicidarse o han tenido pensamientos suicidas. Otros menores sufren ataques de pánico, ansiedad y de ira, pesadillas constantemente y mutismo por elección”. Es decir, hay menores y adultos que dejan de hablar porque su mente se agota de intentar traducir y poner palabras a la sinrazón de jugarse la vida para encontrar refugio y terminar presos en celdas de plástico con el logo de las Naciones Unidas.

Más del 80% de las personas solicitantes de asilo que vivían en Moria ,y que ahora sobreviven al raso, proceden de Afganistán y, el resto, de países igualmente arrasados por la violencia como Siria, Irak, Congo, Camerún, Mali… Es decir, huían de experiencias profundamente traumatizantes y cuando llegaron a la isla griega de Lesbos se encontraron expuestas a unas condiciones de vida deplorables, al temor constante a ser deportadas o encarceladas en la prisión que había dentro del campo de refugiados, a enfermar y, sobre todo, a que todo esto le ocurra a sus seres más queridos. Si los niños y niñas se querían suicidar, ¿qué no querrían hacer sus padres y madres?

Según Mario López, psicólogo y responsable de Salud Mental de Médicos Sin Fronteras en el proyecto de Moria desde hace cuatro meses, la situación se había degradado exponencialmente durante el último mes. «A partir de julio, las personas referidas a salud mental se multiplicaron por tres o cuatro. No paraban de llegar padres que se sentían incapaces de gestionar y calmar a sus hijos». López explica que el hecho de que hubiese muchas familias que llevaban más de un año en el centro había degradado mucho la situación y que pasaron a hacer dos intervenciones de emergencia al día, cuando era la media semanal. Ataques de pánico, trastornos de conversión, autolesiones y «durante la última semana de agosto, tuvimos el mismo número de casos de violencia sexual que solíamos tener en un mes entero«.

Este era el polvorín en el que se había convertido Moria antes del incendio: «la ira de los adolescentes estaba muy dirigida a los padres y madres porque no entienden qué hacen aquí cuando les habían prometido un sitio mucho mejor. Y lo que me temo es que ahora hay mucha gente que piensa que va a ser trasladada a un sitio mejor y me temo que se van a quedar aquí. Y en la situación en la que se encuentran, sin un reparto regular siquiera agua ni alimentos, no sé cómo va a ser la reacción si finalmente no pueden salir de isla».

El campo de Moria: cuando el refugio te tortura

El campo de Moria era un espacio de tortura, según Irene Redondo, investigadora especializada en salud mental y derechos humanos. “Los gobiernos han permitido que estas personas permanecieran meses, e incluso años, encerradas en unas condiciones abiertamente maltratantes. La privación indirecta del sueño, la falta de una alimentación mínima y adecuada, el aislamiento comunicativo, la exposición a temperaturas extremas sin la posibilidad de protegerse ante ellas… sumado a las constantes humillaciones, amenazas y ejercicios de violencia por parte de los funcionarios públicos, generan en su conjunto un efecto combinado constituyente de tortura”, sostiene quien, tras los incendios que arrasaron el campo, colabora con labores de apoyo a las personas solicitantes de asilo que pasan su cuarto día al raso.

Redondo considera que “la población que ha pasado por Moria ha sido víctima de fuertes impactos en su propia identidad, viendo quebradas las capacidades humanas de confiar en los demás y cambiando de forma radical su visión del mundo. La percepción de que hay personas que no solo permiten que esto ocurra, sino que son directas perpetradoras de la violencia, supone uno de los mayores impactos. La tortura, sobre todo actualmente, no siempre va acompañada de marcas físicas, pero sí que supone el más contundente quiebre de uno mismo al verse sometido a una absoluta pérdida del control sobre su propia vida, incluyendo los detalles más cotidianos”.

Así lo verbalizan, de muy distintas maneras, la mayoría de las personas entrevistadas por La Marea durante la última semana. Una tortura que, en algunos casos, termina generando hartazgo, ira y, en última instancia, podría desembocar en el odio.

Nota completa: https://www.lamarea.com/2020/09/12/moria-un-laboratorio-del-odio/

SUSCRIPCIÓN / para recibir información

Una vez por semana el colectivo elabora un boletín con las noticias más relevantes a nivel nacional e internacional

 
DMC Firewall is developed by Dean Marshall Consultancy Ltd