Red Eco Alternativo ***

Chile, la revuelta sigue

Hace un año, el mundo vio estupefacto como chile estallaba. El oasis, como lo había denominado días antes el presidente Sebastián Piñera, se veía inmerso en masivas movilizaciones no antes vistas tras el retorno a los gobiernos civiles en 1990.

(Jordano Ignacio Morales - El Salto) Chile - Son cientos, son miles. Rebosan la alameda, principal avenida de la capital chilena y entre risas, cantos, danzas y guitarreos carnavalescos inundan el ambiente. Tan espontánea, tan masiva y tan popular es la fuerza furiosa iconoclasta que se concentra en la plaza dignidad, la misma que ha sido testigo de las luchas de un pueblo que despertó después de la larga noche neoliberal.

Chile, el llamado laboratorio neoliberal del mundo, aplico las doctrinas más ortodoxas en materia económica. Tempranamente ofreció bonitas cifras que sirvieron a los predicadores de la economía de mercado a hablar de lo exitoso que era el modelo chileno, mostrándolo como el ejemplo a replicar para el resto de las economías de la región. Sin duda era el resultado perfecto del neoliberalismo.

Pero bajo todo ese manto de desarrollo, del que hacían alarde sus defensores, había una olla de presión que solo le basto una pequeña chispa para hacerla estallar. El alza del metro santiaguino y las protestas llevada a cabo por secundario desenlazó en una movilización de inmensas proporciones. Hace un año, el mundo vio estupefacto como chile estallaba.

El oasis, como lo había denominado días antes el presidente Sebastián Piñera, se veía inmerso en masivas movilizaciones no vistas desde el retorno a los gobiernos civiles en 1990. Eran miles que, cansados de más de 30 años de abusos y excesos, se reunían en las principales ciudades del país reclamando cambios. La revuelta de octubre trajo consigo un grito colectivo que se alzó, y aun lo sigue haciendo, contra los cimientos mismos de la sociedad.

Los días que siguieron a la explosión social tuvieron una fuerte carga de emociones. Esperanza, optimismo e ilusión se mezclaban con la angustia y el miedo que provocaba el volver a ver militares armados en las calles. La declaración de guerra hecha por el presidente de la república fue una carta blanca para que se iniciaran los abusos policiales. El cuerpo de carabineros tiene más de ocho mil denuncias de violaciones de derechos humanos, según lo informado por el Instituto nacional de derechos humanos y el ministerio público.

La crisis que, para en ese entonces había desbordado todo límite de la institucionalidad vigente, obligó a la clase política o buscar soluciones para esta. Acorralados por una ciudadanía que reclamaba cambios estructurales, el 15 de noviembre se reunieron en el edificio del antiguo congreso nacional las fuerzas políticas con representación parlamentaria para acordar un plebiscito donde se le preguntara a las chilenas y chilenos si quieren reemplazar la Constitución de 1980, impuesta por la dictadura militar y que sigue vigente hasta el día de hoy.

El acuerdo, para la élite y vastos sectores que han gobernado en la post dictadura, fue la salida política que se le dio a la crisis, reduciéndolo solo a una cuestión meramente institucional y no considerando la multidimensionalidad de la revuelta. El derribo de monumentos es expresión de que la revuelta es mucho más profunda y compleja de lo que dicen la prensa y la elite política chilena.

La llegada de la pandemia vino a corroborar la desigualdad social que se denunció durante la revuelta, los sectores más pobres del país han presentado mayores colapsos en sus centros médicos y también han tenido más altas tasas de mortalidad. Junto a ello evidencio la ineficacia del estado y sus instituciones para ofrecerle seguridad a los que habitan en Chile.

Poco a poco empezaron a volver las protestas, pero no fue hasta el desconfinamiento de la capital en que se hicieron masivas las movilizaciones. La respuesta de estado fue la represión una vez más. La imagen de un menor de 16 años en el lecho del rio Mapocho, lanzado por un funcionario de carabineros, despertó los peores recuerdos de un país que aún no sana las heridas dejadas por la dictadura de Augusto Pinochet.

Chile desde el 18 de octubre es otro. En el último año el país pasó de ser el alumno obediente del neoliberalismo a cuestionar los pilares fundamentales de este. La revuelta significo la caída de las instituciones, una falta de credibilidad hoy generalizada y, a excepción del cuerpo de voluntarios de Bomberos de Chile, no hay nadie que se salve de ella.

Este es el contexto que llega el próximo plebiscito del 25 de octubre, al que están llamando a participar poco más de 14 millones de chilenos y chilenas. La derecha, defensora del viejo orden, hoy apela a la campaña de terror anunciando las peores penas del infierno si es que se aprueba la idea de cambiar la constitución. Por su parte, las fuerzas de cambio hoy ven en esta la posibilidad cierta de cambiar de una vez por todas la constitución pinochetista. Desde algunos sectores ha emergido la critica a este plebiscito ya que, su origen, sería más un acuerdo de las cúpulas políticas que deja al pueblo fuera de este.

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