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Juntas de Agua juegan un rol vital para campesinos salvadoreños

Luego de subir una empinada colina, a través de serpenteantes veredas, se llega a la cima donde se yergue un enorme tanque de agua que abastece a familias campesinas que, ante la falta del servicio, se esforzaron por montar su propio proyecto comunitario en la franja costera del centro de El Salvador.

(IPS) El Salvador – El sistema, que comenzó a operar en 1985, provee de agua a 468 familias de ese y de otros ocho caseríos cercanos.

Eso es lo que cientos de comunidades rurales y poblados urbanos han hecho para tener acceso a agua potable, dado que el gobierno lo logra llevar el servicio a todos los rincones de El Salvador, una nación de 6,7 millones de habitantes y con grandes carencias sociales.

Ante la falta del servicio, las familias se han organizado en las llamadas Juntas de Agua: asociaciones comunitarias que con su esfuerzo propio logran perforar un pozo, construir un tanque y todo el resto del sistema.

Se calcula que en El Salvador existen unas 2500 de esas juntas, que proveen del servicio a 25 % de la población, es decir, a unas 1,6 millones de personas, según datos del no gubernamental Foro del Agua, que promueve una gestión equitativa y participativa del recurso.

Las juntas no reciben ningún tipo de apoyo del Estado, pese a que proveen un servicio que debería ser suministrado por la autoridad responsable, en el caso de El Salvador, por la Administración Nacional de Acueductos y Alcantarillados (Anda).

Un proyecto comunitario

En el caserío Desvío de Amayo, asentado en el centro de la franja costera del país, las familias solían abrir su propio pozo, artesanalmente, en los patios de las casas, pero el agua no era potable, con las consecuencias de salud que ello generaba.

“Es cierto que aquí al perforar un pozo se halla agua, pero no es potable, y además los manantiales de la zona costera está contaminada con heces fecales”, contó Romero, reunido con varios miembros de la junta directiva, durante el recorrido que IPS realizó a la zona.

La potabilidad del agua se logra al agregar al interior del tanque la cantidad apropiada de cloro, tarea a cargo de José Hernán Moreno, de 66 años, quien se identificó como el “valvulero”, responsable del tanque, que tiene una capacidad de 200 metros cúbicos.

Cuando hay algún percance con alguna de las tuberías que va a una de las comunidades, es Moreno quien debe cerrar las válvulas correspondientes.

Con una risita apagada, narró que en una ocasión “mató” a unos peces que un habitante criaba en un estanque, dejando entrever que a lo mejor había echado más cloro de lo debido.

“Se enojaron conmigo, me echaron la culpa a mí, pero mi deber es echar el cloro necesario”, dijo Moreno.

El pozo perforado por la asociación tiene 60 metros de profundidad, y desde la parte habitada del caserío es bombeado con una bomba movida por un motor de 20 caballos de fuerza hasta el tanque, a cuadro kilómetros de distancia, cerro arriba.

Desde ahí baja por gravedad hasta los nueve caseríos beneficiados.

“Me cae todo el día y toda la noche, y según lo que gastamos así pagamos”, aseguró a IPS una de las beneficiarias, Ana María Landaverde, una madre de cinco hijos, de 62 años.

Cada familia paga siete dólares por 20 metros cúbicos consumidos al mes, el equivalente a unos 20 barriles o 20 000 galones. Si consumen más, cada metro cúbico extra se cobra a 50 centavos de dólar.

Pero no siempre hubo disponibilidad de agua las 24 horas.

Años atrás recibían solo un par de horas el servicio, debido a que, como no había medidores para cuantificar el consumo de agua, muchas familias la desperdiciaban, mientras que a otras les llegaba poco.

Algunos hasta la ocupaban incluso para regar huertos caseros y hasta pequeñas milpas, los maizales cuyo cultivo se combina en ocasiones con el del frijol y otros productos.

“Antes mucho desperdicio había de agua, por eso se pusieron los micromedidores”, agregó Landaverde. Los 20 metros cúbicos le alcanzan para cubrir las necesidades de su familia, compuesta ahora por seis miembros, incluidos algunos nietos.

Desde que se instalaron esos aparatos para medir el consumo, las familias han hecho un uso más racional del recurso y ahora el agua alcanza para todos, las 24 horas.

“Estamos conscientes de que tenemos que cuidarla, nosotros con o son medidores siempre la hemos cuidado”, señaló Ana Leticia Orantes, de 59 años, a IPS.

Nota completa: https://ipsnoticias.net/2021/09/juntas-de-agua-juegan-un-rol-vital-para-campesinos-salvadorenos/

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