Red Eco Alternativo ***

Otra vez estalla el miedo

Hace nueve meses, explotó la escuela 49 de Moreno. Hace 10 días, irrumpió el olor a gas en la escuela 38, del mismo partido del Oeste bonaerense. Ayer (lunes 20 de mayo), explotó una estufa en la escuela 27, de ese territorio. Tres historias repetidas. Tres fantasmas recurrentes que reptan amenazantes por las escuelas que, hasta ahora, perdonaron las vidas de las y los alumnos pero que talaron las de un auxiliar y una vicedirectora. En un camino que impone el miedo por sobre la esperanza. Que pisotea los sueños para frenarlos de prepo y que no haya tiempo más que para ocuparse de estructuras olvidadas y edificios anquilosados. Que posterga las utopías para imponer la lucha por una llave de gas que no pierda. Por Claudia Rafael / Agencia Pelota de Trapo.

Hay poco menos de un centenar de escuelas sin gas en Moreno. Ahora que se acerca el frío. Y todo se vuelve como una ruleta rusa: el invierno que duele o el gas que acorrala con ese olor que aterra. Y que todos reconocen como el cómplice de un chispazo que puede vestir de muerte en tan sólo un manojo de instantes.

Hace menos de una semana en esta agencia se escribía que “después de las muertes, de varios meses sin clases en toda la ciudad, de mezquindades y falacias, de las miradas de reojo desde el estado, de obras y desobras, de conexiones y desconexiones, de acusaciones partidarias. Después de que la verdad más tajante fueran los cuerpos de Rubén y Sandra. Después de aquel agosto, se sintió olor a gas en la Escuela 38”.

Una estufa nueva con una instalación también nueva fueron la noticia de ayer. Y el Estado que se pregunta si el problema fue de la estufa o del famoso “error humano” a la hora del encendido para tener un hilo frágil y delgado para tajear a tiempo.

La lucha es mínima. No ya por una educación liberadora. Ni por un sueño colectivo del que las aulas serán parte enseñando que la transformación será entre todos o no será. La lucha es por una estufa que no escupa gas para chocar de lleno con una breve llamita que convoque a explosiones imparables. La lucha es por una garrafa que no pierda. Por un caño bien sellado. O una llave de paso que cumpla con las normas básicas para el cuidado de la vida.

Hace nueve meses, en la escuela 49. Hace diez días, en la 38. Ayer, en la 27. Las tres en el mismo partido del conurbano. Donde pibes y maestras fatigan una vida que demasiadas veces duele. Donde el gas es el pasaporte para el plato de comida calentito. Para las horas de aprendizaje con una tibieza que abrigue y amigue con los aciagos días en que la humedad y el frío empiezan a tramar una asociación ilícita que golpea duro.

Entrar con miedo al salón de clases no es una señal esperanzadora para imaginar un futuro amable. En el sentido de amar. De construir con amor. Con utopía. Con la primavera entre los dedos. Aunque el invierno tenga la terca prepotencia de imponerse a fuego y derrumbe.

 

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