Red Eco Alternativo ***

Días 11, 12 y 13: Juicio por la Masacre de Pergamino

Reproducimos a continuación las crónicas publicadas en el Diario del Juicio (*) que incluyen las dos audiencias de testimoniales.

Crónicas del Juicio - Día 11- Acá hay algo que no cierra
La anteúltima jornada de testimoniales fue importante para las partes acusadoras que intentan condenar a los policías imputados. Tres de los testigos que se contradijeron fueron aportados por la defensa. El dato central lo dio el ex policía Eduardo Hamué, al admitir que él entregó las llaves de las celdas a Alexis Eva. También declaró un sobreviviente que está detenido y ratificó que nadie hizo nada para apagar el fuego.

Apenas pasadas las diez de la mañana Mauricio Calzone se sienta ante los jueces. Es el tercer y último bombero voluntario en declarar. Era el Jefe del Cuartel al momento de la Masacre. Calzone comienza su testimonio comentando que estaba trabajando el 2 de marzo de 2017, pero decide pasar por el cuartel. Allí, le informan que había un motín en la Comisaría 1ª, y que los bomberos Ardis y González ya se habían dirigido hacia el lugar. Cuando llega la solicitud de refuerzos desde la Comisaría, Calzone se suma a sus compañeros, llegando alrededor de las 19:10. Se cruza con González, y lo releva. Ingresa a la celda. Su testimonio se parece demasiado al de sus colegas de la jornada anterior. Y genera los mismos escalofríos. “Veo a un grupo amontonado, en un rincón. Escucho unos gemidos, y sacamos al cuerpo que estaba debajo de todo. Se nos complicaba sacarlo, porque estaban entrelazados”. El Jefe de Bomberos ordena, instantes después, el ingreso de los médicos de Medicar. Pero es en vano: el cuerpo retirado de la celda no tiene signos vitales. Mientras Calzone relata el intento, un llanto se mezcla con la voz del bombero. De pie entre los largos bancos de madera, casi de iglesia, Daiana no puede contener la angustia. Sabe que están hablando de su hermano, Federico Perrota.

Calzone no duda al momento de calificar el grado del incendio: era generalizado. Y también es claro cuando la querella interroga sobre la cantidad de bomberos en los operativos, coincidiendo con sus compañeros del lunes: “es normal que vayamos dos bomberos. Muchas veces concurrimos de ese modo a los siniestros. Si vemos que necesitamos más personal, lo llamamos”.

Durante el resto de su relato, Calzone recorre varios temas. Por un lado, comenta que, durante sus 27 años de servicio, ha concurrido en varias ocasiones a la Comisaría 1ª. Y realiza una suerte de taxonomía de los llamados policiales: “Hemos ido por varios motivos: a apagar incendios; o por amenazas de incendio que realizan los internos; o también a veces llegamos y el incendio ya se apagó, con baldes o matafuegos”. Por otro lado, traza un Curriculum Vitae del Cuerpo de Bomberos de Pergamino, con credenciales que suenan convincentes: “Estamos bastante calificados. Existe una Federación, en donde realizamos cursos y somos evaluados. Nuestro ente regulador es Defensa Civil de la Provincia de Buenos Aires. Los bomberos voluntarios de Pergamino estamos bien capacitados. Tenemos cerca de 1200 incendios por año y respondemos con un servicio que está las 24 horas y sale en el acto”. Y, por último, completa con cuestiones vinculadas al día de la Masacre. “El fuego en un colchón demora un tiempo en propagarse. No sé cuánto, pero tarda”. Antes de dejar la sala, Calzone responde una última consulta de la querella, sobre el objetivo de un Bombero Voluntario: “salvar vidas”.

Aparecieron las llaves
Cuando llegó al juzgado esta mañana, Eduardo Hamué repartía sonrisas y saludos. En pago chico es difícil no reconocerse, pero él es un personaje reconocible de la ciudad. Fue cesanteado de la fuerza después de haber tenido un sumario, no por su actuación durante la Masacre de Pergamino (al menos hasta hoy), sino por haber realizado una publicación en su Facebook, después de la masacre, mostrando el tambor cargado de su arma con el mensaje: “Saludos a los DH”, no en referencia a Daniel Hadad sino a los Derechos Humanos. Antes de la Masacre hablaba de sus armas como “mis bebés que me protegen de las lacras” (los posteos acompañan esta crónica). Hamué fue uno de los promotores de las marchas que se realizaron a favor de los policías acusados en esta causa. Bajó del auto con paso seguro, grandote como es, con su campera verde todavía puesta. Pero ahora que está ante el tribunal su actitud ha cambiado por completo.

Hamué no estaba de servicio aquella tarde, porque tenia vacaciones. Pero recibió un llamado de Daiana, la hermana de Federico Perrotta. Hamué y Daiana se conocían. Al llegar, siempre según su relato, lo ve a Brian Carrizo yendo y viniendo.

-¿A hacer qué? -le pregunta el fiscal Néstor Mastorchio, con su corbata color salmón sobresaliendo en la escena.

-Lo que hacíamos todos: correr. Entraba y salía.

-¿Cuál es la tarea que deben hacer ustedes en una situación así?

-Liberar el pasillo y abrir la puerta para la llegada de los bomberos. Buscábamos medios para apagar el fuego.

Hamué describe un escenario de desesperación que no se condice con lo narrado por los bomberos voluntarios el día anterior. Y comienza a hacer de la contradicción un paradigma de su testimonio, al plantear que junto a “Matías” (Giulietti) ayudó a desplegar la manguera del Autobomba y observó cómo la llave solicitada por los bomberos aparece casi en el acto. Exactamente lo opuesto a lo declarado por Ardis y González ayer. Sin embargo, el ex policía escala posiciones en el ranking de contradicciones, y se desdice de lo que mencionó hace instantes, al menos dos veces. Primero, cuando plantea que la llave para abrir la reja de los calabozos la tenía el ex oficial Alexis Eva, que se la da en mano a uno de los bomberos luego de ir a abrir la celda 6. Claro que esta declaración no sería un problema si Hamué no estuviera diciendo, minutos después, que él le da en mano la llave a Eva. ¿Quién tenía en definitiva la llave que pedían los bomberos? ¿Quién se las alcanzó a Ardis? ¿Y cuándo?

El presidente del tribunal, Guillermo Burrone, lo interrumpe y le remarca las contradicciones.

-Escúcheme, Hamué. Usted está declarando bajo juramento -le advierte, juntando su manos como en un rezo- Entonces... primero usted dijo que no habìa encontrado a Eva porque habìa ido a abrir el calabozo 6, pero ahora dice que usted le dio la llave a Eva. Acá hay algo que no cierra..

-¿Por qué no cierra, doctor? -pregunta Hamué. Sus pestañas con taquicardia.

-Usted dice que no encontraban la llave, pero después dice que se la da a Eva… ¿Alguna pregunta más? -consulta el juez a las partes.

Todo sigue alrededor de las llaves. Hamué dio, sin querer, un dato esencial. Eva tenía las llaves para abrir la celda, pero no lo hizo.

El cierre de su testimonio fue tenso. Daiana, la hermana de Perrotta, que fue pareja de Hamué bastante antes de la Masacre, le gritó: “Acordate que te acostabas conmigo para pasarle cosas a Fede”. Como contraparte de la situación abusiva, Hamué tenía que entregarles unas muletas a Perrotta. Nunca se las llegó a dar. Como los custodios ya la habían visto a Daiana preparada para increparlo, sacaron al testigo por la puerta de los imputados, quizá un anticipo de dónde quedó parado hoy Hamué.

Nadie hizo nada
El siguiente testigo es un sobreviviente que todavía permanece detenido. Entendiendo que no es una situación fácil dar testimonio para luego volver a estar preso, El Diario del Juicio preservará su identidad. Tiene una campera negra con el cierre hasta arriba. Su jean ha soportado ya demasiadas batallas. Se sienta con tranquilidad frente al tribunal. Es un sobreviviente de la Masacre, estaba detenido el 2 de marzo de 2017 en la celda 3, contigua a la 1. Cuenta que en un momento de esa tarde de verano decidió recostarse a dormir la siesta. Entre las 17 y las 17.30 se levantó y observó que en el patio dos internos estaban peleando. Según él, “planeaban una fuga” y terminaron enfrentados. Sin embargo, la discusión finalizó en paz. “Se dieron la mano”, agrega. Los dos protagonistas de la pelea eran Alan Córdoba y Juan José “Noni” Cabrera. Los policías deciden engomarlos (encerrarlos) a todos. Según el testigo, se trataba de una práctica habitual, y ya venían de estar en esa situación durante casi veinte días. “Era un modo de penitencia que sólo se interrumpía el día de visitas”, aclara el testigo.

La declaración ingresa en un terreno complejo, porque apenas se produce el engome, donde según el testigo no hay resistencia, desde la celda 1 comienzan a prender fuego objetos “del tamaño de una almohada”. Las celdas se convierten en una trampa mortal. “El humo era inaguantable. Yo gritaban que nos ayuden, pero no vino nadie. En un momento escucho la sirena de los bomberos cerca. Y veo que desde la celda 1 arrojan un colchón entero con fuego”. Las palabras del sobreviviente generan angustia entre muchos presentes, aunque él permanece calmo. “En un momento, todo quedó en silencio, y por mucho tiempo. Después de eso, tiran agua”. Cuando desde la querella interrogan sobre los tiempos, la cuestión se torna difícil, aunque consigue precisar que todo transcurrió en un lapso de una hora y media sin que nadie ingresara.

-¿El incendio empezó de día? -pregunta Carla Ocampo Pilla, abogada de la CPM, pañuelo negro de los 7 abrochado en la muñeca. Pelo con una colita atada encima de su cabeza y un mechón bien delgado cayendo debajo de su oreja como un aro.

-Sí -responde el sobreviviente.

¿Y cuándo los sacan?

-Ya era de noche -responde seguro.

El sobreviviente contó:“teníamos agua pero ese día la cortaron. Nos queríamos meter agua en la boca y justo en mi celda la pileta siempre perdía, así que usamos ese agua sucia para poder mojarnos la remera y respirar”.

En la primera fila, una señora tiene su cabeza recostada sobre la baranda de madera que separa al público de las partes. No mira. Sólo la levanta ahora, que la abogada Ocampo Pilla, al finalizar la declaración del joven, le solicita al tribunal si el testigo puede ver a su madre antes de regresar al penal. Recién entonces ella se pone de pie y sale. Tendrá unos minutos para ver a su hijo antes de que lo regresen al penal.

Las maniobras del Autobomba
Luego del cuarto intermedio establecido por el tribunal, la sala fue invadida por el desconcierto, eufemismo para denominar el testimonio de Renzo Giracci. Resulta complejo describir las palabras del policía en el marco de este proceso judicial.

Giracci llega a la sala calmo, y se dispone a narrar con soltura lo que le ocurrió el 2 de marzo de 2017. Alrededor de las 18.25 llega a la comisaría en un móvil, que estaciona en una de las esquinas de la Comisaría. Tenía que entregar un acta para que la firmara Eva. Pero el oficial estaba ocupado en cualquier cosa menos en abrir la celda 1. Cuando se baja, observa humo que proviene del edificio. Cuando consigue encontrarlo y que le firmen el papel, consulta a Donza sobre la necesidad de ayuda, y queda a su disposición. El Comisario a cargo le ordena que cuide la entrada -siempre según su relato-, y desde allí logra observar la llegada del camión de Bomberos. Plantea que el autobomba realizó maniobras raras, como “queriendo ingresar a la Comisaría”. En ese instante, aparece la primera contradicción, que se trata solo de una muestra sin cargo de lo que sigue. Giracci no menciona ayuda alguna por parte de la policía a los bomberos en lo que respecta a estirar la manguera. Sin embargo, y por una observación de la defensa, se desdice y plantea que, tal como dijo en la declaración anterior en la Fiscalía, sí hubo manos policiales que acompañaron a los bomberos a bajar la manguera. Segundos después, el Juez Guillermo Burrone realiza una intervención que es el principio del final, y es televisada. La sala se oscurece y se proyecta un video de una cámara de seguridad oficial, que desmiente las supuestas maniobras del camión de bomberos. Las imágenes son claras: el autobomba llega a las 18:35 (la hora del video atrasa 10 minutos, por lo que se establece que llegó a las 18.45), estaciona y los bomberos bajan. Sin embargo, hay algo más: la llegada de Giracci junto a su móvil jamás aparece en las imágenes. Esto desata un murmullo generalizado, cuyo exponente principal es el imputado Alexis Eva. Tan afectado se muestra por el video que debe ser advertido por el tribunal:

-Si usted quiere decir algo va a tener que sentarse acá -le dice Burrone-. Desde ahí no habla.

-Disculpe -ensaya obedecer Eva, con su rostro denota el enojo de una jornada muy adversa para su defensa.

Cuando vuelve la luz todo se ilumina, menos la memoria de Giracci. Ahora, no recuerda casi nada. El “puede retirarse Giracci”, de Burrone, pretende ser reprobatorio. Pero es piadoso. El policía se sorprende que lo despidan en medio del papelón, pero el juez insiste “vaya, vaya”, y le indica el camino con sus manos. Es el segundo testigo de la defensa, después de Hamué, que no ayuda demasiado a quienes lo convocaron. Pero falta una testigo más.

“Iban y venían”
Flavia González es policía y trabaja en la línea 101 de Emergencias. Tiene el cabello negro largo y lacio, que cae sobre una blusa multicolor. El día de la Masacre, fue la que se comunicó con los Bomberos Voluntarios de Pergamino avisando del incendio. En ese significante aparece una contradicción con respecto al relato de Ardís, ayer. Si bien el bombero plantea que una mujer fue la que le comunicó lo que sucedía, afirma que el mensaje fue “hay un motín”. González, en cambio, asegura que utilizó la frase “hay fuego en el calabozo”. Luego de esta diferencia, las palabras de la policía coinciden con los bomberos, ya que comenta que en dos o tres minutos estuvieron en la Comisaría. González sufre de lapsos de amnesia, que ya se vislumbran como síntoma en algunos testigos. Por ejemplo, no recuerda la hora en que comenzó a ver humo desde las celdas, así como tampoco lo que el bombero Ardís le contestó cuando lo llamó. Sin embargo, sí recupera la memoria al describir la actitud de sus compañeros oficiales, que “iban y venían”; esa misma descripción literal hicieron los otros dos testigos de la defensa. El “iban y venían” parece ser un intento de retrucar los testimonios de bomberos, sobrevivientes y familiares, que aseguran que no hicieron ningún intento por salvar las vidas de los 7 pibes. González fue más allá y aseguró que observó a Donza, “que daba órdenes” y planteó que uno de los bomberos “iba a entrar a la comisaría y se arrepintió”; esa es la otra cuestión que los policías necesitan refutar: si ellos no tuvieron la culpa, fueron los bomberos. Luego, la cuestión se hizo más difícil cuando debe explicar hacia dónde sus colegas estaban yendo y viniendo, de qué modo y a quién Donza daba órdenes y qué significa que el bombero se haya arrepentido. Tampoco puede precisar el momento en que dijo ver al Auxiliar Letrado de la Fiscalía Juan Martín Fontana. Muchas dudas. Pocas certezas. Antes del cierre de la jornada, el abogado defensor Gonzalo Alba vuelve a anunciar que los imputados van a declarar al final de las testimoniales.

Mañana será la última jornada de aporte de pruebas, por lo que el lunes podrían declarar los policías, que hoy no tuvieron una buena jornada, como lo dejó ver el abogado Alba, antes del cuarto intermedio, cuando anunció que denunciaría en el Colegio de Abogados a Carla Ocampo Pilla, por una supuesta inconducta, una sonrisa irónica que habría dirigido hacia su colega al mostrar las publicaciones de Facebook de Hamué. El presidente del tribunal volvió a intervenir para poner algunas cosas en claro. “Más allá de que no observé ninguna incorrección por parte de la doctora, sonrisas y gestos he visto de todas las partes. El público se ha comportado correctamente hasta ahora, no hubo provocaciones. No las ocasionemos nosotros”. En esa protesta de Alba se adivina la queja de quien sabe que está por perder el partido.

Texto: Rodrigo Ferreiro (La Retaguardia) y Fernando Tebele (La Retaguardia)
Fotos: Andres Masotto (Radio Presente)
Edición: Giselle Ribaloff (Radio Presente) / Martin Parolari (Radio Presente)

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Crónicas del juicio - Día 12 - El día de las víctimas

Declararon seis personas encargadas de realizar peritajes sobre los cuerpos de las víctimas, sus familiares y los sobrevivientes. Dieron cuenta, por un lado, de cómo murieron los 7 pibes. Por otro, se refirieron al trauma y la culpa que opera en familiares y sobrevivientes y que -señalaron de manera unánime- sólo puede ser reparado por el propio Estado que violó sus derechos humanos. También declaró un policía motorizado que se retiró de la comisaría cuando los sucesos comenzaron a desencadenarse. El juicio seguirá el próximo lunes con las últimas testimoniales.

Son las 7:30 de la mañana, y el sol no alcanza siquiera a entibiar la fría mañana de Pergamino. Los tribunales de la ciudad están ubicados frente a una plaza. En una de sus veredas, hay una parada de colectivos que llama la atención por su extenso techo. En otra de las aceras, la que mira al edificio de Tribunales que ocupa toda la manzana, hay un grupito de gente que busca todas las maneras posibles de evitar el frío intenso.
Es 2 de octubre. Y en Pergamino, desde marzo de 2017, los segundos días de cada mes tienen una marca dolorosamente sellada a fuego. Las familias llegaron temprano para colocar un gazebo casi tan grande como el techo de la parada de bondis. Un parlante montado sobre un carrito con dos ruedas sirve para pasar algo de música. Las banderas trepan de árbol en árbol. “Justicia x los 7”, dice la más grande, pero también hay otras con los rostros y los nombres de los pibes que ya no están.
Es probable que haya sido casualidad, pero exactamente a 31 meses de la Masacre de Pergamino, cuando entremos a la sala, escucharemos hablar de los pibes, de sus familias y de los sobrevivientes.

El duelo y el trauma
La audiencia de cierre de la cuarta semana del juicio por la Masacre de Pergamino incluye testigos que se sientan en grupo frente al tribunal. Las psicólogas Paula Ruíz y María Cristina Vidal; y la Trabajadora Social y directora del Programa de Salud Mental de la Comisión Provincial por la Memoria Natalia Rosetti, peritos de parte de la querella, son las primeras en ingresar.
Las tres licenciadas plantean, tomando como marco legal la Ley Nacional de Salud Mental, la necesidad de un testimonio en conjunto que refleje el trabajo transdisciplinario que realizaron con las familias de los 7 de Pergamino. Comienzan explicando al tribunal la metodología de trabajo, fundamentalmente entrevistas individuales. El objetivo fue, entre otros, observar de qué modo impactó la Masacre en la vida de las familias.
La querella pregunta a qué se refieren con el concepto de “impacto”. Desde el equipo responden que, si bien las consecuencias son subjetivas y sintomáticas, se trata de un análisis integral del sujeto, evaluando “impactos” en lo psicológico, económico y laboral. La exposición continúa adentrándose en dos nociones: duelo y trauma.
Las profesionales hablan sobre cómo opera el duelo: “El afecto depositado en esa persona, debe sacarse poco a poco del otro para poder depositarlo en otras personas, en otros procesos de la vida”, explican. Según las licenciadas, “todos los familiares estaban con duelo suspendido, con la implicancia que eso tiene en la vida de una persona: una detención de sus proyectos y sus actividades cotidianas, de continuar viviendo”.
Sobre el trauma dicen que “implica un quiebre en la vida de una persona”. Es una bisagra. A partir de eso, el sujeto no vuelve a ser el mismo, y eso se manifiesta de diferentes maneras: físicamente, con enfermedades y trastornos de todo tipo (cáncer, alopecia, trastornos digestivos, pérdidas significativas de peso”); socialmente, con dificultades para relacionarse y trastornos psíquicos (abulia, depresión, desgano, desinterés, tristeza y angustia continua, dificultades para dormir”); y económicamente, con problemas para desempeñarse laboralmente“imposibilidad de trabajar o de generar dinero”.

La culpa
Las tres profesionales se van pasando el micrófono inalámbrico. Entre el público, mientras se nombran sus síntomas, las mujeres -madres y hermanas fundamentalmente- lloran. Están hablando de ellas como víctimas. Están escuchando de boca de las licenciadas, ni más ni menos que un diagnóstico profesional con palabras técnicas de lo que sienten cada día en el cuerpo y el corazón:

-Tienen reminiscencias de los hechos, sobre todo del acontecimiento alrededor de la muerte. Todo lo que se desarrolla en la comisaría en el momento en el que ellos llegan, o en los momentos previos en los que muchos son avisados por las víctimas de que están en situación de peligro. Estos mensajes y llamadas vuelven a la cabeza de ellos como recuerdos y como una sensación de desesperación por no poder hacer nada ante el peligro de sus hijos- afirma Vidal.

-¿Esto último que estás comentando genera culpa en los familiares? -consulta Margarita Jarque, abogada de la CPM.

-La culpa es otro indicador muy importante que encontramos presente. Una culpa sostenida y muy fuerte. La culpa es angustiante para el sujeto. Es aplastante, el sujeto no puede hacer nada con eso. La culpa surge de la desesperación de no haber llegado a tiempo o no haber podido hacer nada para evitar eso. Eso los dejó perplejos y en estado de dolor, lo que se transformó en culpa, que es un problema en la vida de las personas. Es necesario que eso se alivie. Entendemos que de alguna manera, poder fijar la responsabilidad en quienes son responsables produciría un alivio subjetivo que permitiría que el reproche no venga ya contra sí mismos, sino que sea dirigido contra quienes tiene que serlo.

-¿Y esos síntomas son actuales? -puntualiza Jarque.

-Evaluamos hace un mes -responde Vidal.

-Muchos familiares se enteraron por los medios. También fue traumática la agonía que padecieron sus familiares -completa Rosetti- La manera en la que fue la muerte agrega sufrimiento. La muerte abrupta, violenta y en manos de quienes debieron garantizar el cuidado. Por otro lado, muchos familiares se enteraron por los medios, lo que agrega mucho sufrimiento.

Es sin dudas el momento de mayor angustia. Cada vez que se habla de agonía, es como si cada familiar sintiera aquel dolor de su pibe en el cuerpo, como si pudiera transferirse.
¿De qué modo se aliviana la culpa? Por un acompañamiento por parte del Estado, que debe ser integral y, de alguna manera, abarca tres dimensiones de reparación: la vinculada a la salud, la judicial y la económica. La triada de peritos prosigue desarrollando una interesante mirada sobre los niños y las niñas de las familias: sufren de una doble carga, ya que a la angustia por la pérdida de un ser querido le suman la de contener a sus padres; soportan una obvia desatención por parte del mundo adulto que los y las rodea; y pierden algo fundamental: el derecho a jugar.
En el cierre, agregan que el Estado, con su reparación, también debe dimensionar que cada joven víctima de la Masacre tenía un proyecto de vida, a futuro, que se vio interrumpido al morir en manos de quien lo debía cuidar. Según releva un video que la CPM realizó con material generado por estudiantes en el marco del Programa Jóvenes y Memoria, Fernando Latorre disfrutaba estar con su hija; Paco Pizarro tenía como hobby ir a pescar; Noni Cabrera soñaba con comprarse una casita; Alan Córdoba quería sacar a otros pibes del consumo problemático; Sergio Filiberto esperaba con ansias cada partido de Douglas Haig; Fede Perrotta fantaseaba con tener una casa propia; Jhon Claros se imaginaba conquistando escenarios con su música.

Las consecuencias en los sobrevivientes
La audiencia continúa con el testimonio de dos psicólogos pertenecientes a Enclaves, una Asociación Civil que trabaja con el entrecruzamiento entre Salud Mental y Derechos Humanos. Enclaves es, también, una consecuencia de las políticas de vaciamiento del macrismo en algunas políticas públicas en las que se había avanzado durante el kirchnerismo, como la creación del Centro de Asistencia a las Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos Dr. Fernando Ulloa, que si bien todavía tiene presencia -sobre todo en juicios por crímenes de lesa humanidad-, ha perdido parte de sus profesionales.
Laura Vázquez y Oscar Adelqui fueron parte del Ulloa. Vázquez de hecho fue su coordinadora durante algunos años. Ambos realizaron ocho pericias sobre los sobrevivientes de la Masacre, con entrevistas semidirigidas, preguntas abiertas y directas sobre el hecho y técnicas proyectivas. En líneas generales, todos los sujetos presentan traumas de carácter psíquico producto de haber presenciado no sólo el incendio, sino la agonía de las víctimas mortales.
Adelqui plantea que observa síntomas de Estrés Postraumático, como olvidos, abulia y relatos confusos. Casi todos los relatos evidencian dolor por las madres de los jóvenes muertos, y una pregunta recurrente: ¿por qué se tardó tanto tiempo en sacarlos?
Según el equipo de psicólogos, ningún sobreviviente recibió asistencia de forma inmediata luego de la Masacre, y en algunos casos esto produjo daños irreparables. Para Adelqui, además, existen elementos para plantear que algunos sujetos sufren de Estrés Postraumático crónico, que es cuando los síntomas se extienden por más de tres o cuatro meses. Y completa: “Esto puede derivar en daños irreversibles, como el Trastorno de personalidad permanente”.
En el caso de uno de los sobrevivientes, Adelqui dice que, tanto él como su pareja, recibieron amenazas, por lo que los síntomas se agudizaron. La licenciada Vázquez comenta que la situación traumática es actual, no se trata sólo de recuerdos. Por ejemplo, ha observado a un sobreviviente sentir calor en la cara de forma repentina, calmarlo con una toalla mojada, y que no pudiera relacionarlo con el hecho de que en el momento de la Masacre fue retirado del calabozo con una tela húmeda en el rostro. Otro de ellos no puede prender la estufa, o hacer fuego para un asado.
A todo esto, plantea Aldequi, se le suma un fuerte sentimiento de culpa: “Ellos sobrevivieron y no pudieron ayudar a sus compañeros. En algunos casos se conocían de hacía tiempo o eran amigos”. Para Vázquez, “un juicio que responsabilice al Estado puede ser el inicio de un proceso de reparación”.

Las causas de la muerte de los pibes
Cuando la siguiente testigo ingresa con su trajecito color salmón, sus tacos altos y sus ojos delineados, es imposible no prestarle atención. Un familiar que la vio llegar de tacos altísimos a la reconstrucción del crimen de Luciano Arruga, sobre la Avenida General Paz, se animó a pensar que “si no tuviera esa presencia arrolladora en un mundo tan machista, no podría imponerse para dar vuelta causas judiciales contra las fuerzas de seguridad”.
Quizás sea eso, o simplemente coquetería. Lo cierto es que está sentada ahora ante el tribunal, en el centro de la escena, y tira todo su currículum durante por los menos dos minutos. El juez Burrone, con su gesto característico de manos pegadas sosteniendo su rostro, la mira como diciendo: “Ya está, doctora”, pero ella sigue. Solicita ver el expediente, para tener presente detalles de la causa y de su informe.

Emma Virginia Créimer tiene una vasta experiencia como médica forense. Trabajó en la Procuración General de la Nación, de la que tuvo que irse después de recibir amenazas, como aquel cuchillo manchado con sangre clavado en la puerta de su casa; o acciones directamente criminales como la aparición de su mascota en el jardín, totalmente descuartizada.
Aunque no lo dice, en su historial también está la denuncia que el mismísimo genocida Miguel Etchecolatz le realizó por “tratos inhumanos”, tras haber solicitado la realización de un tacto rectal para corroborar una patología prostática que el genocida pretendía utilizar para acceder al beneficio de la domiciliaria. Créimer sabe que su saber deja expuesta a la gente poderosa. Este caso no parece la excepción.

-¿Qué trabajo realizó en la causa? -pregunta Burrone.

-Realicé el análisis completo de los autos, desde el punto de vista global médico-forense.

-¿Has tenido intervenciones en casos emblemáticos de violencia institucional? -consulta Carla Ocampo Pilla, abogada de la CPM.

-Soy consultora a nivel nacional e internacional en casos de violencia institucional, lesiones, vejámenes, torturas y muertes en custodia.

-Contanos algunas conclusiones -da pie Ocampo Pilla, pero aparece el abogado defensor Gonzalo Alba.

-La comparecencia de la perito es a los efectos de ampliar o dar detalles de lo que está escrito, no para hacer una pericia en vivo -interviene Alba, cabeza afeitada y una barba que comienza en las patillas.

-No, no va a hacer una pericia en vivo. Va a hacer una correlación de los tres análisis que están por separado y los analizará a nivel global -lo frena el juez.

-Entiendo que eso está incorporado -insiste Alba.

-Pero esto es un testimonio, no es un informe.. ¡es un testimonio! -le responde Burrone, a punto de perder la paciencia-. La escuchamos.

-Quiero dejar en claro que la visión que voy a vertir se ajusta al Protocolo de Estambul para casos de torturas, o al Protocolo de Minessota para casos de muertes en custodia. Éste es un caso de muertes bajo custodia.

Después de todas estas aclaraciones, ida y vueltas, Créimer explica que los jóvenes murieron por tres factores. En primer lugar, las quemaduras, "que van de un 25% a un 90% de la superficie corporal en las diferentes víctimas”. Y señala: "Los cuerpos que tenían más allá del 50% de quemaduras implica una muerte segura, según mi experiencia".

También suma una segunda causa "de enorme gravedad, que transcurre no sólo por el contacto con el evento ígneo, sino por el tiempo transcurrido”. Continúa: “Además de las quemaduras hubo inhalación de sustancias tóxicas, como pueden ser el monóxido de carbono y el ácido cianhídrico. Hay una falta de oxígeno en los tejidos que produce una depresión del sistema nervioso y del sistema respiratorio que puede llevar a la muerte”.

“Entonces, las muertes se producen por las quemaduras, la inhalación de monóxido de carbono y la inhalación de ácido cianhídrico", concluye categóricamente. El análisis de Créimer deja claro que hubo desatención, por lo menos, de parte de los policías, ya que situó las muertes en un rango temporal por "la carbonización de los cuerpos entre 15 y 30 minutos de exposición al fuego directo”. Luego de ese tiempo, explica, “se produce el coma” pero hasta ese momento, “hay conciencia".

Algunas personas en la sala se contorsionan de dolor. Las perturba la agonía, y saber que los pibes encerrados en la celda 1 tuvieron conciencia casi hasta el último suspiro.

Boxeadores
Créimer mueve sus manos para ir remarcando sus palabras. Cuando es tajante y segura, su mano derecha estirada golpea la palma izquierda como si cortara una torta. Pero esta vez su gestualidad servirá para entender en qué posición se entumecen los cuerpos sometidos a este tipo de hechos: "Cuando los cuerpos están sometidos durante mucho tiempo al fuego y se produce la carbonización, los músculos flexores se doblan sobre los extensores, es decir que la posición del cuerpo -la actúa mientras relata- se llama de boxeador", porque es como si se levantara la guardia, con los puños cerrados cerca de la cara.

Explica también que las altas temperaturas aceleran la rigidez cadavérica. Si en una muerte normal puede llevar 6 horas, en casos como el de la Masacre de Pergamino, "esta posición del boxeador habla tanto del calor como de la inhalación de sustancias tóxicas".

-¿Cómo se explica que haya habido 12 sobrevivientes en el sector donde se producen los focos ígneos? -quiere saber Ocampo Pilla.

-Porque se encontraban en una situación más lejana al proceso ígneo y no expuestos de manera tan directa. Si bien han consumido monóxido de carbono y ácido cianhídrico, no ha sido en tanta cantidad.

-¿Considerás que si los chicos de la celda 1 hubieran sido retirados del lugar habrían sobrevivido? -pregunta la abogada.

-Habrían tenido chances de sobrevivir.

Antes de irse, la perito recuerda que también actuó en la causa conocida como la Masacre de Magdalena, en la que murieron 33 presos de ese penal bonaerense. Dice que aquel crimen masivo fue tomado como base para armar el protocolo de Minessotta, que se utiliza para la investigación legal de ejecuciones extralegales, arbitrarias y sumarias.

En apenas media hora, Créimer dejó en evidencia, a través de sus estudios, el tiempo mínimo de desatención transcurrido, curiosamente similar a lo que duró su exposición ante el tribunal. Los defensores no efectuaron preguntas, tal vez porque no hallaron fisuras por dónde entrar para ayudar a sus clientes.

Un policía que complica a sus colegas
El último testigo de la semana es un policía. La jornada anterior, las tres personas llamadas por la defensa incurrieron en contradicciones. En esta ocasión, policía motorizado Mauro Chida fue convocado por la querella. Está sentado en el medio del salón, después de recorrer el camino entre el público y de trasponer la larga y gruesa valla de madera que actúa como símbolo de la separación entre la Justicia y la gente.

Podría arriesgarse que la situación de Chida no es complicada, porque tuvo la fortuna de irse del lugar en el momento del inicio del primer incendio. Su testimonio deja varias certezas, ya sea a través de las preguntas de las querellas o las del juez, y también algunas dudas. El 2 de marzo de 2017, Chida llegó con su moto custodiando a una patrulla que había detenido a una persona. Terminado ese trámite se fue, no queda claro si apenas antes o ya después del primer humo. Pero en esa estadía en la Comisaría 1ª fue testigo del engome de los detenidos; es decir, del encierro al que fueron sometidos como castigo después de la discusión entre dos de los que luego morirían.

Aquí viene su primer aporte: cuenta que luego del engome, le dio las llaves de las celdas a Alexis Eva. Después del testimonio del policía Hamué, que dijo haber entregado las llaves a Eva en otro momento de la tarde, la situación de uno de los imputados parece cada vez más complicada: siempre, en cualquier circunstancia, el manojo terminaba en manos de Eva. En otro momento del testimonio de Chida, después de haber visto el video para identificar los horarios de su llegada y su salida, el juez Burrone le pregunta:

-Dígame, ¿usted conoce a Renzo Giracci? -consulta en referencia al policía que en la jornada anterior se contradijo a tal punto que es posible suponer que no estuvo en la comisaría cuando dijo que estuvo.

-Sí, lo conozco.

-¿Y lo vio cuando fue a la comisaría?

-Mmm... no recuerdo -señala el testigo, moviendo la cabeza, después de dudar.

Es difícil suponer que la memoria le falle justo en ese lapso, después de haber nombrado a todas las demás personas a las que vio en la comisaría.

Ya sobre el cierre de la jornada, se produce un cruce entre Burrone y el abogado defensor Alba, que resulta ilustrativo del cansancio del juez.

-¿Usted conoce la comisaría? -sorprende Alba al testigo.

-Sí -le dice, luego de comprobar que había entendido bien la pregunta.

-¿Y esa cámara muestra la entrada de la comisaría?

-No, la comisaría está un edificio más allá -le responde Chida.

-A ver, doctor -interviene el juez, claramente ofuscado-, ¿usted está queriendo que el testigo nos explique dónde queda la comisaría? Nosotros hace 30 años que pasamos por ahí todos los días. Ya sabemos dónde queda la comisaría.

Alba regresó ayer mismo a La Plata pensando, seguramente, si le queda alguna chance para dar vuelta una situación que parece cada vez más cercana e irreversible: la condena de sus imputados. En esta audiencia quedó claro que juega de visitante.

Texto: Rodrigo Ferreiro (La Retaguardia), Fernando Tebele (La Retaguardia) y Andrés Masotto (Radio Presente)
Fotos: Andrés Masotto
Edición: Mariano Pagnucco (Cítrica) Julián Bouvier (La Retaguardia)

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Crónicas del juicio - Día 3 - El show de los no recuerdo

En la jornada de hoy del juicio por la Masacre de Pergamino declararon un psicólogo que participó del acompañamiento a sobrevivientes y familiares de las víctimas fatales del 2 de marzo, un policía de la motorizada, de quien ya se conocía la voz a partir de audios exhibidos las anteriores jornadas y la única mujer imputada: Carolina Guevara. No se presentaron a declarar uno de los sobrevivientes, que denunció amenazas de muerte, ni Diego Ulloa, el tercer motorizado que estaba la tarde de la masacre en la comisaría primera.

El sol ya pega en las callecitas de Pergamino. Desde las 9:00 se amuchan familiares de las siete víctimas de la masacre, en el día 13, número que gustaba a Fernando Latorre. Aunque estamos en una ciudad grande, la sensación que da es de pueblo. Como si casi todxs se conocieran. En la espera rondan muchos mates y abrazos. Silvia nos muestra un video del jardín de Fer, chiquito de guardapolvo azul.

Son las 10:20 de la mañana en la calurosa Pergamino cuando los jueces ingresan y se da comienzo a esta jornada, que pronto develaría ser la primera donde escuchemos relatos de la parte imputada.

Mónica Raquel Alegre es la madre de Luciano Nahuel Arruga, joven desaparecido y luego asesinado por las fuerzas policiales en el 2009, en Lomas del Mirador, Provincia de Bs. As. Para las madres de Pergamino, es una compañera, una amiga y hasta una referenta en la lucha por la búsqueda de verdad y justicia por las muertes de sus hijos. Ellas, las madres de todos los pibes que sufrieron gatillo fácil, desapariciones forzadas o muertes por el sistema carcelario, son quienes más pueden sentir en carne propia, empatizar y comprender el dolor que sienten estas madres en un momento así de intenso como es el juicio por la muerte de sus hijos. Entre risas y chistes se saluda con Karina, la tía de Fernando Latorre, para hundirse luego en un abrazo con Silvia Rosito, la mamá. Un diálogo de ojos húmedos se sucede entre las dos. En el pecho de Silvia la cara de Fer, en el pecho de Moni, Alejandro Cabrera Britos, y en la espalda, Luciano.

Hay notoriamente menos presencia del lado derecho, el de las familias de los imputados/as.

Empieza la sesión con lectura del juez Burrone de un acta del Servicio Penitenciario de Junín, con fecha de hoy, donde se anticipa que uno de los sobrevivientes que ya compareció ante el tribunal y denunció amenazas de muerte, no se presentará tampoco en el día de la fecha. El fiscal Nelson Mastorchio solicita que se incorporen las declaraciones del testigo, brindadas a la propia Fiscalía, los días 2 de marzo de 2017 (el mismo día de la masacre) y del 7 de marzo de 2017.

Seguido de esta lectura, Gabriel Capria, que acompaña a Gonzalo Alba en la defensa, aclara que el abogado llegará tarde porque tuvo un altercado con su automóvil. Dan a entender que pinchó la goma del auto en Salto. Alba llega por segunda vez tarde al juicio.

"Los gritos y los golpes de los pibes: las pesadillas de los sobrevivientes"
En primera instancia declaró el psicólogo Luis Onofri, quien participó como parte de la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) en el acompañamiento de los sobrevivientes y los familiares de las víctimas de la masacre.

El psicólogo comentó las secuelas que les dejó a los sobrevivientes el daño sufrido en el hecho del 2 de marzo.

"Dificultades para conciliar el sueño, pesadillas, estrés post-traumático; daños crónicos, somáticos; dificultades para respirar" son algunos de los síntomas que quedaron y, seguramente, quedarán en los sobrevivientes.

Comentó que "nunca se realizaron placas de pulmón para ver los daños respiratorios" y dio cuenta de que "la falta de atención posterior generó un peor daño psíquico, lo que deriva en los síntomas de un hecho traumático", retomando el Protocolo de Estambul, ya mencionado anteriormente por los dos psicólogos de la ONG Enclave, que declararon el miércoles próximo pasado. . Señaló que "nunca se le realizó un abordaje integral a los sobrevivientes" y que "todos los chicos coinciden en cuadros depresivos, incluso ideas de suicidio".

Hizo referencia también a que previa a su intervención, algunos sobrevivientes tuvieron que declarar frente a integrantes del Servicio Penitenciario y que no contaron muchas cosas por el miedo a las represalias que podían tener, por las amenazas recibidas por parte de oficiales de la policía.

"Las pesadillas tenían que ver con los gritos y los golpes que sus propios compañeros daban en el momento del hecho, hasta morir", dice, mientras Benjamín, el hermano de Federico Perrotta, mira la foto de su hermano y mientras Alicia, la madre de Franco Pizarro, comienza a soltar lágrimas. Van quince minutos desde el comienzo del juicio y las familias de los chicos, como cada jornada, ya están reviviendo el horror de aquel 2 de marzo. Onofri afirmó que los testigos coinciden en que, al comenzar el fuego, ellos pedían auxilio y que a los policías no les interesaba, como si esos gritos y esos golpes no se escucharan. El psicólogo manifestó sobre el sentir de los sobrevivientes “Creían que para la policía sus vidas no tenían valor. Que les tenían bronca, odio” Luego, comentó su trabajo con las familias. También remarcó los síntomas depresivos. Denotó la vulnerabilidad que sufrieron porque quienes se encargaron de custodiarlos fueron las propias fuerzas de seguridad que habían generado este desastre.

La única pregunta de la defensa, en boca del acompañante de Alba, Gabriel Castro Capria, fue: "esa falta de presencia del Estado que comentas ¿fue solo con los sobrevivientes o se da en general en la Provincia de Buenos Aires?". Otra vez parecen responsabilizar al Estado, a algún superior. A alguien, que no sean sus imputados.

Pero la respuesta de Onofri es certera. "Seguramente es en general, pero en este caso, ellos (las familias) sufrieron amenazas puntuales de policías y eso además genera una fuerte revictimización".

Termina la declaración de Onofri y le sigue Brian Ciro, quien cuando entra, recibe la mala cara de varios familiares, que ya lo tienen entre sus cejas.

Son las 11 en punto y llega el café para los jueces. Siempre, remarca uno de los integrantes de Justicia x los 7, el muchacho del café llega a las 11. En punto.

¿Usted es adivino?
Brian Ciro es el segundo en declarar. Actualmente presta servicios para la Comisaría Primera. El 2 de marzo de 2017 era parte de la policía motorizada y el motivo de su presencia esa tarde noche en la dependencia, según testimonia, tuvo que ver con llevar notificaciones por un detenido en la vía pública, por resistencia a la autoridad. Viste un pantalón jean ajustado y un buzo rojo y negro, también ajustado. Su corte de pelo es de los tradicionales en las fuerzas de seguridad: bien cortito a los costados, un poco más largo arriba. Se sienta lejos del micrófono y habla bajito. Se acomoda ante el pedido del presidente del tribunal, Guillermo Burrone, y luego de presentarse y jurar decir la verdad, continúa.

Ni bien comienza su relato de los hechos esa noche, Ciro dice el primer “no recuerdo” de muchos durante todo el testimonio. Es para responder a la pregunta de la querella de la CPM

-¿Qué hacés cuando llegás? -empieza Carla Ocampo Pilla

-Fuimos a la oficina del oficial de servicio- responde visiblemente nervioso Ciro

-¿Quién era?

-Eva

-¿Él estaba?- quiere saber la abogada

-No recuerdo

Sin embargo, segundos más tarde Ciro asegura que su compañero y jefe, Mauro Chida, entró a la oficina del oficial de servicios Alexis Eva y dice “encontramos a Eva en su oficina”. Ciro sigue su relato “Mauro sale de la oficina y nos fuimos afuera”. La querella de la CPM pide a Ciro que señale donde encontró a Eva, a lo que el presidente del tribunal le consulta

-¿Usted lo vio a Eva o lo vio Chida?

El juez intenta recapitular lo que va de su relato, que ya en su inicio es confuso. Entonces, ante la nueva pregunta de dónde y cuando vio a Eva responde “nos estábamos retirando del lugar. Se acercó a la moto y nos pidió si podíamos ayudarlo a engomar”. A partir de este momento del relato viene la parte del engome: entraron a las celdas, vio a Brian Carrizo, que era el imaginaria de calabozos, y entró con Eva, Ulloa (también de la motorizada)

-¿Nadie más ingresó? ¿Giulietti? ¿Rodas?- quiere saber la querella de la CPM

-Giulietti sí. Después de mí entra él- recuerda entonces.

Entraron sin problemas. Eva les pidió a cada uno que vaya a su celda, cuenta. Eva cerró las puertas de cada celda. En un momento el reclamo, relata Ciro, se puso más intenso y los detenidos empezaron a patear las rejas ya cerradas luego del engome, “tienen palabras fuertes contra Eva” sigue.

-En ese momento nos retiramos. Quedan dos imaginarias, Giuletti y Carrizo

-¿Logras ver si cierra la puerta que conecta calabozo con imaginaria?- pregunta la querella

-No recuerdo

-Según tu experiencia como policía, ¿quién tiene la llave de las puertas?

-El oficial de servicio

Según su relato, Ciro no vio ni olió humo. Se fue de la Comisaría Primera a la casa de Mauro Chida a terminar de “labrar las actuaciones” para regresar y entregarlas en la dependencia. Sin embargo, en la causa hay aportados tres audios que esa noche salieron, según Daiana Brunel y Camila Gamarra, del celular de Ciro. En esos audios, ya escuchados en anteriores audiencias, se oyen de fondo explosiones, como disparos, gritos, ruidos de rejas, y sonido ambiente de oficina.

-¿Tuviste conocimiento de un audio que anda circulando? – indaga la querella de la CPM

-El audio lo mandé yo, lo mandé contando pero siempre me puse en primera persona- explica Ciro. En la sala el desconcierto es generalizado, nadie entiende a qué se refiere con “en primera persona”.

-¿Qué decía el audio?- prosigue la querella.

-Conté todo pero lo mandé en primera persona cuando yo no viví lo que ví

Burrone lo interrumpe para recordarle que su declaración es bajo juramento de decir verdad

-¿Es adivino usted? ¿Cómo relató algo que no vivió?- interpela Burrone

Ciro intenta explicar, ya más nervioso que al principio, que él mandó ese audio porque se informó por los medios. Sostiene que lo mandó cerca de las 21:00, desde la calle de Merced y Dorrego, la esquina de la Primera. Cuando dice en “primera persona” quiere decir que mandó el audio como si hubiera vivido algo que no vivió. En el audio en cuestión, que reconoce como propio, se oye:

“Discutieron entre los presos y nosotros justo estábamos en la Primera. El oficial de servicio de la Primera nos pidió si podíamos ayudarlos a engomar, o sea a guardarlos cada uno en su celda. Entramos y los empezamos a engomar. Todos adentro, qué sé yo. El último que entró fue Paco, el de Vicente López. Agarró y empezó a patear la reja... Que por qué lo engomaban… empezó a discutir con el oficial de servicio de la Primera. Y dijo que él ahí no iba a vivir. Al ratito nos fuimos, salimos afuera y empezó a salir humo. Todos pensamos que era como lo que hacen siempre, prender una sábana y la apagan. Pero no, agarró toda la celda completa de ellos y murieron todos los de la celda”.

Aunque Ciro al principio de su declaración reconoció que el audio se lo mandaba a un “compañero de Pergamino” que le había preguntado qué había pasado en la Primera ante la consulta de a quien le mandó el audio, regresó el siempre presente “no recuerdo”.

Brian Ciro también sostuvo, aún cuando el presidente del tribunal le advirtió por segunda vez que tenía obligación de decir verdad, que el audio lo mandó cerca de las 21:00, desde la calle, subido a su moto. Sin embargo, en el audio en cuestión se oyen ruidos de oficina, un telefono, el movimiento de una puerta, handys, gente.

-¿Durante todo el audio no pasó ningún auto? - inquirió Burrone y antes de que Ciro pueda responder siguió- Usted no está imputado, no se tiene que defender de nada, debe decir la verdad, porque sino se va a tener que defender después.

-Yo recuerdo que estaba en esa esquina- insistió el testigo.

Ciro escuchó también los otros dos audios que se le adjudican. Dijo no ser él.

-¿Por qué lo hiciste? ¿Tenes problemas de fabulación? - preguntó Margarita Jarque de la CPM sobre el cierre de la testimonial.

-No- respondió.

- Queda liberado- terminó el presidente del tribunal.

Lo que se sabe hasta acá es que el primer mensaje de auxilio de Paco Pizarro salió a las 18:23 y que la cámara de seguridad muestra que la motorizada se va 18:26. Cabe la pregunta: ¿Cómo fue que Ciro no vio ni olió humo?. De hecho, lo dice en sus audios. Pero intentó algo que se repite en los uniformados que se sientan en el estrado: la amnesia policial sobreviene en el momento de declarar.

16 botellas de agua
Luego del cuarto intermedio, y ante la no comparecencia de Diego Ulloa, la defensa policial esgrime que sus defendidos están en condiciones de declarar. La primera de los seis en testimoniar es Carolina Denise Guevara. Antes de sus palabras el abogado defensor Gonzalo Alba aclara al tribunal que sus defendidos se someterán a las preguntas de todas las partes, menos a las de la CPM porque, según sus argumentos, esta parte incurrió en descalificaciones y condena adelantada. El juez le explica que según el código de procedimiento los imputados que deciden declarar pueden negarse a responder, pero que el anuncio carece de sentido, porque en realidad, lo que debe suceder es que cualquier pregunta que la imputada no quiera responder, tendrá que avisarlo en ese momento.

Guevara entonces se desplaza desde el banquillo de los acusados al banquillo de los testigos. Las familias de las víctimas también se paran para escuchar a la primer imputada en declarar.

-Primero quisiera aclarar que algunas cosas no van a coincidir con la declaración anterior. Al principio teníamos un defensor que nos quería enfrentar. Hoy voy a decir la verdad- comienza.

Más adelante expresará que su abogado anterior, quería que le echasen toda la responsabilidad a Donza, que digan que él estaba cruzado de brazos mientras todo ocurría. Y continuó: “eso no fue así”.

-¿Y cómo fue? Le pregunta el juez. Ante los titubeos y las inconsistencias del relato, Burrone le recuerda que no tiene la obligación de decir la verdad, ya que ella no está allí en carácter de testigo, sino de imputada. Pero, agrega “no puede decir que llueve de abajo para arriba, hay ciertos límites. Si se defiende le conviene que su relato sea coherente”.

Carolina Guevara estaba en la oficina de guardia de la Primera el 2 de marzo, cuando se enteró que había un problema en los calabozos. Pasaron entre 20 y 30 minutos para que empiece a oler y a ver humo cuando, según su relato, el oficial de servicios Alexis Eva apareció corriendo y le dijo que vayan a llamar a los bomberos porque habían prendido fuego. Sin embargo, aún ya en presencia del fuego, Eva y Guevara llamaron primero a la fiscalía. Se escuchaban gritos, pero ella no logró distinguir ningún pedido de auxilio, nada le llamó la atención. Luego, desde el mismo teléfono que estaba en la oficina del oficial de servicio marcó ella misma 3 veces a los bomberos voluntarios (número que suele responder con celeridad a emergencias), como no se pudo comunicar, manifestó que marcó el teléfono de los bomberos de policía. Luego realizó un llamado a los bomberos voluntarios y les dijo que “había un incendio en los calabozos” a pesar de que los bomberos declararon que la voz femenina que se comunicó habló de “un motín”.

Guevara hizo alusión durante toda su declaración a que, en medio de la situación de desastre de humo y corridas que relataba ella “anotaba todo en un papel” para pasar luego al libro de guardias, como si fuera más importante la burocracia de la anotación de los movimientos que salvar las vidas de quienes pedían auxilio y golpeaban con todo lo que podían los barrotes de las celdas cerradas con candado. Tolosa, oficial de servicio de otro horario, le había pedido que deje todo asentado. Ese papel, donde estaba todo, cuenta Guevara, no lo vio nunca más por lo que tuvo que anotar lo que recordaba en el libro de guardia, que fue secuestrado a los dos días de la masacre.

En lo que puede leerse como un mostrar a sus compañeros activos ante semejante situación, dijo que vio a Carrizo y a Giulietti ayudando a tirar la manguera a los bomberos. También que ella misma ingresó por el pasillo del patio interno para mover a dos internos, con Eva y uno del grupo GAD, antes de que lleguen los bomberos, lo que desnuda que antes de los bomberos arribó el GAD que, según las denuncias, sacó y golpeó a los sobrevivientes. Y la pregunta que queda resonando es ¿si pudieron ingresar para mover a algunos, cómo no pudieron ingresar para apagar el fuego cuando tenían, siempre según su relato, 16 botellas de agua en la heladera?

Otro punto central de su declaración fueron los matafuegos. Mientras declara, sus compañeros hablan entre ellos y con sus abogados. A pesar de que Alba anticipó que los defendidos no iban a responder las preguntas de la CPM, Guevara contesta cada una de las intervenciones de la Comisión. La imputada reconoce haber buscado matafuegos en la oficina de guardia, pero en ningún lado más.

-¿Por qué no buscó matafuegos en otro lugar?- quiere saber el fiscal

-Por el humo. No aguantaba la respiración- responde Guevara

-¿Consultó al jefe si había matafuegos en otro lugar?

-No- cierra.

Nadie entiende cómo, ante un incendio y oyendo gritos y golpes de barrotes a la oficial de guardia no se le ocurrió preguntar por matafuegos y cómo sólo los buscó en la oficina de guardia. Tampoco nadie logra entender por qué, cuando sacaron a los sobrevivientes al patio de la comisaría, ella “les dio cigarros”, que supuestamente le habían pedido los chicos. Luego de sobrevivir de esa humareda fatal, ¿quién puede pedir un cigarrillo?

A Guevara también le preguntaron si atendió a Camila Gamarra, amiga de Noni Cabrera, en la Comisaría el día de La Masacre, (Camila declaró en la primera semana del juicio que Guevara la recibió en la comisaría y le aseguró que todo estaba bien) pero Carolina no recuerda. Tampoco recuerda haber hablado con la mamá de Alan Córdoba.

-Jamás me hubiese dirigido como relató la señora acá. Yo también tengo hijos- afirma ante la pregunta sobre si la conoce a Flavia Gradiche. Flavia, mamá de Alan, la oye desde la primera fila, enfurece y le grita “asesina, hija de puta, me dijiste que los pendejos tenían teléfono”. Sale de la sala. Guevara continúa unos minutos más.

“No recuerdo todo bien bien”, dijo casi al principio de su declaración. Desde allí, esa frase se repitió frecuentemente. No recuerda a qué hora llamaron a los bomberos. Tampoco desde qué teléfono los llamaron. No recuerda si llamaron al 100. No recuerda si alguien le dejó una carta para uno de los detenidos.

Su declaración termina diciendo que cree en Dios y que él sabe que dice la verdad. Sólo Dios lo sabe. En términos judiciales y no religiosos, su testimonio parece inaugurar una serie de declaraciones de los imputados que se orientarán a contar que esa tarde noche todos hicieron lo correcto. Lo que aún no se comprende es cómo, si todos hicieron lo correcto, murieron siete personas con un fuego que se apagaba, cuando comenzó, con un baldazo. Y en la heladera tenían 16 botellas de agua.

Texto: Antonela Alvarez (FM La Caterva) / Julian Bouvier (La Retaguardia)
Fotos: Andrés Muglia
Edición: Giselle Ribaloff (Radio Presente) / Rodrigo Ferreiro (La Retaguardia)

 

*Este diario del juicio a los policías responsables de la Masacre de Pergamino, es una herramienta de difusión llevada adelante por integrantes de La Retaguardia, FM La Caterva, Radio Presente y Cítrica. Tiene la finalidad de difundir esta instancia de justicia que tanto ha costado conseguir. Agradecemos todo tipo de difusión y reenvío, de modo totalmente libre, citando la fuente. Seguimos diariamente en https://juicio7pergamino.blogspot.com

 

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