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Tercera audiencia del juicio por la Brigada de San Justo

Con la apertura de la ronda de testigos se escuchó a un sobreviviente que pasó por la Brigada, las hermanas Lavalle Lemos y la hija de un dirigente desaparecido-asesinado. Cuatro relatos que hicieron conocer parte del horror que produjo la represión en el oeste del conurbano bonaerense en dictadura.  Por HIJOS La Plata

 

(HIJOS La Plata) Buenos Aires -El primero en dar su testimonio fue el sobreviviente Alberto Oscar Manfredi, integrante de la Junta Vecinal del Complejo habitacional 17 de octubre de La Tablada donde la represión se ensañó especialmente.

Con una situación de salud delicada y en teleconferencia desde su casa, Manfredi contó que para el año 1978 trabajaba como fotógrafo independiente y que si bien había desarrollado una militancia en el PCR y había sido delegado en la fábrica metalúrgica La Cantábrica, la metalúrgica de Haedo que llegó a emplear 8.500 trabajadores, ya no tenía actividad gremial aunque sí social.

De hecho habían desarrollado una importante tarea con la Junta Vecinal del Complejo, donde daban servicios de entrega de alimentos, jardín maternal y salita de primeros auxilios. Pero la experiencia vecinal también reclamó por los desaparecidos del barrio y la libertad de los presos políticos, entre ellos Cirila Benítez, presidenta del club de madres del Complejo.

Hacía allí apuntó la represión y a la salida de una misa con aquellos reivindicaciones, el 26 de marzo del ‘78 Manfredi fue secuestrado junto a otros vecinos. Relató que había visto policías de civil dentro de la iglesia y que al salir vio que estaban rodeados. Lo subieron a un Falcon rojo con otra gente, dieron unas vueltas y los llevaron a la Brigada de San Justo.

El testigo afirmó que reconoció el lugar posteriormente en una inspección ocular por la elevación que había en el portón de ingreso y otras características coincidentes como los gritos y ruidos con la regularidad de la escuela contigua al predio del centro clandestino.

Relató que sufrió torturas e interrogatorios, escuchó cómo se torturaba a otras personas y que las sesiones de tormentos se realizaban fuera de horario escolar. Recordó “con las dudas de 40 años pasados” a uno de sus secuestradores con el apodo de “Víbora”, que no es otro que el cabo de la Brigada Rubén Alfredo Boan, y que en las torturas había un represor que controlaba que no se pasaran.

Si bien estuvo siempre tabicado y encerrado en un calabozo ciego, Manfredi determinó que compartió cautiverio con Olga Araujo, Amalia Marrón, Jorge Heuman, Raúl Petruch y su novia Elisa Moreno, Rodolfo Barberán y otros integrantes del Complejo también secuestrados.

Luego de 3 días de suplicios fue liberado cerca del Regimiento 3 de La Tablada: “Me quisieron usar de anzuelo para seguir secuestrando gente en el Complejo” dijo Manfredi, que agregó que tuvo que irse del barrio y que su vida a partir de ese momento fue de permanente refugio.

A continuación se escucharon los testimonios de las hermanas María y María José Lavalle Lemos, hijas de los militantes desaparecidos Gustavo Lavalle y Mónica Lemos y ellas mismas sobrevivientes del infierno del Terrorismo de Estado.

María relató que sus padres se casaron y decidieron instalarse en José C Paz a fines de 1975. Su padre Gustavo había pasado por los Boy Scouts en Santos Lugares, allí conoció las tareas sociales y se acercó al peronismo hasta participar de Montoneros, donde lo apodaban “Fierrito”. Su madre Mónica era geóloga, había activado en el Centro de Estudiantes de la Universidad y trabajó en una textil de la que fue echada por su actividad gremial. Afirmó que para fines del ’75 ya no tenían militancia política.

Además de criar a sus hijas, la pareja se dedicó a una importante tarea social en el barrio San Fernando de José C Paz, tanto así que Mónica era maestra de la escuela del barrio y su casa era conocida como “la casa de la seño”, un lugar de puertas abiertas. “Dejaron una marca muy profunda en los vecinos”, dijo María que contó que hace un tiempo se cambió a pedido de los vecinos el nombre de la calle 18 de octubre donde vivían sus padres a “Mónica y Gustavo”. Agregó que “esa era mi vida hasta la noche del 20 de julio del 77”. Esa madrugada fueron secuestrados los padres, María con 1 año y 3 meses y María José en un embarazo de 8 meses.

El operativo incluyó un camión del Ejército, tropa de fajina con pilotos claros. Fueron llevados a la Brigada De San Justo. Las primeras gestiones las realizó el abuelo paterno, con los correspondientes Habeas Corpus por todo el grupo familiar.

Tras una semana, María fue devuelta a la familia de manera particular: una llamada telefónica anónima pide que atienda el abuelo paterno “si quiere volver a ver a su nieta” y le dan la dirección de unos vecinos de los abuelos maternos, que hacía poco se habían mudado a Haedo, lo cual denota el detallado seguimiento de la familia que habían realizado los genocidas.

María describió el estado de shock con que vivió ese tiempo, con miedos a objetos significativos como los uniformes policiales y las sirenas. “Era mi manera de manifestar lo que había vivido estando secuestrada con mis padres”, dijo.

La búsqueda de sus padres y su hermana la continuó la abuela materna, Haydé Vallino, una de las fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo. Por la información aportada por la ex detenida Liliana Zambano, pudieron reconstruir que  sus padres estuvieron en San Justo hasta septiembre del ’77, fueron llevados al Pozo de Banfield donde Mónica dio a luz a María José. De allí la pareja fue desaparecida y la bebé trasladada con horas de vida a la Brigada de San Justo, donde fue apropiada por la sargento de la bonaerense María Teresa González y su pareja Nelson Rubén. Tras la lucha de su abuela, Haydé, María José recuperó su identidad en 1987 y los apropiadores González y Rubén fueron condenados a 3 años de prisión en suspenso.

María habló también de su tío Mario Alberto Lemos, que compartía un emprendimiento de trabajos en cuero con su padre y fue secuestrado el 4 de agosto del ’77 junto a unos amigos. Mario continúa desaparecido y los amigos fueron liberados. Por esas personas supo que también fue llevado a la Brigada de San Justo, que probablemente murió en la tortura y que al ingresarlos los represores comentaron que “con esto terminamos con la banda de ‘Fierrito’”.

Para finalizar María opinó sobre por el hecho inexplicable de que habiendo pasado toda la familia Lavalle Lemos por la Brigada de San Justo, sólo esté imputado por los 4 casos el represor Hidalgo Garzón, mientras que el grueso de los genocidas sólo recibió acusación por el caso de María. Para ella el desgüace de la causa “es otro daño que me hacen, porque otra vez me separan de mis padres, por lo que pido que se rectifique lo más pronto posible”.

En coincidencia con su hermana, María José relató la importancia del testimonio de la sobreviviente Liliana Zambano para reconstruir su nacimiento en el Pozo de Banfield: allí pudo hablar con Gustavo Lavalle, y él le contó que venían de San Justo y habían sufrido torturas. También saben que Gustavo supo del nacimiento de su hija María José en el CCD.

También contó que uno de los sobrevivientes de San Justo secuestrado con su tío le dijo que algunos de los represores eran de “toxicomanía”. El término le quedó siempre grabado a María José, porque su apropiadora, Teresa González, era de esa repartición.

La testigo definió a la sargento apropiadora como una persona muy violenta, que siempre alardeaba públicamente de lo que había hecho, se mudaba seguido para ocultar a la niña y hasta robaba bienes de los operativos que realizaban los represores de San Justo. Justamente por aquel alardeo de la apropiación es que siempre hubo información para rastrearla.

En el año ’85 González fue detectada en Mar Del Plata por el juez de Morón Juan María Ramos Padilla y recién 2 años después María José fue restituida a su familia. La comunidad organizada para apropiarse de hijos de desaparecidos que existía en la Brigada de San Justo fue descripta con precisión por María José: González apropió a la hija de los Lavalle-Lemos, Oscar y Víctor Penna a la hija de los Moyano-Artigas y Rubén Lavallén a la hija de los Logares-Grinspon.

El patrón se seguía inflexiblemente, ya que fueron todos matrimonios secuestrados en San Justo y luego llevados a Banfield. Además la testigo afirmó que el médico policial Jorge Héctor Vidal, que asistía las torturas y los partos clandestinos, era médico personal de la familia de su apropiadora. Al analizar el reencuentro con su familia y las secuelas que dejó la represión, María José sentenció “Son 10 años de mi vida que no me los devuelve nadie, encima criada con gente que dañó a mi familia”.

La última testigo fue Nancy Rizzo, hija del dirigente gremial José Rizzo, secuestrado y desaparecido en noviembre de 1976 y cuyos restos fueron identificados en 2009. Nancy se presentó con las cenizas de su padre en una urna de madera y dijo “No es morbo,  mi papá está acá presente”. Contó que ella es la mayor de 4 hermanos y que sus padres los criaron en una casa muy humilde en la calle Berón de Estrada de La Matanza.

Su padre era obrero, delegado en la fábrica CEGELEC y pintaba transformadores con soplete: Lo recuerda como una persona muy solidaria y combativo en los reclamos laborales. Recuerda que muchos días que no iba a trabajar pensaban que estaba enfermo, pero en realidad estaba guardado porque había sido golpeado y amenazado por punteros de la patronal. Al momento del secuestro de su padre Nancy tenía 12 años. La noche del 17 de noviembre de 1976 estaba haciendo los deberes en su casa, mientras sus padres jugaban a las cartas con un vecino.

En verdad ese vecino, de apellido Rizzo Nelly, había sufrido un secuestro tiempo antes y cuando lo liberaron le dijeron “Nos equivocamos”. Buscaban al padre de Nancy. Aquella noche los represores rompieron las puertas de la casilla y, mientras reducían a todos los presentes pudieron ver que estaban de civil, con gorros y chalecos.

Recuerda que ella se agarró de la pierna de su padre hasta que la golpearon, y cuando reaccionaron ya lo habían subido al baúl de un auto donde tenían a otras personas secuestradas. “Ese fue el último día en que fui Nancy. A partir de allí soy la hija de Rizzo”, afirmó. Nancy contó que la desaparición de su padre desarmó a la familia: su madre debió salir a trabajar y dejar a sus hijos con vecinos, tanto que “los hermanos nos encontrábamos para ir a la escuela”.

La esposa de Rizzo realizó la denuncia, siempre infructuosa, y luego se contactó con otros familiares de desaparecidos. Fue así que tiempo después el padre de los hermanos Solís, un colimba y un estudiante secuestrados y luego liberados, quien trajo la información de que sus hijos habían visto a Rizzo en la Brigada de Investigaciones de Lanús, CCD llamado “El Infierno” y ubicado en Avellaneda.

Luego, a través de los testimonios de Horacio Matoso y Nilda Eloy, ex detenidos de la Brigada de Lanús, supieron que su padre estuvo allí con vida hasta fines de diciembre del ‘76.

Pudieron reconstruir además que todo el grupo de militancia de su padre, integrado por Ricardo Lafleur y su esposa, Ricardo Chidichimo y Héctor Galeano, todos sindicalistas de La Tablada, Villa Luzuriaga y Villa Constructora, habían sido secuestrados en serie y llevados primero a San Justo y luego a Avellaneda. Luego Rizzo fue asesinado y su cuerpo plantado a 15 cuadras de la casa de la familia con información fraguada de un supuesto enfrentamiento recordado periodísticamente como “El tiroteo de Aldo Bonzi”.

Nancy contó además que todo el procedimiento en la Morgue policial de La Plata fue irregular, que los restos de su padre fueron exhumados en 1984 en el cementerio Villegas de San Justo, identificados por el Equipo Argentino de Antropología Forense en 2009 y recién entregado a la familia 1 año más tarde.

Nuevamente la desidia judicial se impuso en el caso: en esta causa se juzga a 9 represores por el secuestro y tormentos a Rizzo, pero no por su homicidio, producido desde la Brigada de Avellaneda. “¿Me van a decir que esto no es un homicidio?”, preguntó Nancy a los jueces señalando la urna con los restos de su padre. “Yo esperé 42 años este momento. Uds van a decidir si creí en la justicia en vano o no. Quiero que me prometan que van a hacer justicia de verdad. No me defrauden”, sentenció.

Mientras los doctores Pablo Vega, Alejandro Esmoris y Nelson Jarazo esquivaban la mirada y se rascaban las orejas. También recordó que aunque está pedida la desafectación de la Brigada de San Justo como dependencia policial, sigue funcionando allí la Departamental de investigaciones. El testimonio de la compañera, integrante de HIJOS La Matanza, fue de lo más contundente que se escuchó en lo que va del debate, que continuará con más testimonios de familiares y víctimas sobrevivientes.

La próxima audiencia será el miércoles 19 de septiembre desde las 10 am. Para presenciarla sólo se necesita concurrir a los Tribunales Federales de 8 y 50 con DNI.

Visitá el Blog https://juiciobrigadadesanjusto.blogspot.com.ar/

 

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