Duros y contundentes testimonios

Avances y dificultad en la tercera semana del juicio por el crimen de Floreal “Negrito” Avellaneda, que se desarrolla en los Tribunales de San Martín. (Oliver Reboursin – Red Eco) Buenos Aires. En la audiencia del pasado lunes, los integrantes de la familia del Negrito Avellaneda pudieron volver a prestar declaración testimonial sobre lo ocurrido el 15 de abril de 1976.
Esta vez lo hicieron ante un tribunal oral que, esperan, condene con el máximo rigor a los autores mediatos e inmediatos del secuestro, tortura y asesinato del joven de 15 años.
Por estos delitos son juzgados algunos de los militares y policías que oficiaban como amos y señores del centro clandestino de detención y exterminio que funcionara en Campo de Mayo y en las dependencias policiales de sus alrededores.
Con declaraciones cargadas de emoción, Iris Pereyra de Avellaneda y su compañero Floreal rememoraron no sólo el terrible día en que la patota irrumpió en su hogar de Munro, sino también hablaron de la historia política de la familia y su compromiso, y de la militancia de su hijo, el “Negrito”.
Sin embargo, la presidenta del Tribunal, Lucila Larrandart, prefirió utilizar el esquema que muchos otros funcionarios judiciales también intentan: analizar el caso y el relato como propio de un mero hecho delictual susceptible de ser sometido a las reglas del juicio penal ordinario y sin asumir que lo que aquí se juzgan –morosa y fragmentariamente- son crímenes de Estado, parte de un plan criminal de carácter político ideado por los sectores del poder locales y aquellos situados allende nuestras fronteras.
Esa errónea y peligrosa visión se evidenció en su constante intento de cortar la declaración de Iris cada vez que comenzaba a detallar los pormenores políticos y represivos de la época, o cuando hizo lo propio con el abogado querellante de Justicia Ya! Luis Bonomi, quien quiso saber si había otros desaparecidos entre los trabajadores de la empresa metalúrgica Tensa, donde Floreal (padre) tenía una reconocida y respetada tradición de lucha como delegado.
La conducta de Larrandart también se evidenció en sus malos tratos hacia las víctimas del terrorismo de Estado y a otros testigos que prestaron declaración.
Lo que queda claro, luego de haberse cumplido cinco audiencias, es la necesidad de que los juicios por crímenes del Terrorismo de Estado se lleven a cabo siguiendo criterios distintos a los establecidos por las normas procedimentales generales. Esto ya ha sido advertido por diversos sectores, como el movimiento de Derechos Humanos que ha llegado a plantear a distintas instancias del poder estatal –tales como la Corte Suprema, el Consejo de la Magistratura y el Poder Ejecutivo- la necesidad de adoptar criterios que no solo unifiquen y aceleren los procesos sino la adopción de nuevos modos de prueba y tramitación que reconozcan la voz de los sobrevivientes como principal herramienta para la garantía de la memoria, la verdad y la justicia.
Durante su declaración, Iris Pereyra de Avellaneda señaló que el hombre que entró en su casa a cara descubierta y a quien llamaban ‘Rolo’, era quien dirigía el operativo y el mismo que la torturó en la Comisaría de Villa Martelli y en Campo de Mayo, donde éste le hizo simulacro de fusilamiento. También contó la última vez que escuchó la voz de su hijo cuando lo llevaron ante ella, luego de que ambos fueran torturados. En ese momento, él le pidió que dijera que su padre había escapado y que no sabía dónde estaba.
A continuación, Floreal Avellaneda reiteró los hechos relativos al brutal allanamiento desplegado por los represores; contó que intentaron fugarse juntos con el Negrito y que este llegó a alcanzarle los zapatos por la ventana, pero que en ese momento una persona trepada a los caños que había en la calle comenzó a dispararle, por lo que ordenó a su hijo que se tirara cuerpo a tierra dentro de la casa, lo que permitió que los invasores lo capturaran.  
Terminó su declaración diciendo que hubo una metodología para imponer el sistema neoliberal en el país y agregó: “Yo creía que mi hijo era uno de los más jóvenes de las víctimas. Pero fui al Monumento de la Memoria, en la Costanera, y había dieciocho mil nombres, entre los que había chicos de 13, 14 y 15 años”. Aclaró que la muerte de su hijo y los tormentos sufridos por Iris no fueron un drama familiar, sino un plan genocida para neutralizar a una generación de luchadores.
Luego declararon la hermana y la tía del Negrito, quienes relataron, con lágrimas en los ojos, lo sucedido en esos años.
En la audiencia del miércoles 13 se recibieron los testimonios y la incorporación por lectura de las declaraciones anteriores de Alba Margarita López; Pedro Joaquín López; Francisco Illuzzi, Mario Vicente Niemal, Martín Yago Barrera y Susana Beatriz Aguirre. Todos familiares y vecinos de la casa de los Avellaneda. Las declaraciones coincidieron en la brutalidad del operativo, que abarcó los terrenos linderos tras no poder dar con la persona de Floreal Avellaneda padre en su casa. Los testimonios dieron cuenta de balazos por todos lados, destrozos, saqueos y la detención ilegal de Iris Avellaneda y de su hijo.
Sobre el cierre, los defensores oficiales que asisten al imputado Fernando Verplaetsen, informaron que en su opinión, y pese a que en el expediente existe un informe médico que expresa que el ex militar está en condiciones físicas y mentales de afrontar un juicio, esto no es así. “Es incapaz de seguir un diálogo”, aseguró uno de los abogados pidiendo que se realice un nuevo estudio para verificar tal situación. El pedido fue trasladado por la presidenta del Tribunal a la Fiscalía y las querellas, quienes coincidieron en realizar el estudio siempre y cuando se admita la participación de peritos de parte y sin que implique la suspensión de la audiencia.
El próximo viernes, cuando se reanude la audiencia, comenzarán a prestar declaración testimonial los ex policías que revistaban en Villa Martelli junto al imputado Aneto. Los abogados de la familia consideran que es nuevamente fundamental la movilización popular en apoyo al juicio, como herramienta para enfrentar la cadena de impunidad que rige la fuerza.

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