Cuando peligraron los abrazos

Primero lo sufrieron las mascotas. Perros, gatos, patos, hurones, todos eran asediados por los apretujones de sus dueños. Luego le tocó a cualquier figura abrazable que había en la calle. Los que podían salir se enroscaban a los árboles, semáforos, postes de luz. Al ver esto, las autoridades sensibilizadas contrataron a los abrazadores, jóvenes vestidos como si fueran astronautas, ofrecían sus cuerpos rociado con desinfectante, para que la gente los abrazara. Esta medida fue dejada de lado por las largas colas que se formaban, un verdadero peligro para la salud pública. Por Pablo Marrero.

Como todo termina, la peste que se transmitía a través de la piel y que nos negaba los abrazos, se fue. En ese momento todos salimos a las calles a abrazar al primero que se nos cruzara, sin saber si el otro era un ángel, un violador, un asesino o un banquero. Así, el abrazo empezó a confundirse, a rebajarse, a vulgarizarse, a perder su más profundo sentido. Después de tanto tiempo sin abrazarnos nuestras sensaciones se habían atrofiado, un peligro tan temible como la peste que habíamos sufrido.

Muchos empezamos a percibir la diferencia entre los verdaderos y falsos abrazos, nos dimos cuenta que en el calor y los latidos estaban la clave. Por suerte, tras una larga batalla con los sentidos, los abrazos volvieron a ser patrimonio de los que los merece n: las madres, los hermanos, los amigos, los enamorados.


Imagen: Carolina Tana @carola.tana.dg

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