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Scioli y la estrategia de no decir nada

La palabra y la política han estado en constante relación desde los inicios de la democracia. Incluso hay quienes sostienen que la política se despliega en el orden del decir. Si avalamos esta teoría o al menos admitimos que el discurso juega un rol determinante en el terreno de la política podemos deducir que lo sucedido el lunes en el programa de Marcelo Tinelli denota una herida enorme al interior de esa relación. Red Eco Alternativo


Lo que algunos vimos no fue ninguna sorpresa, los tres pre-candidatos presidenciales han sostenido sus campañas a través de un modo de enunciarse en donde parecería subyacer que se habla de todo menos de política. Sin embargo, creemos necesaria una instancia de reflexión sobre esta forma de abordar lo político ya que tiene sus consecuencias observables en nuestra propia historia como en la actualidad internacional.
Showmatch representa gustos y prácticas de un gran número de argentinos. Los discursos enunciados desde este lugar inciden en las subjetividades de los televidentes, lo que no quiere decir que las determinen absolutamente. Quienes lo miran, lo eligen y es a partir de la pantalla que tienen uno de los acercamientos para con los pre-candidatos. Por eso preferimos alejarnos de la subestimación elitista que suele reinar en las opiniones sobre Tinelli y tomarlo como lo que realmente es: un producto de la cultura popular que atraviesa a masas.
Una pregunta que podría surgir es: ¿Por qué un candidato a presidente tendría que hablar de política en un programa de entretenimiento? Justamente porque no hay forma de que no lo haga, por su rol actual todo lo que dice es susceptible de ser interpretado en clave política, incluso cuando hablan de cómo llaman a su pareja en la intimidad.
La canción de fondo hacía presagiar lo que escucharíamos: “yo creo en ti, yo creo en mí, yo creo en dios, yo creeeo”. Los dichos de Daniel Scioli no hicieron más que reproducir este tipo de discurso carente de contenido político y plagado de “buena onda” y “alegría”. La referencia a proyectos concretos, el establecimiento de una identidad y la construcción de una otredad que funcionaría como límite ideológico estuvo por completo ausente en las palabras del candidato kirchnerista. Scioli, de la mano de su mujer Karina Rabolini, se dedicó a hablar de su pasada amistad con Tinelli, “cuando éramos dos soñadores”. En cuanto a la forma de abordar sus funciones en caso de que fuera elegido presidente dijo “con lucha y esfuerzo”, luego sumó “con alegría al corazón”.
De “lo social” (vaya uno a saber a qué tipo de prácticas se referían aquí) se habló a partir de la Fundación Banco Provincia que encabeza la esposa del pre-candidato y no fue justamente Scioli quien se refirió al tema, sino Rabolini. El candidato prefirió no “ensuciarse” al hablar de política y continuó rememorando su pasado como exitoso deportista “donde todo se hacía en equipo y con esfuerzo”.
En cuanto al futuro, es decir a la proyección que cualquier aspirante a presidente de un país debe tener como horizonte por el cual pelear, el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires se limitó a decir que “ahora hay que entregarse a lo que nos tenga deparado el destino…dios, en fin, todo lo que nos pueda ocurrir”. Y sobre su afinidad al kirchnerismo sostuvo “más allá de las banderías políticas. Cuando las cosas empiezan a andar… sigamos para adelante”. No es extraño, por lo tanto, que no haya nombrado la palabra “kirchnerismo” durante los aproximadamente veinte minutos que estuvo con Tinelli.
Ese “más allá” suena al fin de las ideologías, al entendimiento de la política en términos de administración pura. Es una expresión que refuta inmediatamente el discurso sostenido por gran parte del kirchnerismo de “vuelta a la política” y nos envía de una patada a los 90’s donde muchos sostenían que la división de izquierda y derecha era algo que debía quedar olvidado.
Es un discurso vacío de contenido político pero ese vacío habla a partir de su silencio. Precisamente es lo que caya lo que mejor describe a quien lo enuncia. Es netamente político, de una forma de entender a la política a través de un discurso soft, que no compromete efectivamente, que promete un futuro rosado y que le deja las decisiones a “los que saben” mientras que “la gente” tiene vía libre para dedicarse a ser feliz.
Esa retórica sostenida a partir del “dejar hacer a los que saben” no es patrimonio de Scioli. Cuando en el programa de Gustavo Silvestre se le preguntó a Mauricio Macri cómo iba a hacer para mantener la asignación universal por hijo, si pretendía eliminar el impuesto a las ganancias y las retenciones a las exportaciones, el candidato del Pro respondió “quedate tranquilo Gato que tenemos un equipo preparadísimo para hacerlo”. Este fue el discurso que legitimó a Domingo Cavallo, plagado de pergaminos de la universidad de Harvard, como Ministro de Economía en el 2001 y no hace falta recordar las consecuencias que el “dejar hacer a los que saben” trajo.
A su vez, un dato no menos curioso es que se observa en los dichos de Scioli que se eliminó por completo la instancia de confrontación o debate. Aquello que en la Grecia de Pericles determinaba quién gobernaba o qué medidas se tomaban en relación a la justicia o cuestiones bélicas. El arte de la retórica, las estrategias argumentativas, todo se condensa en un solo plano vacuo que busca interpelar a los votantes a través del chiste.
Hizo reír Berlusconi cuando le dijo a los italianos que “otra razón de peso para invertir en Italia es que tenemos bellísimas secretarias… chicas soberbias”. Hoy Italia se encuentra presa de la troika con un margen de maniobra mínimo y condenado a lo que se decida desde Alemania.
Lo de Macri y Massa lo dejamos para otros análisis aunque poco se diferenciaron de Scioli. Se podría decir que los tres candidatos apelaron a una forma de enunciación que le escapa a lo político pero que tiene sus consecuencias concretas. Porque en definitiva, hablar de política es “aburrido”… Ay esa palabra, ¡qué recuerdos nefastos!

 

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