Historia de un triunfo: a 25 años de la gran marcha a Gastre

Miles de personas en la calle lograron frenar un basurero nuclear en Chubut, en plena década neoliberal. Fue una de las mayores gestas populares de Argentina y un hito en las luchas socioambientales. Antecedente directo de las resistencias asamblearias, el rol de los jóvenes y el rechazo patagónico al extractivismo. Por Pablo Lada* - Agencia Tierra Viva.

El 17 de junio de 1996 se escribió una de las páginas más significativas para los movimientos socioambientales y el activismo antinuclear de Argentina. Miles de personas partieron aquella madrugada desde Trelew a la comuna rural de Gastre para manifestar un categórico rechazo a la imposición del primer repositorio de residuos radioactivos de alta actividad del mundo en la provincia de Chubut. Ni los 400 kilómetros de ripio que separan Trelew de Gastre, ni los diez grados bajo cero frenaron el ímpetu de la comunidad movilizada.

La conformación de un plenario de cinco comisiones en la Cámara de Diputados de la Nación impulsando un proyecto de ley que daría potestades a la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) para decidir el emplazamiento de un “repositorio final para residuos de alta, media y baja actividad”, convulsionó la región.

A partir del anuncio se gestaron movilizaciones y actividades en diferentes localidades. En Puerto Madryn, una inmensa cadena humana de 5000 jóvenes escribió con sus cuerpos, sobre la arena de la playa: “No al basurero nuclear. Patagonia no nuclear”. En Caleta Olivia y Comodoro Rivadavia multitudes manifestaban su descontento con el gobierno de Carlos Menem que impulsaba el proyecto de ley. Y había expresiones en otras ciudades. La Patagonia estaba de pie contra el “basurero nuclear”.

Trelew fue el epicentro de movilizaciones sociales en las que irrumpieron los estudiantes como un novedoso sujeto político. La participación de alumnos de escuelas secundarias, organizado en la Comisión de Estudiantes de Chubut (CECH) fue masiva.

No puede comprenderse este fenómeno sin la figura rutilante de Javier Rodríguez Pardo, motor de la lucha antinuclear y fundador del Movimiento Antinuclear del Chubut (MACH). Javier había recorrido cuanta escuela hubiera explicando el impacto de la actividad nuclear y motivando a la movilización social.

Gastre es una referencia histórica de las luchas ecologistas y el hilo conductor hasta el movimiento de las asambleas contra la megaminería. Pero más importante es entender lo que significó el proyecto del repositorio nuclear y qué estigma pesaría sobre la Patagonia.

Su construcción se estimaba en más de 20 años. Debían horadar el macizo granítico de Sierra del Medio hasta alcanzar una profundidad entre los 600 y 1000 metros. En el interior de la roca se construirían galerías para contener el material radioactivo que luego serían selladas con barreras ingenieriles, intentando de esta manera alejar durante 100.000 años –en la teoría porque nadie se quedará para verlo–, residuos tan peligrosos como el plutonio (la millonésima parte de un gramo causa cáncer). Durante este período los radionucleidos (forma inestable de un elemento que libera radiación) deberían mantenerse alejados del exterior y del contacto con el agua porque, al decir de los mismos proponentes del repositorio nuclear, se “trata de retardar la corrosión de los contenedores, tanto como sea posible, porque en algún momento se van a abrir”.

La escala de tiempo de los residuos radiactivos de alta actividad que se “crean” durante la fisión del núcleo del átomo en una central nuclear es imposible de imaginar.

Si consideramos que los primeros vestigios de asentamientos humanos datan del neolítico (6500 A.C.) y que la última gran glaciación sucedió hace 100.000 años nos daremos cuenta por qué al día de hoy -y después de 70 años de industria nuclear- no existe almacenamiento definitivo para la escoria radioactiva. Nadie sabe con seguridad qué hacer con ellos, pero los seguimos generando. Esa es la gran inmoralidad: para producir una magra porción de energía comprometemos generaciones enteras que no la disfrutaron.

La marcha a Gastre fue un éxito. Los principales canales de televisión porteños registraron en vivo la interminable caravana de colectivos y vehículos particulares que salieron de Trelew, mostrando al país y el mundo que Chubut no quería ser un “basurero nuclear”.

Al día siguiente los diarios de la provincia reflejaban a tapa completa la contundente expresión del pueblo. No se hablaba de otra cosa. La movilización asestó el golpe final al proyecto del sepulcro radioactivo para una la lucha que había comenzado mucho tiempo antes. Ya en el año 1986 se logró paralizar el proyecto del repositorio nuclear que el presidente Raúl Alfonsín tenía a la firma sobre su escritorio.

El legado de Gastre es inmenso. Más de 60 municipios con ordenanzas “antinucleares”. El artículo 110 de la Constitución de Chubut prohíbe la introducción, el transporte y el depósito de residuos radioactivos de origen extraprovincial y el artículo 41 de la Constitución Nacional impide la entrada de los desechos nucleares al país.

Pero también la reforma de la Ley 24.804, que regula la actividad nuclear, es fruto del activismo antinuclear en la Patagonia. Fue sancionada un año después de la marcha. En el punto 12 expresa que “para definir la ubicación de un repositorio nuclear (…) deberá ser aprobado por ley del Estado provincial donde se ha propuesto la localización”. Fue la respuesta a la movilización de Gastre contra el intento de Carlos Menem de imponer desde Buenos Aires el repositorio nuclear.

Recordar la gesta antinuclear de Gastre es de una importancia vital. En 2017 intentaron avanzar en la construcción de una central nuclear de origen chino en Río Negro (que el pueblo impidió) y ahora trascienden las negociaciones con Rusia por minería del uranio y más plantas nucleares.

Está claro que, mientras sigan apostando a la obsoleta energía nuclear, la espada de Damocles del repositorio radioactivo seguirá siendo un peligro para los argentinos.

El debate pasa por repensar una matriz energética a escala de los pueblos y que excluya definitivamente a la nuclear, sin dudas la más contaminante, cara y peligrosa fuente de energía.

La épica de Gastre nos enseña también que todas las luchas valen la pena. Resumido en palabras de Javier Rodríguez Pardo: “El pueblo derrotó al gigante atómico de Gastre y expuso que cualquier lucha, por imposible que parezca, se puede ganar con dedicación y constancia y dejar perplejos a quienes nos sentencian al fracaso”.

*Movimiento Antunuclear de Chubut (MACH).

Imagen: Colección Diario Jornada Archivo Provincial de la Memoria

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