Red Eco Alternativo ***

Los espacios públicos desde una perspectiva histórica

La Asamblea Luna Roja agrupa a vecinos y vecinas de la zona sur del Partido de General Pueyrredón que se organizan para defender, recuperar y cuidar los espacios públicos que están siendo amenazados u ocupados por negocios privados que se los apropian incumpliendo la legislación vigente y los acuerdos comunitarios, excluyendo crecientemente a las y los pobladores locales de su uso y disfrute. Como parte de sus tareas ha encargado notas de opinión a investigadores de distintas disciplinas para reflexionar sobre la situación desde diversos enfoques y perspectivas. En el marco de esta iniciativa fue solicitada la nota que aquí reproducimos.

(Gustavo Contreras *) Buenos Aires - He sido comisionado por la Asamblea Luna Roja a escribir, en tanto investigador en historia, algunas líneas sobre la importancia de los espacios públicos en nuestras sociedades en general y en nuestra comunidad en particular. He aceptado el pedido tanto por el respeto que se ha ganado la Asamblea en la defensa y potenciación de los espacios públicos como por una convicción personal y profesional sobre el asunto. A su vez, en tanto vecino de Chapadmalal, veo con preocupación cómo peligra el libre acceso a espacios públicos y comunitarios amenazadas por intenciones y proyectos privatistas.

El estudio de la historia nos muestra cómo el capitalismo, desde sus orígenes, comete constantes injusticias a través de la apropiación continua de territorios por diferentes medios para concentrarlos en pocas manos y excluir a las vastas mayorías de su disposición comunitaria. Esta apropiación muchas veces ha sido acompañada de violencia, ilegitimidad e ilegalidad. Lo que antes pertenecía a todos, o a nadie, por estos medios comenzó a ser apropiado por pocos a partir de una nueva forma social que fue denominada “propiedad privada”; en este caso, de la tierra.

Es más que ilustrativo que la propiedad privada se fundamenta principalmente en privar a otros de propiedad. En este sentido asume un carácter expropiador sobre otras formas históricas de propiedad, como puede ser la feudal, la comunal o la pública, por citar algunos ejemplos. Sin lugar a dudas la propiedad privada capitalista históricamente es la más excluyente respecto a los derechos y los usos de los otros, de los que dejan de ser propietarios. 

Esta novedad histórica afectó inicialmente a las comunidades rurales pero pronto incluyó al conjunto de la población. La quema de chozas, los cercamientos, las campañas al llamado “desierto” han sido algunas de las denominaciones concretas que fue adquiriendo este proceso de expropiación masiva. El avance de este proceso continua en la actualidad siendo difícil saber hasta que limite están dispuestos a extender la apropiación privada de lo que antes tenía otro carácter social y jurídico, y hasta que limite la sociedad está dispuesta a tolerar este constante atropello para las vastas mayorías que habitan este planeta.

No es ocioso preguntarse, entonces, cómo, quienes y para qué apropian terrenos. Mientras los que más tienen incorporan más territorios a sus propiedades y negocios, para la mayoría de las familias es cada vez más difícil hacerse con un terreno para construir una vivienda o acceder a espacios verdes públicos para poder disfrutar de momentos de recreación y esparcimientos. Estamos hablando de temas que son considerados en gran parte de nuestras sociedades como derechos. Así, la acumulación de capital, la rentabilidad y las sociedades anónimas parecen seguir imponiéndose a conceptos tales como interés general, comunidad y derechos. Es una lógica intrínseca del desarrollo de capitalismo que sigue incrementando las injusticias y las desigualdades económicas, sociales y territoriales. De igual modo, es una lógica que crecientemente está siendo muy cuestionada desde miradas atentas al cuidado ambiental.

Lamentablemente, en los últimos años estamos cada vez más lejos como sociedad de estructurar propuestas que apunten a solucionar el acceso y el goce de estos derechos a todos los ciudadanos; al contrario, el camino parece ser el inverso. Es decepcionante que en este contexto el capital privado siga avanzando sobre territorios públicos o comunales para sumarlos a la lógica de la propiedad privada y la concentración de capital. En tiempos recientes, bosques, humedales, riberas, playas, por citar algunos ejemplos de espacios públicos y comunitarios, han sufrido los embates de la apropiación en manos privadas. Es una estación más en este largo proceso que mencionábamos y que lleva varios siglos. Sin embargo, el problema se agranda. ¿Hasta dónde seguirán avanzando? ¿Cuánto más nos seguirán expropiando? ¿Por qué no se cumplen las leyes vigentes que protegen el medio ambiente, los espacios públicos y el uso del suelo? ¿Quién debe ponerle un límite a este incesante proceso de apropiación, exclusión e injusticia?

La Asamblea Luna Roja, en tanto espacio de vecinos y vecinas de Chapadmalal, ha tomado esta urgente tarea en sus manos y, en la medida de sus posibilidades, ya no está dispuesta a soportar los atropellos de quienes de manera ilegal e ilegítima incumplen la legislación que protege el uso público y comunitario de las riberas de los arroyos, las playas y terrenos destinados a usos sociales. ¿Podrán entender las corporaciones capitalistas y las sociedades anónimas que ya es hora de ponerle un límite a su avaricia y sus prácticas fraudulentas? ¿Podrá el Estado estar a la altura de las decisiones que el momento histórico demanda para hacer cumplir las leyes proteccionistas y defender los derechos de los ciudadanos y las ciudadanas?

La Asamblea Luna Roja comprendió que ya no es mucho lo que queda por defender y que se hace urgente cambiar el rumbo de esta historia. Tal vez por eso hoy se torna imprescindible no perder lo poco que nos queda como sociedad y comunidad para uso libre, común y compartido. Es que, justamente, estamos hablando de lo nuestro, de lo que nos pertenece a todos, de lo que nadie debería privarnos. No es un tema menor y se hace urgente atenderlo. Por modesto que parezca, tal vez este sea un paso necesario para repensar como reordenamos un mundo que sea territorialmente justo y que valga la pena habitar colectivamente en comunidad, incorporando en su disfrute al conjunto de la población.

(*) Gustavo Contreras es Investigador adjunto del CONICET y docente de Historia Contemporánea de Europa en al Universidad Nacional de Mar del Plata (Provincia de Buenos Aires) 

 

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