Red Eco Alternativo ***

Ni esenciales ni 64

No sólo el hambre acecha en la construcción de un futuro distinto. También están esperando a la vuelta de la esquina los alimentos pendencieros, los que atacan a traición. Los que se disfrazan de maravilla, de 64 esenciales pero esconden colmillos que muerden las yugulares de lo que vendrá. Aquella antigua imagen de la pobreza flaca y los banquetes cortesanos poblados de grasa abdominal ya forman parte de la historia. El exceso de peso congelado en el imaginario como símbolo saludable cayó estrepitosamente en el pasado reciente de la superindustrialización alimentaria. Por Silvana Melo – Agencia Pelota de Trapo.

La delgadez bronceada es el distintivo contundente de las clases superiores. La gordura morocha anda por las calles de tierra de los barrios comprando grasas e hidratos de carbono para el alimento diario. Que es lo único alcanzable para los sectores populares a las puertas de un invierno feroz, de 64 mezquinos productos incluidos en precios esenciales, caros de por sí y aumentados antes de ser sumados a un listado enclenque que no llega a todas las provincias ni está en la mitad de los supermercados.

14 millones y medio de personas son pobres en la Argentina. Y son cifras oficiales. Otro tanto, probablemente, esté en la cuerda floja. Cuando una familia necesita poco menos de 30 mil pesos mensuales para no caer. La comida, entonces, es fatalmente el combustible del futuro. Pero no cualquier comida. No aquella cuyos ingredientes son desconocidos, no aquella poblada de agroquímicos, no aquella baldía de proteínas, fibras, calcio, hierro y vitaminas, no aquella floreciente en hidratos de carbono, sales, azúcares y grasas, no aquella que enferma, no aquella que engorda sin nutrir.

A los 64 esenciales del Gobierno Nacional, que no son baratos ni colman ninguna esencia, hay que restarle cinco bebidas alcohólicas. De los 500 artículos de Precios Cuidados (todos recursos ocasionales de crisis) a los 64 tacaños del macrismo, hay ausencias estelares. Treinta de los 64 son: tres aceites, tres yerbas, tres harinas, dos rebozadores, dos pan rallados, cinco fideos, seis arroces blancos, una polenta, cinco bebidas con alcohol. El resto se completa con lácteos –yogures y leches-, mermeladas, galletitas dulces y saladas y poco más.

Fueron desterrados el queso, la carne, las verduras y las frutas. La deserción de los alimentos más naturales y saludables (dentro de lo que se puede esperar en el contexto de un sistema productivo que utiliza veneno para producir alimento) en el programa gubernamental es una definición clara. Puesta ante el público un día después de que el Ministerio de Salud saliera, compungido, a decir que el 60% de los argentinos sufre de sobrepeso u obesidad. Que, lejos de una preocupación estética, es un gravísimo problema de la salud pública. Que el estado destina a la pobreza. Los 64 esenciales son la caricatura de esa definición: la pobreza no sólo no tendrá casa. Sino que, si come, comerá mal, sin nutrientes y con energía vacía que nunca llegará a gastar y se le acumulará en la panza y en las arterias. Los niños no aprenderán como el resto, su expectativa de vida será menor, no habrá lugar en el mundo pequeño que se construye y la mayor parte de las puertas se cerrarán en sus narices.

El futuro, cuando venga, llegará escondido en la panza de los niños. Será un futuro hambreado, un futuro obeso o malnutrido. Un futuro con la comprensión deteriorada y los sueños en hilachas.

O será un futuro enérgico y brillante, con los brazos fuertes para levantar el mundo y darlo vuelta con la insolencia de los niños sanos.

Con la soberanía de una mesa digna.

 
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