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En el país del desamparo

El segundo país más desdichado del mundo es Argentina. Lo dice un economista norteamericano, que creó un índice de desdichas. Gente que primero crea la desgracia y luego la mide. Después de Venezuela, dice, viene esta tierra. En infelicidades. Por Silvana Melo – Agencia Pelota de Trapo


(APe) Lo sabe el hombre que salió de su casa con la bebé broncoaspirada en los brazos, en el barrio San Francisco Solano de Salta y fue al centro de salud. "El enfermero se quedó inmovilizado, no sabía qué hacer con mi bebe, le pedí que me llame una ambulancia y no sabía ningún número. La tuve que alzar con mis manos, salir a la calle y tomarme un remís para ir al Hospital Papa Francisco. Cuando llegué el médico me dijo que no tenía los elementos para atenderla, desesperado le pedí que me lleve en ambulancia al Materno Infantil, a lo que me contestó 'no tenemos ambulancia'. Mi bebé se me murió en mis brazos y nadie pudo ayudarme, no puede ser que los pobres tengamos que vivir este calvario".

Sí que puede ser. En el país de la desdicha el norte es tierra condenada: la pobreza en sus niveles máximos, los desmontes que desnudan a la tierra y se ahogan, ella y su diversidad, en el oleaje de la renta de los otros. El hambre y el veneno. La salud colapsada y el trabajo como extorsión feudal.

Corrientes es la ciudad con mayor índice de pobreza en el país: 49,3%. Después Concordia (Entre Ríos) y el Gran Resistencia (Chaco), con más de 41%. Después, Santiago del Estero-La Banda, con 38,9%. Y Salta, con 37,7%.

En Corrientes, los estudiantes de la Universidad Nacional del Nordeste colapsaron el comedor. Si comen, no pagan alquiler. Es el almuerzo o la calle. Las raciones se dividen en mil. Migas para cada uno. Futuros profesionales atravesados por el hambre.

El Banco Mundial, con su proverbial generosidad, advirtió que las condiciones acordadas por el FMI "está cobrando un alto precio” a la Argentina. Pero aclaró, por las dudas, que “es un mal necesario".

En la escuela El Breal, municipio de Rivadavia, la directora se hizo cargo de la olla grande en el patio de tierra, sobre las brasas. No hay auxiliares ni comida. En la misma zona de Salta donde la inundación llegó y no se fue nunca. Y la vida y la escuela son con el agua en las rodillas.

El 32% es pobre en el país de las desdichas. Un 6,3 % más de un año al otro. Casi tres millones de personas se sumaron. Tres millones de caras, de historias, de madres jefas, de padres heridos en su fallido rol proveedor, de niños marcados para siempre por la mala nutrición, de gente que está al borde de la calle, de esperanzas arrancadas como hierba mala.

Argentina es el sexto país con mayor inflación del mundo, según el FMI. Arriba sólo quedan los países marginales cuyos presentes y/o historias esta tierra suele mirar desde un púlpito.

Una familia es pobre si no llega a cobrar 27.570 pesos por mes. El salario mínimo (que se supone está al borde de la vida) es de 12.500 pesos. Menos de la mitad. Millones de personas están asomadas a la ventana del dolor. Mirando cómo el futuro se va, con norte ajeno.

Los chicos que se desmayan los lunes en las escuelas del conurbano porque no comieron el fin de semana no tienen idea de que Argentina es el país más endeudado de América Latina (Informe BBC Mundo, febrero de 2019) pero pagan la deuda día a día, hora a hora.

No saben que la seguirán pagando, impiadosamente. Con la extracción del futuro, como si fuera una muela sistémica.

Así se sigue, en el país de las desdichas.

 
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