Red Eco Alternativo ***

¿Por qué la Argentina estalla cada 7 o 10 años?

La disparada del dólar y la renovada apuesta a incrementar la deuda externa sin plan alternativo marcan la coyuntura política y económica de estos días. De lo que (casi) nadie habla es del problema estructural del capitalismo argentino. Por CEICS

(Centro de Estudios e Investigación en Ciencias Sociales) Argentina - El problema mayor no es la coyuntura, sino la estructura del capitalismo argentino. Lo que está ocurriendo es que el mercado mundial vuelve a colocar a la Argentina ante sus límites históricos. Esa es la “pesada herencia” que ni el macrismo, ni ningún otro gobierno, va a poder modificar. La Argentina funciona a parches, no por culpa de los neoliberales o del capital extranjero, sino desde hace más de ochenta años. Todos los que llegaron al poder hicieron lo mismo. En esa línea, la década kirchnerista fue algo excepcional: una etapa de elevados precios de bienes agrarios, que permitió la afluencia masiva de renta como no se veía desde la primera mitad del siglo XX, lo que sirvió para compensar en cierta medida el atraso de la productividad argentina. Agotado ese recurso, ya desde el segundo gobierno de Cristina reaparecieron con fuerza los instrumentos típicos: endeudamiento y avance sobre las condiciones de vida de las masas.

Esto ocurre así porque la Argentina es un país chico en términos de acumulación de capital y de carácter tardío. Es decir, ingresa en el mercado mundial cuando las ramas de la producción están ocupadas por capitales que tienen una extensa trayectoria y una escala que es, sino la del mercado mundial, la de espacios nacionales mucho más grandes. Por ejemplo, su industria textil es de 1920-30, cuando en Inglaterra es la rama de la revolución industrial (1750). Localmente, la industria automotriz se monta en los ’60; en EE. UU. y Europa hacia finales del siglo XIX. La estructura social argentina no cuenta con elementos que permitan compensar esa desventaja, como mano de obra barata al estilo del sudeste asiático, ni siquiera como en México o Brasil. Por eso, se refuerza su carácter marginal como economía en el mercado internacional: mientras que en los 60 representaba un 1,4% del volumen de la producción mundial, hoy su participación es de apenas la mitad; en la misma década, la economía local era un 20% más grande que la brasileña y un 30% más que la mexicana, hoy día es un cuarto de la del vecino país y no llega a la mitad de México. En relación con EE. UU., es más de 30 veces menor. El mismo fenómeno ocurre con el comercio exterior, donde la participación se reduce de forma progresiva.

Además, es un país con poca población. Este mercado acotado y el tamaño de su economía resultan en una menor escala de producción y capacidad técnica. Ello repercute en la productividad del trabajo, que es el elemento que define la ventaja competitiva y el lugar del país en el mercado mundial. Un ejemplo lo tenemos en la industria automotriz, que es en argentina el principal sector exportador de origen industrial. Si bien en la última década las terminales alcanzaron récords de producción y ventas, a nivel mundial el rezago con los líderes se incrementó. Mientras que la productividad argentina es de 18 unidades anuales por hombre ocupado, Japón alcanza las 50, México 58 y en EE. UU. se fabrican 73. En términos de valor, la productividad argentina en toda la industria es un quinto de la norteamericana y un tercio de la alemana. La industria precisa insumos para la fabricación, y como no genera divisas por su incapacidad competitiva, es necesario proveérselos. El resultado: mayores costos, menor eficiencia, mayores dificultades en la acumulación y, por lo tanto, necesidad de compensar ese déficit. El ingreso de divisas por las exportaciones agrarias funcionó, con mayor o menor peso según el período histórico, como rueda de auxilio para el resto de los sectores de la economía. Pero este recurso tiende a agotarse en su capacidad compensatoria a medida que crece el resto del aparato no agrario, o bien en momentos de descenso de los precios internacionales de las materias primas, lo que pone en evidencia el retraso de la productividad y desemboca en las crisis periódicas que vive la argentina desde mediados del siglo xx. Aparecen así otros mecanismos para atenuar este retraso, como el endeudamiento.

Ante el fin del “viento de cola” de la década pasada, al macrismo le queda ajustar y endeudarse. El gobierno supone que la corrección de variables (tarifas, costo laboral, inflación, gasto público, etc.) producirá la “lluvia de inversiones” que reemplazará al endeudamiento. Pero esto no va a ocurrir, porque las bases de la economía argentina seguirán siendo las mismas: una estructura raquítica sin capacidad competitiva, con una burguesía parásita que vive del estado y de la miseria de las masas. A cada vuelta, las cifras reales de las variables fundamentales se quedan un escalón más arriba del abismo (2001-2002) pero uno más abajo del piso del ciclo anterior (1998). El resultado es un proceso de largo plazo de descomposición social, política y económica al que nos vamos acostumbrando y naturalizando.

 

 
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